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Hay mucho de qué hablar


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Invisible a los Ojos

Ayer hablaba con un profesor mío a quien le he aprendido mucho y espero seguir haciéndolo sobre una variedad de temas que fueron desde un sueño que tuve hasta el libro que me regaló (La Mente Nueva del Emperador, sobre cibernética y física). Y de un tema al otro terminé por mencionar un par de capítulos de la serie de divulgación científica “Through The Wormhole”, titulada con ostentosa carencia de imaginación en español como “Grandes Misterios del Universo con Morgan Freeman”, que giraban en torno a fenómenos normalmente tratados de paranormales o, en el mejor de los casos, ciencia ficción. A saber: otras dimensiones, el multiverso, alienígenas y mi capítulo favorito hasta ahora: conciencia, pero no sólo la que me hace saber que yo soy yo sino una más profunda, verdaderamente arraigada en la vida, se habló incluso de una conciencia vegetal.

Me ha llamado mucho la atención desde hace ya algunos años el hecho de que ciencia y religión se van coqueteando cada vez con más soltura porque ¿qué carajos hacen científicos renombrados investigando fenómenos paranormales? Desde que la nueva física nació, y hará más de un siglo de eso, las cosas en esto que llamamos realidad se han puesto no menos que exóticas.

Tan sólo tratar el tema de la física cuántica suena ya más a superstición que poner de cabeza al santo para conseguir pareja y sí, porque, y me pongo de ejemplo, eso de que si uno no mira algo es cuestionable el hecho mismo de su existencia, como el experimento imaginario del gato de Shrödinger, donde uno coloca al minino en una caja con un isótopo radiactivo que puede a) decaer; o bien, b) no decaer; y que dependiendo de eso activará o no un mecanismo que matará al gato y que mientras uno no abra la caja el gato está virtualmente vivo y muerto al mismo tiempo me ha tocado las fibras más sensibles de mi paranoia. Y hace una semana fui yo a una graduación para la cual repetidamente me insistieron en no perder mi invitación porque si no no entraba y yo, precavidamente, la guardé en un lugar muy seguro y la revisaba constantemente, porque no vaya a ser que los átomos y sus estados cuánticos y de una mirada a otra la invitación ya no estuviera y yo me quedaba sin fiesta.

Y ha sido la física, de la cual soy devoto, quien me hace creer en esto porque sí, porque a la ciencia  le gustan los hechos, máxime con cada nuevo experimento que demuestra más fehacientemente la validez de la teoría y con todo mi paranoia no tiene para cuando mejore.

Y a lo que voy es que lo imposible (¿?) va dejando de lado el prefijo y tras una larga historia de muestras inequívocas de que lo comprobable es la norma nos acercamos a un cisma que bien alejados nos va a dejar de lo que otrora considerábamos cierto o, peor (o mejor), real.

Detalles inquietantes:

Una de las soluciones de las ecuaciones de Maxwell sobre la luz se consigue al introducir una quinta dimensión de la cual procedería la onda electromagnética que nosotros vemos como luz.

Más del 99% del Universo es invisible, en forma de materia y energía oscura, lo que vemos y tocamos y sentimos, es menos del 1%.

En las fronteras de la física teórica hay individuos que trabajan la idea de las “no-partículas”, elementos invisibles que sustentarían, en teoría, la realidad.

Ahora vamos al otro lado:

En la tradición hindú un día y una noche de Brahma equivale, curiosamente, a la edad estimada del universo.

En varios mitos fundacionales el cosmos fue creado de la nada, como afirman las teorías más avanzadas.

En algunas religiones, el mundo está organizado por niveles, un número que se repite es el nueve, que en teoría de cuerdas es el número de las dimensiones espaciales.

Me consideraría profundamente afortunado de asistir ya no a una colisión sino a un consenso entre lo mágico y lo científico, porque no nos hagamos pendejos, ambos buscan lo mismo: la verdad.

Ya ha habido en la historia muestras de ello. Georges Lemaître fue un sacerdote católico y astrofísico que apoyó con fuerza la teoría del Big Bang puesto que él había desarrollado una hipótesis llamada el “Huevo Primitivo”, a la cual el mismo Einstein le hizo el fuchi por carecer de suficiente rigor científico, y vaya que Einstein era una persona cabal, en el plano intelectual y espiritual.

Hoy hablamos de agujeros negros, partículas virtuales y dimensiones extra como si cualquier cosa, la ciencia ha avanzado tanto y lo imposible se ha ido debilitando al mismo paso que un escepticismo cerrado y tajante, creo yo, es una regresión vergonzante. Una civilización madura ha de poder dialogar con su historia y su cultura y por tanto sus creencias más profundas.

Hoy, a diez milenios de la construcción de Göbekli Tepe, el presunto más antiguo santuario del que se tenga noticia, donde se erigió la que se piensa es la representación más antigua de un dios adorado de una manera organizada (religión). Deberíamos de tener la entereza suficiente de dialogar racionalmente con esa parte aún latente de nuestro espíritu mágico y místico, porque qué es eso sino la semilla de una curiosidad que nos llevó a preguntarnos por el Origen.

 

–        Hoy casi nadie rinde culto a Thor o a Zeus y nadie tuvo que demostrar que no existieron.

–        ¿Y tú puedes hacerlo?

–        Eso es lo que ustedes temen.

 

Este es un diálogo que sostiene un funcionario de la ONU con Karellen, el líder de los Superseñores, una raza extraterrestre que llega a la Tierra en la monumental novela de Arthur C. Clarke, El Fin de la Infancia.

Hay cosas que la ciencia no puede explicar y quizás nunca lo haga, pero tenemos mucho que pensar sobre el hecho de que material pseudocientífico esté hoy siendo estudiado seriamente, porque el hecho de que no lo veamos no significa que no existe. Si fuera al contrario no estaríamos aquí, porque la materia y la energía invisibles han forjado la estructura misma del espacio en que habitamos.

Lo esencial es invisible a los ojos (sí, de El Principito).

Todo como preámbulo para hablar de un amigo que se fue. Tuve la fortuna de conocerlo en la preparatoria. Coincidimos en una clase de inglés en la universidad y, cuando las clases y su monotonía me eran insoportables, me salía a caminar, de vez en cuando me lo topaba en los pasillos o jardines y platicábamos. Un tipo genial. Era una de las luces que hallaba yo de tanto en tanto en ese páramo que a veces se me hacía la universidad.

Michio Kaku ha dicho: en un universo infinito hasta lo más improbable pasará. Lo imposible no es locura, es cuestión de esperar.    


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Mirada Demiurgo

Eres responsable para siempre de aquello que has domesticado

El Zorro, en El Principito

Advertencia

No tengo ni la menor idea de qué estoy haciendo, esto bien podría no tener ningún sentido.

Últimamente he creído que los humanos somos unos seres sumamente pendejos, le otorgamos mucho a varias cosas que, personalmente, no les veo sentido. Trabajamos cuarenta años para tener derecho a una pensión que nos sustente mientras nos hacemos más viejos, porque sólo podemos usarla una vez que somos viejos. No creo que sea sólo yo, a alguien más debe parecerle esto una estupidez. Sin embargo lo hacemos, algunos son afortunados de trabajar en algo que les gusta y pues bueno, eso aligera un poco las cosas.

No obstante olvidamos algo vital: la vida. Uno no se da el tiempo de esto o aquello, que sí quiere hacer, pero esto otro y aquello, y cuando hay tiempo no hay ganas y uno está muy cansado y todo se va lenta e inexorablemente a la chingada.

No abro por fetiche con la cita del Zorro aunque algo hay de eso. En este capítulo el Principito le pregunta al Zorro: “¿Qué es domesticar?” a lo que el animalito responde “Es algo ya olvidado, significa crear vínculos”.  Si uno crea un vínculo lo más lógico es mantenerlo sino vale madre. Así uno se hace al hábito de cuidar un jardín o mínimo una florecita, o de ensayar las piezas que ha sacado porque sí, porque si no se olvidan y yo sé lo frustrante y triste que es no poder continuar con una pieza cuando en la cabeza se tiene la melodía pero los dedos simplemente están perdidos y no recuerdan las siguientes posiciones, es una catástrofe.

Catástrofe es que todo se vaya al pito porque uno no le da su lugar a un vínculo. Piensen en una cuerda que le sale a uno del cuerpo y lo liga con un instrumento o una persona o una mascota o con una actividad (el trabajo no tiene por qué ser discriminado y aprovecho para decirlo). El mal de hoy es pensar que hay algo por encima del resto: ninguna cuerda es prescindible ¡Vean una guitarra, chingao! Funciona con más, pero nunca con una cuerda de menos.

Ahora vamos a otra cosa: decidir sobre los vínculos. Tomar una postura está cabrón, máxime si pensamos que uno debe hacerlo sabiendo que afectará invariablemente a cual quiera sea la contraparte y quizás a los terceros y aún más si pensamos que el cerebro ya está bastante ocupado manteniéndonos con vida y encima lo ponemos a trabajar con pendejadas. No sorprende que la caguemos como si por ello nos pagaran.

Pero vaya, cagarla es una parte fundamental de la existencia.

No importando la naturalidad intrínseca en hacer pendejadas uno invariablemente lo resiente. Y es que sí, uno por ejemplo va tocando algún preludio o yo que sé y fatalmente toca la nota equivocada, el resultado no es otro que el siguiente: todo suena a cagada.  Pero como siempre, uno sigue y en fin, puede ser que a la audiencia le guste y piense que así va, o que es la versión de uno y habrá alguno que le guste, siempre hay quien.

Pero los necios me entenderán, hay un consuelo oculto en la naturaleza. Personalmente recurro a él asiduamente para no sentirme tan mal: los universos paralelos.

Sí, no es broma, yo creo realmente en eso. Para explicarles el por qué tengo que decir una que otra mamada antes.

La teoría de la mecánica cuántica explica el comportamiento de las partículas elementales, y en esas escalas pasan cosas muy raras. Una de tantas excentricidades es que las partículas que fundamentan la realidad son, en parte, una bruma de probabilidades. Los electrones, por ejemplo, mientras no haya una medición de su ubicación exacta pueden estar localizados en todas partes al mismo tiempo.

Otra cosa que ya se sabe y que de hecho cualquiera podría estar familiarizado es que los electrones se ubican en órbitas alrededor del núcleo de un átomo. Lo que no muchos saben es que estas órbitas son inviolables, es decir, que cuando un electrón cambia de un nivel orbital a otro, no necesita viajar por el espacio que los separa, sólo desaparece de un lugar y aparece en otro.

La medición, para no desviarnos, colapsa la probabilidad en una sola posibilidad: la realidad. El acto de observar funda el cosmos, las cosas son lo que son porque las vemos o tocamos u oímos. En teoría, si no vemos algo, ese algo puede ser todo a la vez.

Esto lleva a pensamientos muy coquetos sobre qué chingados es la realidad. Ahora se va aceptando cada vez más que la realidad que vemos es sólo una versión de tantas que podrían pasar. Se cree que cuando uno realiza una acción el mundo y todo el universo se escinde y ambas cosas suceden pero cada una en su dimensión. La llaman la teoría de los universos múltiples.

Si no vemos los otros mundos paralelos es sólo porque siempre estamos midiendo y por consiguiente las probabilidades colapsan sólo en la que vemos. Pero las otras están ahí, en alguna parte.

Hay ya indicios consistentes de los mundos paralelos. Andrew Cleland es un científico de la Universidad de Berkeley que bien podría ser el primer humano en avistar una realidad distinta a la nuestra. Se le ocurrió que si la materia que vemos, incluidos nosotros, por supuesto, estamos hechos de las mismas partículas que describe la mecánica cuántica, deberíamos poder ver los efectos tan extraños de ésta incluso en el nivel macroscópico.

Para probarlo realizó un experimento, introdujo un transistor en una máquina que lo aislaba de toda medición, ni luz, ni sonido podía entrar en ella, además enfrió la máquina casi al cero absoluto (-273 C°) y luego se dedicó a esperar los resultados. Su experimento consistía en disparar un solo cuanto de energía al transistor, éste, a su vez, sólo podía tener dos estados posibles: 1. Recibir el cuanto de energía; 2. Dejarlo pasar. Lo que sucedió ni el mismo Cleland se lo esperaba, el transistor recibía la energía y la dejaba pasar, al mismo tiempo.

El experimento de Cleland demuestra que los objetos macroscópicos están sujetos a las mismas leyes de la mecánica cuántica, por lo que  versiones distintas de mi vida o la tuya o la de quien sea están allá en algún lugar del universo. En alguna de ellas, quizás yo sea feliz o tome decisiones más acertadas o quizás no dé la nota equivocada.

Pero no se piense en esto como un remedio contra tener que lidiar con las consecuencias de lo que hacemos o no, mi idea al mencionarlo es otra y, como siempre, he dejado lo más perturbador para el final: el biocentrismo.

Esta es una idea radicalísima de un sujeto llamado Robert Lanza. El biocentrismo consiste en llevar al límite algunos conceptos de la mecánica cuántica, muy especialmente, aquel que dice que el acto de observar colapsa la probabilidad y nos deja con una única realidad.

Lanza piensa que si esto es correcto y se aplica a todo el universo y no sólo al mundo subatómico significaría que la conciencia juega un papel fundamental en el desarrollo del universo: el mundo es producto de la mirada que escruta, todo empieza y termina en nosotros, cuando cerramos los ojos el espacio y el tiempo se disuelven y entramos en un terreno muy similar a los sueños. No se requiere ser muy estudiado en física para pensar que Lanza ha mamado mucho, pero ¿y si sí? Si como el piensa somos pura conciencia, nuestro deber para con la realidad sería enorme porque lejos de ser sus actores, seríamos sus demiurgos.


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Cortázar y los Puentes

PUBLICADO ORIGINALMENTE EN REVISTA DISONANCIA

“Es bueno que se quede allá (…)  Cuando enmudezcan todas las voces, habrá todavía una, salvada por la distancia, que señale y condene,  que denuncie y ayude, que movilice y congregue”

Haroldo Conti, sobre Julio Cortázar

Ha construido puentes por un ansia simbólica del viaje y la transición. Es el movimiento, el paso de la potencia al acto, a lo real, a lo tangible, lo que da cuenta de que uno está aquí y no en otro lado, de que uno es uno y no alguien más. El puente es un tránsito hacia un yo que se diluye en una bruma incierta, a un yo igualmente vago pero sin duda mejor pensado y más completo: a un yo ideal.

Cortázar estaba al tanto de los avances en física en su tiempo, este tránsito entre estados inciertos cumple una elocuente paráfrasis de dos conceptos científicos: la entropía y la incertidumbre.

La entropía es un fenómeno ligado con la Segunda Ley de la Termodinámica que implica que los sistemas en el tiempo sólo pueden desordenarse y esto sólo aumentará. Es decir, que todo sólo puede irse a la mierda. Un ejemplo: de dos células estables se forma una que tarde o temprano da un ser vivo, éste nace, crece, envejece, se deteriora y luego se muere, la pinche vida. Pero los sistemas permutan, la energía no se crea ni se destruye (todos saben el resto). Así es como el cosmos nos parece muy bonito: estadísticamente el desorden es más evidente en nuestra escala que en los grandes sistemas y por eso la vida de los personajes de Cortázar, o la nuestra, quizás puedan parecernos un cagadero.

Pero cuando todo está para arrojarlo a la basura Julio nos pone un puente. El puente representa la permutación, el cambio de estado, la energía que se transforma. Del otro lado sabrá el diablo qué hay. Pero podría ser mejor (o peor, pero es más poético pensar lo opuesto). Esto es lo que Heisenberg llamó  incertidumbre. Una característica intrínseca de la naturaleza que impide conocer la totalidad de un sistema en un tiempo definido. El caso entonces es que lo único que tenemos es un cúmulo de probabilidades donde todo es posible, todo, hasta que alguien mire. El acto de observar es suficiente para que algo llamado la función de onda, esto es, la probabilidad, colapse y podamos obtener mediciones precisas, algo que en cristiano le dicen realidad.

Cortázar traza la figura ya no sólo del puente sino del tránsito en innumerables piezas de su obra: Lejana, El Otro Cielo, Rayuela, No se Culpe a Nadie; y la varía en situaciones fantásticas que van desde viajes espaciotemporales hasta la introspección más cruda y amarga. Basando las florituras de su narrativa en estos dos conceptos: el caos-presente y lo posible-futuro.

El mismo Julio se vio envuelto en viajes desde niño, nacido en Bélgica en tiempos de guerra, pasó tiempo en Suiza y luego en España antes de llegar a su Argentina. Cuatro países, dos continentes y otros tantos idiomas conoció el pequeño antes de cumplir los cuatro, el exilio y desarraigo le vinieron de genética.

Son fuertes las transformaciones de sus héroes porque son íntimas y reveladoras, duelen y son reales porque nos suceden siempre. Es así: nos unen los mismos dolores, los fundamentales. De ahí Cortázar abstrae lo sublime, de lo humano, como tendría que ser siempre.

Puentes, París, Naturalmente

Puentes, París, naturalmente

El puente une dos extremos, los concilia, es su función. Quien lo cruza se transforma. Oliveira en Rayuela, no busca una transformación real, siempre está en la rivera sur del Sena, ahí transcurre lo que le queda de vida como la conoce, pasea en los puentes, específicamente en el Pont des Arts, el puente de la Maga. Pero no lo cruza, queda latente la mutación y el encuentro. Lo que cruza finalmente es todo un mar, de costa a costa, para darse cuenta que realmente la ama pero la distancia, en fin, una lata. Y en Buenos Aires hay más puentes y portales.

El Otro Cielo es elocuente. Aquí la figura del puente es realmente un portal, es una galería techada que de un momento a otro nos trasporta de Buenos Aires a París, nos cambia el cielo por las ansias de un rencuentro.

Y es así que la imagen que une se convierte en fundamento en la narrativa de Cortázar. Incierto y caótico, sí, pero indisolublemente unido, así es el mundo de Cortázar donde un libro ha de terminar pareciéndonos muy real, si no vale una mierda. El puente último es la meta-narrativa. Eso que no se sabe bien dónde es que empieza y dónde es que termina. Construir-mundos-y-realidades.

En El héroe de las mil caras, Joseph Campbell analiza y estructura las historias míticas en cuanto a un viaje para auto descubrirse. Así, desde Buda hasta Jesús y del Quijote a Harry Potter, tenemos una sucesión de fenómenos físicos, mentales o espirituales que probarán la entereza del protagonista. Momentos imprescindibles del viaje del héroe son el cruce del umbral y el regreso a la Madre: el portal, el túnel, la caverna, el puente. Arraigado muy profundo en el espíritu, los humanos hemos hecho de estas imágenes poderosas fuentes de significado que, por algún estado universal, prístino y simbólico, son fundamentales en toda construcción mítica-religiosa y ficticia, así como temporal y cultural. Son la manera en la que construimos el mundo desde los símbolos, es por eso que las historias nos conmueven: porque nos hablan desde la intimidad, desde el espíritu.

Y bueno, tanta pendejada no será útil si no lo aplicamos: los puentes nos dan perspectiva. Por eso abrí con la cita de Harlodo, Cortázar tuvo mucho tiempo para pensarse desde afuera como lo que era dentro, alguna vez dijo que descubrió su esencia latinoamericana desde el extranjero y pudo ver, como ya cité, que a todos nos unen los mismos dolores. Él hablaba en esta frase del estigma latinoamericano de la pobreza y la dependencia económica. Pero siendo Julito, me cuesta creer que no haya un trasfondo más filosófico en su frase. Estoy casi seguro que lo hubo, y hay una triste psiquis de inferioridad que pulula entre nosotros. Gran amigo de Cortázar, Octavio Paz lo notó y lo inmortalizó en su Laberinto: la chingada y la nada. Son nuestros fantasmas y hay que aprenderles las mañas.

Y por último a lo siniestro.

Todo mundo ha oído hablar de que la cuenta larga de los mayas y así. ¿Pero qué es la cuenta larga? Es el ciclo más grande de su sistema calendárico no repetitivo (como el nuestro) y para empezar, no es exclusivo de los mayas. Otra cosa es que nadie ha descubierto nunca que algún códice de esta cultura mencione algo sobre el fin de los tiempos. Es una constante patológica nuestra, heredera de esta pinche linealidad impuesta por la religión en occidente la que nos hace creer que todo se termina y ya. Como tantas otras culturas en íntima relación con la naturaleza (a diferencia de nosotros), los mayas creían en los ciclos. Bachelard diría que el tiempo no corre, brota. Así que el fin será el inicio de otro instante. No sólo en la fenomenología encontramos este giro en la percepción del tiempo: Martin Bojowald, una de las más grandes promesas de la física contemporánea y teorizador de la Gravitación Cuántica de Bucles (una chingonería), ha concebido el tiempo de la misma forma: atómica. No es un flujo sino una serie ritmada. Música. ¡Puta, qué belleza!

No niego que algo pasa. Las coincidencias (o sincronicidades, para la poesía) que han estado ocurriendo son delicadas. El sol está en el máximo de actividad en su ciclo de 11 años, esto implica perturbaciones en la magnetósfera de la Tierra que de un momento a otro podrían afectar nuestra cómoda forma de vida alterando el tendido eléctrico mundial y las telecomunicaciones por un gran periodo de tiempo, años incluso. Otra cosa es que la magnetósfera ya mencionada se debilita (natural, es cíclico) y estamos por presenciar una inversión en la polaridad, esto nos dejará indefensos contra la radiación y muchos morirán. Pero bueno, el tiempo geológico es paciente, bien puede ocurrir mañana o en algunos siglos, pero ocurre.

Pero estas son mamadas comparado con la necesaria transición espiritual que el mundo requiere. Morir no es ninguna sorpresa, mucho menos nuestra impotencia contra las fuerzas celestes. Hará unas semanas que escuché al maestro Edgar Morin en conferencia, otro constructor de puentes.

El puente de Morin se llama Pensamiento Complejo, y consiste en concebir la realidad como una urdimbre y no analíticamente. La multidisciplinariedad es vital para esto, sólo la complejidad civilizará el conocimiento encaminándolo a un real humanismo que vele por el bienestar de este mundo, con una visión cabal de las sutiles relaciones del Todo, y para que esto se dé el mensaje fue claro: el egoísmo no es la vía, habrá que pensarnos en comunidad, tendernos puentes. Mucho del desencanto en esta vida es fruto de la insensibilidad que marchita todo vínculo con lo Otro, ahí es donde tenemos que empezar, en cambiar un limitado yo por un vasto nosotros.


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Hiper-Cortázar

Ya he hablado de Julio Cortázar, sí, posiblemente un fetichismo, pero no él sino Rayuela, su novela de 1963, monumental, paradigmática y maravillosa. Esta vez, más que otras veces, no sé por dónde empezar.

Rayuela es un libro-objeto, una interfaz. Llegué a esto poco a poco, lo he leído ya unas cuantas veces y si hay algo claro es que el papel del lector es fundamental (sí, los libros no se leen solos), pero lo que hace vital la participación del lector en Rayuela es la estructura misma de la novela.

Cortázar habla de un lector hembra y un lector macho, en otras palabras, lector pasivo o lector activo (tuvo sus problemas con el feminismo, pero eso no es lo importante). Rayuela exige un lector activo, siempre atento a los detalles y al devenir del relato. La novela para empezar tiene dos maneras de leerse (o muchas). Una, naturalmente, empieza en el capítulo uno y termina el 56. La otra, diseñada por Cortázar, comienza en los capítulos engañosamente llamados prescindibles, saltando intercaladamente con los capítulos imprescindibles, en una suerte de juego que mucho hace justicia al nombre del libro.

Apreciación personal, quizás, pero creo que los capítulos prescindibles completan muy bien la novela, ya sea con sutiles bromas basadas en la incongruencia y el absurdo o contraponiendo estados anímicos de un solo golpe. Además, hay episodios que sólo ocurren en esta sección de la novela como uno de mis favoritos: los dibujos de tiza. Me permitiré resumirlo porque simplemente me prende.

Horacio Oliveira y Pola pasean por la ciudad, Pola es con quien Oliveira “engaña” a la Maga (las comillas no las explicaré, mejor lean el libro, es bueno, no se arrepentirán). De un momento a otro se detienen a observar unos dibujos de tiza en el pavimento y discuten sobre lo efímeros que son, en una maravilla de diálogo podemos decir que se termina diciendo que no hemos venido para existir, sino para durar. Rayuela es un libro para pensar, filosofía, la vida misma, es una historia real.

Pero bueno, ya me metí en detalles y antes de continuar haré una brevísima sinopsis: Horacio Oliveira es un argentino en un París del cincuenta y tantos. Intelectual y vagabundo, pasea sin rumbo, mantiene una relación con la Maga que ha venido a menos. Pero no sólo su relación con la Maga, su vida entera es una mierda que pronto le va explotar en al cara (esta imagen no es gratuita). En Fin, París se acaba y regresa a la Madre Patria. Siempre buscando, ese es Horacio: buscar era mi signo, dice en algún momento.

Hasta aquí con los detalles.

La búsqueda, el imperativo categórico de la novela. Los personajes son bocetos que se completan mientras encuentran su lugar preciso en el engranaje de Rayuela. Y de todos, es la Maga el principal, es el centro, es el fin. Es quien lleva a Horacio al infierno y a buscar subir al cielo (en Argentina la casilla uno de la rayuela es la Tierra y la diez, el Cielo). Todo es una búsqueda. Rayuela es la Búsqueda, y queda muy claro desde su comienzo: ¿Encontraría a la Maga?

Bello el detalle de escribir una novela a una mujer desconocida. Cortázar concibió la idea por una chica que conoció en el barco que lo llevó a Europa desde la Argentina. La encontró casualmente en más de una ocasión en París. Así, sin previa cita: andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos. Pero de un momento a otro ya no sucedió. Rayuela es una historia verídica, es la vida que le ocurre a uno mientras navega entre sus líneas.

Mucha de su verosimilitud la achaco a una fórmula genial que Cortázar importó de la ciencia, específicamente de la física y aún más específico de la cuántica. Esta fórmula es la natural aleatoriedad e incertidumbre. Cortázar abre puertas que sabrá el diablo si se cerrarán de nuevo. La historia se desencadena orgánicamente y lo que vuelve, vuelve; lo que no, queda indeterminado. Magistralmente Cortázar llevará a sus últimas consecuencias esto en 62/Modelo para Armar, un libro que es una trans-gre-sión-cons-tan-te.

Pero ya me he alejado bastante. Vuelvo ahora a mencionar la particular función de objeto que el libro posee. Es un libro que se navega (sí, esa palabra que se usa para hablar de la internet). La  vasta potencia que encierra un libro de estas características radica en su incalculable número de variaciones, es un libro para leerse como a uno le venga en gana y no obstante, en teoría, conservará su narrativa. La idea de un libro como este podrá resultar extraña pero son los detalles lo que lo hacen virtualmente infinito. Sus capítulos, aunque relacionados, conservan su independencia unos de otros, el libro es un cosmos en toda la extensión de la palabra: con átomos que se vinculan, pero que siguen siendo átomos. De esta manera las permutaciones carecen de restricciones.

Fantástico el parecido de la obra con la fragmentaria vida que ahora tenemos. Entre pantallas e hipervínculos nos vamos multiplicando, escindiendo de a poco la atención nuestra en una multitud de historias que comienzan y que nunca terminan. Rayuela se parece mucho la vida, para Cortázar un buen libro siempre termina por parecerse tanto a la realidad que se confunde o la suplanta, un quijotesco acercamiento a eso que han llamado meta-narrativa.