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Sátántangó: La Pura Inmersión

Y bueno, hace unos días tuve una plática muy amena con un grupo de gente insólita sobre redes sociales, los detalles me los ahorro. El punto es que tuve ocasión  de mencionar mi blog y de inmediato pensé que últimamente lo he tenido abandonado. Al llegar a casa encendí la computadora y me di cuenta de que sí,  que mi última entrada distaba ya casi tres semanas y pues inmediatamente me dediqué a pensar sobre qué sería la siguiente publicación.

Sátántangó es una película del húngaro Béla Tarr que se basa en la novela homónima de Lászlo Krasznahorakai de la cual no tengo noticia alguna pero espero algún día leer. La película es una belleza, filmada en blanco y negro durante varios años, fue finalmente estrenada en 1994.

Narra la ruina de una granja en el ocaso de la Hungría comunista, desesperanza y desolación, son dos palabras que describen bien la cinta. He leído que la película fue estrenada casi una década después de su concepción debido principalmente al fuerte y hostil clima político en torno a la caída de la Unión Soviética, del cual la película muestra una cara muy cruel y desgarradora.

Quizás la mayor de las características de Sátántangó, o más bien la que más destaca, sea su duración: siete horas y media.

Ahora relato un poco el suceso, todo un acontecimiento, pero antes un poco de contexto:

Un buen amigo se ha obsesionado un tanto con la idea de que tarde o temprano ocurrirá una debacle digital que terminará tirando a la mierda todo contenido digno de posteridad que circula inadvertido por la red. No puedo negar que también temo un poco a esto. De tal forma, se ha dedicado a descargar una tras otra cientos de películas, y cuando digo cientos, lo digo en serio, su colección ha rebasado, según el último cálculo, la novecientas cintas, si es que no estoy ya muy atrasado y ha superado el millar. Entre todas ellas se encuentra Sátántangó y otras obras de Tarr que quizás veremos posteriormente.

La película en cuestión ha sido de nuestro conocimiento desde hace bastante más tiempo y siempre quisimos verla pero nunca se hacía realidad. Yo sólo conocía escenas aisladas como esta, que es una chingonería hermosa.

En fin, un día otro amigo propuso verla y pues siendo que ninguno de nosotros tiene grandes ocupaciones que no sea seguir bajando películas o ver caricaturas dijimos que sí. Siete horas y media las tengo todos los días.

Fijamos la fecha y nos reunimos. Un proyector nos daba una imagen muy nítida y sobre todo muy grande de la pantalla de la computadora en la cual el valiosísimo disco duro con las centenas de películas esperaba a reproducir Sátántangó. Tras mover unos muebles para estar lo más cómodos posibles mientras durara la película, la magia comenzó.

Dividida en tres partes con su respectivo intermedio, la película apenas se dejó sentir. Destaca sobre todo la manera de crear tensión casi sin montaje, la mayor parte de los planos son planos secuencia y su duración dista mucho del actual promedio de duración de cortes (dos segundos, algún día lo leí). En sus más de cuatrocientos minutos, Sátántangó apenas cuenta con ciento treinta cortes que parecen pocos pero no, son los justos, tan puntuales y precisos que uno deja de advertirlos.

La mayoría de las personas que supo de la hazaña tenía en mente que veríamos una película lenta y aburrida. Nada más distinto: la película no es lenta, sólo es larga, además de que tiene la virtud o el embrujo de introducirte a su ritmo, lo cual permite que la historia, que se desarrolla en un día, se presente de manera natural al que la observa, por esto quiero decir que siendo tan larga, uno realmente se queda con la sensación de un tiempo real, observando vívidamente la historia que pasa.

Una chingonería, una inmersión total al tiempo diegético, por allí dicen que el cine es sólo presente y que siempre acontece, Sátántangó es un buen ejemplo, con sus duración, la experiencia temporal es muy verdadera, la historia tiene el tiempo necesario para suceder durante el metraje mismo y eso aumenta consistentemente su realismo.

El cine como experiencia ya va cambiando sus modos, como tantas otras cosas, sin embargo, es  sin duda, creo yo, una de las más extraordinarias vivencias estéticas: el cine se hizo para el asombro y lo sublime, por eso la pantalla grande y el sonido envolvente, no para verse en un puto celular que termina ridiculizando lo que debiera ser gigante.

No vi Sátántangó en una pantalla de cine, quizás la pared sobre la que se proyectó nos daba una imagen levemente más grande que un televisor muy, muy grande, pero su duración rescata este desliz en su disfrute, es ya de por sí una obra grande.


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MashUps, esa inefable sensación del desconcierto; o ¿a quién diablos se le ocurre eso?

 

Hace unos días una muy buena amiga, quien también escribe un blog que les paso acá, me pasó un mashup que ya había visto hará no mucho pero que había olvidado por completo. No quiero aguar la sorpresa a nadie, la cosa es impactante. De hecho, con cierto humor ella misma ha posteado el 14 de febrero el video al que ahora mismo los remito desde su cuenta en Facebook. El enlace aquí.

No quiero poner palabras en boca de nadie pero podría apostar a que más de uno pensó ¿qué pedo?

No es una sensación nueva el desconcierto, ni mucho menos negativa. Creo que es la mejor forma de poner a prueba los límites de nuestras zonas de confort que poco a poco se van tornando rutinarias y mortales por consecuencia. Quien no se desconcierta de primera mano con algo que rompe con cualquier esquema de lo mínimo esperado es una persona que no merece mi atención, sorprenderse es parte de la vida y una muy fundamental.

El asombro ante la novedad, sea esta agradable o no al primer contacto permite dos cosas: uno, conocer un poco más del mundo y dos, distiende el tiempo psicológico para obtener un poco más del gozo de descubrir algo hasta ese momento insólito. Esa es la razón, dice Michio Kaku en la serie de documentales TIME, de la BBC,  por la cual un niño y un adulto difieren en su experiencia del tiempo, mientras que al primero le es eterno, al segundo se le escurre entre los dedos. Un niño no se aburre porque todo es nuevo, un adulto vale madre porque piensa que ya se ha visto todo, aún más, creo que a veces hasta se pierde la capacidad del desconcierto y eso sí que es peligroso.

En fin, con los MashUps me pasa algo curioso: pese a que ha sido mi intención hablar de cosas aparentemente inconexas en este blog, debo ser humilde y aceptar que estoy muy lejos de encontrar un video sobre el estudio de la mecánica de los cuellos de los búhos y componerle un rap, para finalmente dar al mundo una pieza de postmodernidad como monumento del absurdo. Aquí les dejo esta maravilla, yo cómo me he reído.

Ejemplos de mezclas hay muchos. Uno de los más inconcebibles ha sido una canción que celebraba a la por todo diseñador odiada fuente Comic Sans.

Mención aparte merecen las batallas de rap de la historia de las cuales me declaro seguidor y fanático. Dudo mucho que esos espasmos de genialidad lírica sean casualidad, quien esté detrás de ello seguro sabe de lo que habla, por más extrema que sea la pareja contendiente.

Una de estas batallas que no había visto hasta bastante pasado ya su momento fue la que enfrentó a Barack Obama y Mitt Romney, los candidatos en las elecciones pasadas de Estados Unidos. La liga aquí.

Para mí queda claro que si bien la mayoría de los mashups son pura mamada, unos cuantos tendrían forzosamente que convertirse en objetos de estudio. En el caso de las batallas de rap, y muy en específico de la de Obama y Romney, es evidente que el contexto político permea por completo la cultura. Por medio del humor, en este caso, se toma una postura.

Un caso similar aunque más subido de tono es la vorágine de cartones en los que se ha visto envuelto nuestro presidente, Peña Nieto, unos están para morirse de risa, una chulada.

Destaca también la rapidez con la que fluye la información y aún más sorprendente es la agilidad de manufactura de algunas imágenes. Sobre esto hace apenas unos tres días que se dio a conocer la noticia de que Ratzinger dimitía del papado. Aquél día yo me levanté temprano y estaba ya en mi computadora escribiendo para eso de las 8.30 de la mañana y para ese entonces yo ya había visto un desfile interminable de imágenes que relacionaban la noticia de la renuncia con la participación de Ratzinger (y por supuesto que estoy lejos de ser el único en notar el inquietante parecido)  en el próximo a filmarse Episodio VII de Star Wars como el emperador Palpatine. Pese a la premura, esta imagen da cuenta de la dedicación y la maestría de quien sea que lo haya hecho.

mashup

 

Algunas de las imágenes más hilarantes para mi gusto son las que han hecho de la longevidad de Chabelo un mito a la Matusalén. Tanto se ha dicho ya que yo comienzo a creerlo.

Para quienes no lo conozcan éste es Chabelo.

mashup1

 

 

Tiene un programa de televisión aquí en  México tan longevo como él mismo y los chistes a su alrededor van desde “recuerdo el big bang, fue un lunes por la mañana” hasta Harry Potter, el apocalipsis maya y, sí, por qué no, la dimisión del papa.

En fin, el humor. Quizás sea eso el común denominador de muchos de los mashups que circulan por las redes hoy. No obstante habría que pensar más fríamente sobre lo que se construye con base en él y en la extraña mezcla de discursos que se gesta con cada insólita conexión. Si el mundo es imagen, ¿qué chingados se está erigiendo a nuestro alrededor?

Por otro lado y más tranquilamente, puedo decir que una sociedad que le otorga tanto al absurdo y al humor tiene toda mi confianza para hacer del mundo un lugar mejor.

Un poco de absurdo para poder dormir bien hoy.

Nunca es suficiente, ¿verdad? 

 


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Veintinueve años sin Julito

 

Todo es menos cuando falta

Julio Cortázar

Este 12 de febrero se cumplen veintinueve años del tránsito de Julito al estado cubo. Esa estancia sin tiempo que bien describió en Anillo de Moebius.

Julio vivió escribiendo, no dejó nunca de hacerlo, incluso lo hizo en sus últimos días. La frase que abre esta memoria es de su último escrito, un poema llamado Negro el 10. Melancólico y oscuro, que si bien no cae en pesimismos, sí es evidencia de una penumbra constante en la que Cortázar vivió desde que vio morir a su mujer, Carol Dunlop, junto con quien fue enterrado el 14 de febrero de 1984.

Yo lo entiendo bien, no ha muerto nadie pero sé qué es estar como vedado.

Cortázar dejó una obra genial tras de sí, llena de magia y luz y sombras: matiz. Es verosímil, hasta real. Mucho más que otras cosas con las que tenemos contacto.

No hace mucho un buen amigo me comentó que en una página web de ventas vendían la primera edición de Octaedro. Inmediatamente me puse en contacto. Un par de días más tarde, y quizás es mucho. Otro buen amigo me preguntó si ya contaba con el mismo libro en mis estantes. Le dije que no, pero que había encontrado dónde comprarlo. Me contestó escuetamente: “no lo compres, yo te lo regalo”. Supe en ese instante que el libro me seguía, o más bien era Julito.

Para esto, yo aún no había cerrado trato con el vendedor del libro y no sabía si comentarle que me retiraba de la compra o simplemente ya no contestarle. Al día siguiente me llegó un correo de él diciendo que esperaba mi compra. Como aún tenía dinero en ese entonces me decidí a comprarlo, pero no para mí. En ese momento y ahora y siempre, un regalo será más grande que una compra egoísta, sea cual sea, tengo muchas de esas y ninguna la atesoro como los regalos que me han dado.

Así que pasaron dos días, llegó el paquete con el libro y mi intención era guardarlo para el cumpleaños de un amigo, pero por una cosa u otra vino de visita a mi casa y se lo di, no le dije nada y él pensó que sólo estaba presumiendo, a lo que contestó: ¡Ah, cabroncito! Yo me reí y le dije que era para él y no dijo nada, era una primera edición de Cortázar, para mí o para él, no puede haber mucho que supere ese valor, no tanto por el libro sino por la historia.

Una semana después, quizás, recibí mi propio ejemplar de Octaedro. Y supe que sí, que era Julito, el libro había sido dedicado (no sé si comprado) el mismo día en que inhumaron a Cortázar en París, el 14 de febrero de 1984.

Transcribo aquí el texto porque no me atrevo a parafrasearlo:

El primer libro de Cortázar que compro después de su muerte, ocurrida en París el 12 de febrero de 1984. Este desolador sentimiento de pérdida, de orfandad, se ve restañado por la convicción de que la obra de Cortázar, su presencia entrañable, no desaparecerá mientras podamos extender la mano para tomar un libro suyo, mientras podamos leerlo con la emoción de la primera vez, mientras podamos llevarlo con nosotros ( y eso será siempre) en la memoria y en el corazón.

14 de febrero de 1984

Monterrey, N.L.     

La Tumba de Cortázar

La tumba de Cortázar, cementerio de Montparnasse, París

 

Una chingonería, el libro y la nota y Cortázar y su obra. Creo que es una buena señal para su permanencia que un pendejo de veintidós años lo lea y escriba sobre él y lo comparta, sobre todo es buena señal porque sé que no soy el único y lejos de ser sólo unos cuantos, se va extendiendo.

Cortázar fue un profeta y un mago y un chamán: que se lea.  Así las cosas irán menos mal.


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Oda al Ocio

 

Hace un mes pasé de ser estudiante a ser desempleado. No me quejo: he tenido mucho tiempo para hacer un chingo de pendejadas que ya casi se me había olvidado que me gustaban.

He vuelto a entablar conversaciones con mi perrita, Chelsea, ella aúlla y yo intento contestarle. Cada mañana me despierta rasguñando la puerta de mi habitación y  si no está cerrada entra como si fuera suya, se sienta a menos de un metro de la cama y me mira como diciendo “ya levántate, cabrón”.  Casi siempre lo hago de inmediato, no puedo decirle que no. Me visto, camino directo a la puerta del patio superior y la abro: Chelsea me usa, no hay otra palabra. La puerta abierta deja entrar un consistente rayo de luz solar puesto que está orientada hacia el este y Chelsea se recuesta ahí mientras yo bajo a desayunar con mucho frío (la planta baja de mi casa es un eterno invierno).

Chelsea al sol

Chelsea al sol

 

Casi siempre cuando voy terminando, Chelsea me alcanza para obtener de mí un poco de comida. Invariablemente le doy algo. Luego sintonizo Mythbusters, tanta mamada sólo puede hacerme la mañana, alguna vez he tratado de imitar con muy poca fortuna alguna de esas incoherencias, así fue como supe que la leche en polvo es extremadamente inflamable y duele.

Luego continúo con Los Pingüinos de Madagascar y Bob Esponja, de quienes ya he hablado anteriormente para, acto seguido, leer un buen rato, tengo la costumbre (no sé si buena o mala) de leer varios libros a la vez. Actualmente son tres y eso porque ya terminé el cuarto.

No hará mucho que me levanté con unas ganas irreprimibles de comprar un bebedero para colibríes, ahora cuelga fuera de la ventana que tengo enfrente y desde que lo puse no he hecho otra cosa que esperar.

Los pendientes... mientas espero a los Colibríes

Los pendientes… mientas espero a los Colibríes

Las tardes se me van en dos cosas: nada y el piano (de esas cosas que estuve a punto de olvidar). El frío me entorpece bastante las manos además de que ha desafinado espantosamente el instrumento pero ahí sigo. He compuesto un par de piezas pequeñas para una chica que amo y una ya se la mostré: le gustó mucho y bueno, yo  muy contento. La otra sigue ahí, en corrección, ya que no soy ningún dotado para esto de la música y nada que salga de mi mente termina sonando exactamente como lo quería, no obstante ahora tengo todo el tiempo del mundo para corregir y seguir insistiendo: he compuesto (o intentado componer) desde hace mucho y lo había dejado por falta de tiempo. Qué expresión tan pendeja, pero nos hemos acostumbrado a usarla y sobre todo a encontrarle sentido, una lata.

Como no queriendo la cosa todas la cosas que algún día dije que haría las estoy haciendo ahora, si un día dije “ya habrá tiempo”, pues ya está y no hay plazo que no se cumpla. Compré una cantidad absurda de cerillos, 1200, son baratos así que continuaré acumulándolos, ya tengo pensado qué hacer con ellos pero implica usar las manos y mientras siga haciendo este frío no pienso llevarlo a acabo. Es la misa  razón por la cual no he pintado y la guitarra, aunque ya tiene cuerdas, no la he usado tanto como quisiera.

Mi creciente colección de cerillos

Mi creciente colección de cerillos

Todo esto lo hago acá, en casa. Pero lo más notorio es quizás que escribo, así puedes leer todo esto que hoy no es más que un textito pinche que se me dio la gana hacer porque tengo todo el tiempo del mundo y tú, allá, sepa la chingada dónde, no sé si te gustará o no. Hoy me tiene sin cuidado. Ya habrá tiempo para escribir más y mejor.

El ocio tiene mala fama pero hoy, desde él, digo que no hay cosa mejor para pensar las cosas: sea una genialidad o una mamada.


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Luz Negra, Física Poética

 

Uno más de mis fetiches es la física. Últimamente me ha sobrado el tiempo y he visto un chingo de documentales de este tema.

Algo que he pensado desde hace ya un muy buen tiempo es que la física comienza a parecerse un tanto a varios mitos. Poco a poco la ciencia se va reuniendo con la mística y la religión para darse cuenta de que no son más que dos caras de la misma moneda: las dos buscan darnos la misma respuesta.

Michio Kaku, un gran teórico en el campo de las Cuerdas, vino a reforzar mi idea en una serie de documentales maravillosos llamados Time. Una belleza. A lo largo de cuatro episodios Kaku explica la naturaleza del tiempo desde varias perspectivas: concretamente la humana-biológica, la geológica y la cósmica.

El tiempo es una cosa exótica porque no podemos verlo ni sentirlo, lo experimentamos sólo por sus efectos, pero no podemos decir que experimentamos el tiempo mismo.

Técnicamente el tiempo es una dimensión del espacio-tiempo, es una cuarta dirección en la que podemos movernos en relación a otros objetos y fenómenos en el universo. Pero sólo va hacia adelante, no obstante, la física no tiene problema alguno en que el tiempo vaya hacia atrás, las leyes funcionan como si qué cosa y parece que al mundo le vale un pito si el reloj gira a la derecha o en sentido inverso.

Esto ha detonado muchas especulaciones que podrían ser apiladas en una escala de lo excéntrico, porque así como simples divagaciones ya hay una contundente física del viaje en el tiempo matemáticamente posible, el problema recae en la ingeniería. Aún no tenemos los medios.

Esto como introducción para algo que sabrá el diablo dónde o cómo o si acaso terminará.

Bueno, uno de los efectos del tiempo es la evolución. Las cosas cambian, no por nada yo hoy soy mucho más que un par de células haploides, por fortuna o por desgracia.

Pero ¿el tiempo mismo cambia?

Sí, lo hace. Porque así cambia el espacio y, desde Einstein, son el mismo entramado.

El tiempo cosmológico se ha divido para su estudio en cinco grandes (vastísimas) eras. Sus números son tan grandes que es un despropósito escribirlos, hasta están en notación científica.

Estas cinco eras dividen a su vez el tiempo en relación con la duración de ciertos efectos visibles aunque no experimentables en el lapso de una vida humana, por el simple hecho de que vivimos una nada.

La Primera de las Eras es la Primordial. Consta del Big Bang, la inflación (esto es la expansión acelerada del universo) y la nucleosíntesis (la formación de los átomos como los conocemos). Sucedió hace mucho y culmina cuando el universo fue transparente por primera vez. ¿Transparente? Sí, transparente: la densidad de la materia en esta fase era tanta que la luz no podía viajar libremente, cuando los átomos se formaron, digamos que, en pocas palabras, dejaron huecos por los cuales la luz pudo viajar en el vacío.

La Segunda de las Eras es la Estelar. Vivimos en ella. Una chulada, hay estrellas, galaxias, planetas y vida. Las condiciones son las necesarias para que sea una chingonería. Durará bastante más, ya que su final se prevé cuando la materia ya no pueda formar nuevas estrellas y las existentes mueran como supernovas y agujeros negros o enanas blancas y marrones de poca energía.

La Tercera Edad es la Degenerativa. Esto quiere decir que al ya no formarse nuevos átomos los existentes comenzarán a decaer, se extinguirán, se descompondrán, se evaporarán. Todo al final será sólo un mundo de agujeros negros que consumirán toda la materia restante.

La Cuarta Edad es la Edad de los Agujeros Negros. No habrá otra cosa, sólo agujeros negros devorándose unos a otros pero incluso ellos no son eternos: los agujeros negros irradian fotones a intervalos regulares y constantes, eventualmente se evaporarán también al perder toda su masa de esta forma (lo que toma muchísimo tiempo).

Finalmente el universo llegará a la era Oscura. Sólo habrá fotones tan dispersos (puesto que el universo seguirá expandiéndose) que no radiarán luz. Sin embargo, son partículas de luz. Todo finalmente será luz.

Esto por supuesto, es una teoría, hay parámetros desconocidos aún que cambiarían las cosas, como la densidad total de la materia, que dependiendo de su valor hará que el universo se estabilice, se contraiga o se expanda. Nadie sabe realmente.

Como sea, no podemos dejar de lado las peculiaridades que se dan entre los mitos y la ciencia. La casi unánimemente aceptada teoría del Big Bang denota el nacimiento no sólo del cosmos sino del tiempo mismo, esto es: el tiempo es finito. Como en muchas religiones hubo un momento de creación.

Así mismo, el final es elocuente: acabará en un suspiro. Muy, muy lento y frío. En este sentido aunque finito hacia el pasado, el tiempo parece interminable hacia el futuro. Pero hay varias posturas al respecto.

Otra es la Cosmología Cíclica Conforme de Roger Penrose, que concibe a todo el espacio-tiempo como una estructura, digamos, reutilizable (esto lo digo yo). Al cabo de cada eón el universo vuelve a comprimirse por alguna cuestión gravitatoria cuántica (que por más que quise no pude entender) y rebota. Es decir, vuelve a expandirse. El resultado es que el universo siempre es uno, pero con muchas vidas o versiones, por decirlo de algún modo.

Esto parece un poco más apegado  a la cosmovisión de culturas de la India o prehispánicas, donde el tiempo es cíclico, la Tri Murti del hinduismo refleja esta noción. El Universo es creado, se mantiene y finalmente se destruye para recomenzar el ciclo. Los Soles de la cosmovisión mexica son análogos.

Pero finalmente la concepción cíclica, aunque finita en intervalos, denota cierta eternidad. Así, en el budismo y algunas otras cosmovisiones el universo no tiene tiempo.

Lo que sea o no cierto es una cuestión de fe, finalmente. Incluso la ciencia ha llegado a un punto crítico donde la posibilidad se ha de tomar como hecho. La incertidumbre es fundamento del Universo.

Rescatable es, y no gratuito, por supuesto, el coqueteo de la física con algo más parecido a la metafísica. Tampoco hemos de considerar sinsentido al bonito oxímoron del título: Luz Negra, finalmente, en la cinco eras del universo, esta curiosa paradoja es válida y cierta, de una u otra manera.

Creo que vivimos una etapa perfecta para conectar al fin cada relato de un principio y un final en una sola historia. El conocimiento es uno, Ciencia, Arte y Religión, son hermanas y son pródigas que ya se vienen encontrando, sus coincidencias son muy elocuentes. Todas buscan llegar al mismo sitio: comprendernos. Cada una a su manera, distintos caminos para una única física poética: ser uno con el Todo.


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Exagerar, esa es el arma

–        Nosotros nos comemos el miedo en el desayuno.

–        Sí, con bombones de calavera.

Skipper y Kowalski

Ayer que empezó el año lo inicié de la manera que mejor domino: pendejeando. Me levanté para darme cuenta de que me había perdido los Cazadores de Mitos (la razón de mis mañanas) y decidí darme un respiro antes de trabajar, sí, trabajar en primero de enero, ya que debía acabar un proyecto que si bien me va me sacará de pobre y si no pues no y seguiré escribiendo mi blog porque hay veces que es mejor tener el alma plena que dinero en la cartera.

En fin.

Como ya se habrá notado tengo un marcado gusto por las caricaturas: son una maravilla,  un ejemplo extraordinario de pensamiento lateral. Cuando yo tengo problemas veo la tele, normalmente Nickelodeon, si no hay nada que me agrade voy a la computadora y busco un par de capítulos, me hacen el día. El punto es que pensar caricaturescamente me funciona. Para un niño las caricaturas son entretenidas porque las cosas, como sea, se solucionan.

Pura mamada, dirá un adulto. Pues quien lo diga que se muera.

Las caricaturas enseñan un par de cosas que a nosotros que crecimos se nos olvidan: sacarle la vuelta a la situación y exagerar en las maneras. En una palabra: jugar.

El juego, para casi todo mamífero, es un entrenamiento para algo que nosotros hemos venido a bien llamar la vida.

Y si el juego enseña a vivir ¿por qué dejar de hacerlo? Los problemas no se terminan, no debiera tampoco terminarse el mecanismo que nos muestra cómo darles solución.

Exagerar, esa es el arma

Los Pingüinos de Madagascar fueron la primera serie de Nickelodeon en colaboración con Dreamworks Animation, y son una chulada. Bastante independiente de las películas, la serie se basa, como podrán imaginarse, en los pingüinos.

Skipper, Kowalski, Rico y Cabo mantienen operaciones secretas para mantener la paz en el zoológico de Central Park. No daré mayores detalles, la serie es un caos. Cada vez que los veo no puedo sino sonreír de la complicación a la que llega un argumento tan sencillo como “se acabaron nuestros dulces favoritos”. Más felicidad da la manera en que solucionan la carencia y más cuando al final un pingüino es regurgitado por otro diciendo totalmente perturbado: !Las cosas que he visto¡

El punto es que las caricaturas estimulan un mecanismo que debiera ser mantenido siempre ¿por qué sólo un niño ha de jugar? El juego estimula la creación de escenarios hipotéticos que ponen a prueba la capacidad de razonamiento y solución de problemas, en una palabra, imaginar.

Pero ahí estamos en un mundo gris y rutinario que devalúa por mucho las aptitudes propias de un niño y, si eso no fuera suficientemente estúpido, la vida ahora fuerza a la infancia a crecer más de prisa. Alguien está haciendo las cosas muy mal.

Los Pingüinos de Madagascar, además, exponen otro medio para el juego: la exageración. Un graffiti pintado en la Sorbone en París en 1968 anunciaba lo siguiente: exagerar es ya un comienzo de invención.

Y tiene sentido, un niño lo hace para hacer más entretenido su juego y consecuentemente lo resuelve. ¿Cómo? Pues como sea. Habrá maneras.

Me retiro, voy a ver caricaturas para seguir aprendiendo a vivir.


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Cortázar y los Puentes

PUBLICADO ORIGINALMENTE EN REVISTA DISONANCIA

“Es bueno que se quede allá (…)  Cuando enmudezcan todas las voces, habrá todavía una, salvada por la distancia, que señale y condene,  que denuncie y ayude, que movilice y congregue”

Haroldo Conti, sobre Julio Cortázar

Ha construido puentes por un ansia simbólica del viaje y la transición. Es el movimiento, el paso de la potencia al acto, a lo real, a lo tangible, lo que da cuenta de que uno está aquí y no en otro lado, de que uno es uno y no alguien más. El puente es un tránsito hacia un yo que se diluye en una bruma incierta, a un yo igualmente vago pero sin duda mejor pensado y más completo: a un yo ideal.

Cortázar estaba al tanto de los avances en física en su tiempo, este tránsito entre estados inciertos cumple una elocuente paráfrasis de dos conceptos científicos: la entropía y la incertidumbre.

La entropía es un fenómeno ligado con la Segunda Ley de la Termodinámica que implica que los sistemas en el tiempo sólo pueden desordenarse y esto sólo aumentará. Es decir, que todo sólo puede irse a la mierda. Un ejemplo: de dos células estables se forma una que tarde o temprano da un ser vivo, éste nace, crece, envejece, se deteriora y luego se muere, la pinche vida. Pero los sistemas permutan, la energía no se crea ni se destruye (todos saben el resto). Así es como el cosmos nos parece muy bonito: estadísticamente el desorden es más evidente en nuestra escala que en los grandes sistemas y por eso la vida de los personajes de Cortázar, o la nuestra, quizás puedan parecernos un cagadero.

Pero cuando todo está para arrojarlo a la basura Julio nos pone un puente. El puente representa la permutación, el cambio de estado, la energía que se transforma. Del otro lado sabrá el diablo qué hay. Pero podría ser mejor (o peor, pero es más poético pensar lo opuesto). Esto es lo que Heisenberg llamó  incertidumbre. Una característica intrínseca de la naturaleza que impide conocer la totalidad de un sistema en un tiempo definido. El caso entonces es que lo único que tenemos es un cúmulo de probabilidades donde todo es posible, todo, hasta que alguien mire. El acto de observar es suficiente para que algo llamado la función de onda, esto es, la probabilidad, colapse y podamos obtener mediciones precisas, algo que en cristiano le dicen realidad.

Cortázar traza la figura ya no sólo del puente sino del tránsito en innumerables piezas de su obra: Lejana, El Otro Cielo, Rayuela, No se Culpe a Nadie; y la varía en situaciones fantásticas que van desde viajes espaciotemporales hasta la introspección más cruda y amarga. Basando las florituras de su narrativa en estos dos conceptos: el caos-presente y lo posible-futuro.

El mismo Julio se vio envuelto en viajes desde niño, nacido en Bélgica en tiempos de guerra, pasó tiempo en Suiza y luego en España antes de llegar a su Argentina. Cuatro países, dos continentes y otros tantos idiomas conoció el pequeño antes de cumplir los cuatro, el exilio y desarraigo le vinieron de genética.

Son fuertes las transformaciones de sus héroes porque son íntimas y reveladoras, duelen y son reales porque nos suceden siempre. Es así: nos unen los mismos dolores, los fundamentales. De ahí Cortázar abstrae lo sublime, de lo humano, como tendría que ser siempre.

Puentes, París, Naturalmente

Puentes, París, naturalmente

El puente une dos extremos, los concilia, es su función. Quien lo cruza se transforma. Oliveira en Rayuela, no busca una transformación real, siempre está en la rivera sur del Sena, ahí transcurre lo que le queda de vida como la conoce, pasea en los puentes, específicamente en el Pont des Arts, el puente de la Maga. Pero no lo cruza, queda latente la mutación y el encuentro. Lo que cruza finalmente es todo un mar, de costa a costa, para darse cuenta que realmente la ama pero la distancia, en fin, una lata. Y en Buenos Aires hay más puentes y portales.

El Otro Cielo es elocuente. Aquí la figura del puente es realmente un portal, es una galería techada que de un momento a otro nos trasporta de Buenos Aires a París, nos cambia el cielo por las ansias de un rencuentro.

Y es así que la imagen que une se convierte en fundamento en la narrativa de Cortázar. Incierto y caótico, sí, pero indisolublemente unido, así es el mundo de Cortázar donde un libro ha de terminar pareciéndonos muy real, si no vale una mierda. El puente último es la meta-narrativa. Eso que no se sabe bien dónde es que empieza y dónde es que termina. Construir-mundos-y-realidades.

En El héroe de las mil caras, Joseph Campbell analiza y estructura las historias míticas en cuanto a un viaje para auto descubrirse. Así, desde Buda hasta Jesús y del Quijote a Harry Potter, tenemos una sucesión de fenómenos físicos, mentales o espirituales que probarán la entereza del protagonista. Momentos imprescindibles del viaje del héroe son el cruce del umbral y el regreso a la Madre: el portal, el túnel, la caverna, el puente. Arraigado muy profundo en el espíritu, los humanos hemos hecho de estas imágenes poderosas fuentes de significado que, por algún estado universal, prístino y simbólico, son fundamentales en toda construcción mítica-religiosa y ficticia, así como temporal y cultural. Son la manera en la que construimos el mundo desde los símbolos, es por eso que las historias nos conmueven: porque nos hablan desde la intimidad, desde el espíritu.

Y bueno, tanta pendejada no será útil si no lo aplicamos: los puentes nos dan perspectiva. Por eso abrí con la cita de Harlodo, Cortázar tuvo mucho tiempo para pensarse desde afuera como lo que era dentro, alguna vez dijo que descubrió su esencia latinoamericana desde el extranjero y pudo ver, como ya cité, que a todos nos unen los mismos dolores. Él hablaba en esta frase del estigma latinoamericano de la pobreza y la dependencia económica. Pero siendo Julito, me cuesta creer que no haya un trasfondo más filosófico en su frase. Estoy casi seguro que lo hubo, y hay una triste psiquis de inferioridad que pulula entre nosotros. Gran amigo de Cortázar, Octavio Paz lo notó y lo inmortalizó en su Laberinto: la chingada y la nada. Son nuestros fantasmas y hay que aprenderles las mañas.

Y por último a lo siniestro.

Todo mundo ha oído hablar de que la cuenta larga de los mayas y así. ¿Pero qué es la cuenta larga? Es el ciclo más grande de su sistema calendárico no repetitivo (como el nuestro) y para empezar, no es exclusivo de los mayas. Otra cosa es que nadie ha descubierto nunca que algún códice de esta cultura mencione algo sobre el fin de los tiempos. Es una constante patológica nuestra, heredera de esta pinche linealidad impuesta por la religión en occidente la que nos hace creer que todo se termina y ya. Como tantas otras culturas en íntima relación con la naturaleza (a diferencia de nosotros), los mayas creían en los ciclos. Bachelard diría que el tiempo no corre, brota. Así que el fin será el inicio de otro instante. No sólo en la fenomenología encontramos este giro en la percepción del tiempo: Martin Bojowald, una de las más grandes promesas de la física contemporánea y teorizador de la Gravitación Cuántica de Bucles (una chingonería), ha concebido el tiempo de la misma forma: atómica. No es un flujo sino una serie ritmada. Música. ¡Puta, qué belleza!

No niego que algo pasa. Las coincidencias (o sincronicidades, para la poesía) que han estado ocurriendo son delicadas. El sol está en el máximo de actividad en su ciclo de 11 años, esto implica perturbaciones en la magnetósfera de la Tierra que de un momento a otro podrían afectar nuestra cómoda forma de vida alterando el tendido eléctrico mundial y las telecomunicaciones por un gran periodo de tiempo, años incluso. Otra cosa es que la magnetósfera ya mencionada se debilita (natural, es cíclico) y estamos por presenciar una inversión en la polaridad, esto nos dejará indefensos contra la radiación y muchos morirán. Pero bueno, el tiempo geológico es paciente, bien puede ocurrir mañana o en algunos siglos, pero ocurre.

Pero estas son mamadas comparado con la necesaria transición espiritual que el mundo requiere. Morir no es ninguna sorpresa, mucho menos nuestra impotencia contra las fuerzas celestes. Hará unas semanas que escuché al maestro Edgar Morin en conferencia, otro constructor de puentes.

El puente de Morin se llama Pensamiento Complejo, y consiste en concebir la realidad como una urdimbre y no analíticamente. La multidisciplinariedad es vital para esto, sólo la complejidad civilizará el conocimiento encaminándolo a un real humanismo que vele por el bienestar de este mundo, con una visión cabal de las sutiles relaciones del Todo, y para que esto se dé el mensaje fue claro: el egoísmo no es la vía, habrá que pensarnos en comunidad, tendernos puentes. Mucho del desencanto en esta vida es fruto de la insensibilidad que marchita todo vínculo con lo Otro, ahí es donde tenemos que empezar, en cambiar un limitado yo por un vasto nosotros.