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Oda al Ocio

 

Hace un mes pasé de ser estudiante a ser desempleado. No me quejo: he tenido mucho tiempo para hacer un chingo de pendejadas que ya casi se me había olvidado que me gustaban.

He vuelto a entablar conversaciones con mi perrita, Chelsea, ella aúlla y yo intento contestarle. Cada mañana me despierta rasguñando la puerta de mi habitación y  si no está cerrada entra como si fuera suya, se sienta a menos de un metro de la cama y me mira como diciendo “ya levántate, cabrón”.  Casi siempre lo hago de inmediato, no puedo decirle que no. Me visto, camino directo a la puerta del patio superior y la abro: Chelsea me usa, no hay otra palabra. La puerta abierta deja entrar un consistente rayo de luz solar puesto que está orientada hacia el este y Chelsea se recuesta ahí mientras yo bajo a desayunar con mucho frío (la planta baja de mi casa es un eterno invierno).

Chelsea al sol

Chelsea al sol

 

Casi siempre cuando voy terminando, Chelsea me alcanza para obtener de mí un poco de comida. Invariablemente le doy algo. Luego sintonizo Mythbusters, tanta mamada sólo puede hacerme la mañana, alguna vez he tratado de imitar con muy poca fortuna alguna de esas incoherencias, así fue como supe que la leche en polvo es extremadamente inflamable y duele.

Luego continúo con Los Pingüinos de Madagascar y Bob Esponja, de quienes ya he hablado anteriormente para, acto seguido, leer un buen rato, tengo la costumbre (no sé si buena o mala) de leer varios libros a la vez. Actualmente son tres y eso porque ya terminé el cuarto.

No hará mucho que me levanté con unas ganas irreprimibles de comprar un bebedero para colibríes, ahora cuelga fuera de la ventana que tengo enfrente y desde que lo puse no he hecho otra cosa que esperar.

Los pendientes... mientas espero a los Colibríes

Los pendientes… mientas espero a los Colibríes

Las tardes se me van en dos cosas: nada y el piano (de esas cosas que estuve a punto de olvidar). El frío me entorpece bastante las manos además de que ha desafinado espantosamente el instrumento pero ahí sigo. He compuesto un par de piezas pequeñas para una chica que amo y una ya se la mostré: le gustó mucho y bueno, yo  muy contento. La otra sigue ahí, en corrección, ya que no soy ningún dotado para esto de la música y nada que salga de mi mente termina sonando exactamente como lo quería, no obstante ahora tengo todo el tiempo del mundo para corregir y seguir insistiendo: he compuesto (o intentado componer) desde hace mucho y lo había dejado por falta de tiempo. Qué expresión tan pendeja, pero nos hemos acostumbrado a usarla y sobre todo a encontrarle sentido, una lata.

Como no queriendo la cosa todas la cosas que algún día dije que haría las estoy haciendo ahora, si un día dije “ya habrá tiempo”, pues ya está y no hay plazo que no se cumpla. Compré una cantidad absurda de cerillos, 1200, son baratos así que continuaré acumulándolos, ya tengo pensado qué hacer con ellos pero implica usar las manos y mientras siga haciendo este frío no pienso llevarlo a acabo. Es la misa  razón por la cual no he pintado y la guitarra, aunque ya tiene cuerdas, no la he usado tanto como quisiera.

Mi creciente colección de cerillos

Mi creciente colección de cerillos

Todo esto lo hago acá, en casa. Pero lo más notorio es quizás que escribo, así puedes leer todo esto que hoy no es más que un textito pinche que se me dio la gana hacer porque tengo todo el tiempo del mundo y tú, allá, sepa la chingada dónde, no sé si te gustará o no. Hoy me tiene sin cuidado. Ya habrá tiempo para escribir más y mejor.

El ocio tiene mala fama pero hoy, desde él, digo que no hay cosa mejor para pensar las cosas: sea una genialidad o una mamada.


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El héroe, el mito y el espíritu: La leyenda de Aang

Discípulo de Carl Gustav Jung, Joseph Campbell estudió las religiones y los mitos fundacionales de muchos pueblos antiguos desde una postura psicoanalítica, deduciendo por este medio una suerte de estructura básica aparentemente inherente a los deseos y pulsiones naturales de la condición humana en un nivel discursivo y narrativo que explica los cuestionamientos más prístinos del cosmos: la creación del mundo y de los hombres, y el devenir histórico.

El postulado de Campbell habla sobre un supuesto monomito, un discurso que funge como cimiento de toda construcción mítica, legendaria o narrativa y que implica elementos de la psicología humana desde las primeras etapas del desarrollo hasta la madurez. Es decir, los mitos nos hablan de cómo somos y cómo nos formamos, son narraciones originales en el sentido de que nos hablan del origen. De tal forma, cada región, país o religión tiene su versión particular del origen del mundo, inspirada e influenciada por su entorno, por sus costumbres y tradiciones y por su historia, todo esto reflejado en los textos ya sean escritos o transmitidos oralmente de manera metafórica.

Una de tantas coincidencias entre los distintos mitos revisados por Campbell es la invariable aparición de El Héroe, personaje de características particulares que van desde una entereza ética inquebrantable hasta suertes mágicas que le otorgan poderes o fortuna. De una u otra manera, el héroe es el elegido y como tal, debe afrontar su destino: la salvación de su pueblo y la trascendencia. Suena fácil así, sólo escrito. Pero remito a la obra El Héroe de las Mil Caras, de J. Campbell, para ahondar en el tema y las vicisitudes que el desdichado, llámese como se llame (Buda, Jesús, Frodo o Luke Skywalker), debe pasar para completar su misión y destino.

En fin, todo el preludio como pretexto para hablar sobre una curiosa serie transmitida por Nickelodeon: Avatar, La Leyenda de Aang.
Antes de continuar aclaro que hablaré de la serie animada y no de la película, la cual ni he visto.

La Leyenda de Aang narra la historia de… sí, Aang, un niño de 112 años que escapó de su hogar por que lo separaron de su maestro y amigo, el monje Gyatso, para entrenarlo alrededor del mundo y convertirse en un Avatar pleno, cosa que Aang nunca quiso ser.

Contextualizo:

En el universo que propone esta serie el mundo está divido en cuatro naciones, cada una representada por un elemento de la naturaleza, a saber: Las Tribus del Agua (Norte y Sur, se ubican en los polos y en los pantanos), El Reino Tierra, La Nación del Fuego (la más industrializada ya que pueden crear metal por su poderes con el fuego y generar energía con carbón por la misma razón) y Los Nómadas del Aire (esparcidos por el mundo en cuatro templos, Norte, Sur, Este y Oeste).

Cada nación tiene su territorio y su población, la cual puede o no ser Maestro del elemento correspondiente a su nacionalidad. Ser Maestro implica poder controlar el elemento en cuestión: los maestros del agua mueven masas acuosas o las congelan, los maestros tierra hacen lo propio con rocas y porciones considerables de terreno, de igual manera los maestros aire y fuego, con sus respectivos elementos. Cada elemento va ligado con una visión particular del mundo, casi una filosofía o religión, como se guste, y esto se ve reflejado en las enseñanzas que reciben en sus entrenamientos, además de ser perceptible en las personalidades de cada nación.

Los Controles de los elementos son usados para realizar tareas, construir, fabricar tecnología o para la diversión. Sin embargo, en un aspecto no tan relajado, son usados para la defensa militar o para la meditación trascendental debido a su conexión íntima con la naturaleza.

El mundo debe estar equilibrado (las caricaturas sí enseñan pero tristemente no aprendemos), para lo cual existe la figura de El Avatar, un maestro capaz de controlar los cuatro elementos y que recibe la carga de armonizar a todas las naciones unas con otras, y al mundo entero con el Mundo de los Espíritus. El Avatar es elegido de manera vitalicia y rencarna en algún niño de la siguiente nación del ciclo de los elementos (Agua, Tierra, Fuego y Aire). Es elegido al constatar que entre miles de juguetes el niño toma los cuatro que pertenecieron a todas sus vidas pasadas (algo similar a la verdadera forma en que se eligen los Dalai Lamas, hasta donde sé) y que cada uno de estos juguetitos representa a un elemento y por tanto a una nación.

Ahora continúo con la historia: Aang es un maestro aire que desafortunadamente le toca vivir el comienzo de una guerra liderada por la Nación del Fuego para conquistar a todo el mundo. Debido a esta eventualidad, los monjes que lo cuidan y lo entrenan deben revelarle su condición de Avatar cuatro años antes de lo que dicta la tradición (a los 16 años). Debido a esto, Aang se siente sumamente angustiado y las cosas empeoran cuando sus superiores deciden mandarlo a entrenar en otro Templo del Aire. Es aquí cuando Aang escapa, cayendo en una tormenta al mar y congelándose en una burbuja en un estado espiritual latente llamado Estado Avatar, que lo preserva con vida ante la inminente amenaza de ahogarse. Así permanece Aang durante cien años, despertando cuando la guerra está por terminar, recibiendo la ayuda espiritual de su predecesor Avatar Roku, quien le dice que debe derrotar al Señor del Fuego para recuperar el equilibrio del mundo antes de que sea demasiado tarde.

No digo más, la serie es excelente y la recomiendo ampliamente.

Continuaré diciendo que La Leyenda de Aang es un buen ejemplo de la tesis de Campbell, los elementos de la creación mitológica son palpables. La razón del mundo, su origen, son dados a cuentagotas en tal o cual capítulo, otorgando al seguidor atento un mapa bastante elocuente de la cosmogonía del universo de la serie.

El bagaje cultural es exquisito para quien se dedica a escudriñar los contenidos y no sólo a ver la serie por encima y sin ningún cuidado. Una interesante mezcla de épicas, filosofías y posturas espirituales dan como resultado un muy completo y congruente marco referencial sobre el cual los personajes actúan de tal o cual forma y que permiten al espectador darse cuenta que la línea, por decir algo, entre el bien y el mal, no es para nada evidente y dicotómica en este contexto: los matices son fundamentales en Avatar, le otorgan volumen y sustancia a lo que el programa nos dice, es un manual para curar el alma, porque es lo que Aang habrá de hacer para convertirse en Avatar.

Para muestra de este último punto sólo hace falta mencionar un capítulo de la tercera temporada donde Aang emprende un viaje espiritual con su vida pasada, Avatar Roku, para conocer su pasado. Frases puntuales y certeras acompañan el argumento del episodio como:

“Para poner fin a esta guerra debes saber cómo empezó”
“El amor duele cuando se es joven”
“Hay amistades tan fuertes que trascienden la vida”

¿Programa para niños? ¿Una serie sin fundamento? ¿Devaneos, absurdos? Véanla y discutimos al respecto.

Nota: La Leyenda de Aang actualmente se retransmite en el bloque nocturno de Nickelodeon los fines de semana, esto como contexto para la nueva serie y spin off: Avatar, La Leyenda de Korra, ambientada 100 años delante del tiempo de Aang, y que cuenta la historia de Korra, la nueva Avatar, en un mundo de los años veinte y cuya trama gira en torno a una revolución social alimentada por el resentimiento entre clases sociales ¿interesante, no? La Leyenda de Korra se transmite los sábados y domingos a las 12.30 del día en el mismo canal.