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Hay mucho de qué hablar


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Gokú contra la pinchez

Recién me decidí volver a escribir. Tengo una excusa: nadie me lo había pedido. Tengo otra excusa: he estado leyendo bastante y cuando no, veo caricaturas y últimamente me envicié con Breaking Bad. Tengo una más: no sabía de qué hablar. Tengo otra para terminar: una vez con tema, quería escribirlo hasta que sintiera la necesidad.

Hará un par de semanas que asistí a la premier de Dragon Ball Z: La Batalla de los Dioses. La serie en cuestión es muy significativa para mí, crecí con ella. Casi no puedo recordar algo más antes de la segunda mitad de mi primaria que no fuera Dragon Ball.

De la película no diré más que el título, prefiero que la vean. Mejor diré que fue una intensa experiencia temporal hacia el pasado porque en verdad me sentí niño otra vez.

Fue hora y media de recuerdos que casi se habían perdido y que, sumados a una sala de cine llena (y otras dos en el mismo cine y no sé cuantas más en la ciudad a la misma hora) me daban la impresión de que lo que allí pasaba no era una película sino una especie de memorial de la niñez que, desafortunadamente, ya comenzamos a dejar (o deberíamos, dirán algunos).

Desde hace mucho me pregunto por qué habría que dejar de ser sanamente infantiles, no hablo de niñerías, sino de una disposición consciente a disfrutar las cosas de manera (quizás) desmedida, pero que finalmente le hacen a uno darse cuenta de que la vida no tiene por qué ser pinche, aburrida, monótona, gris, cuasi zombi y lenta. Triste la vida de quien sólo espere la quincena.

Los últimos meses los he pasado leyendo, viendo películas, caricaturas, pintando, escribiendo, practicando en el piano o la guitarra, en fin, estoy haciendo todo lo que dejé de hacer por la escuela o el breve pero infernal trabajo que tuve. Dejé el trabajo por una única razón: algo que se suponía que me gustaba comenzaba a odiarlo porque la empresa que me contrató me quería trabajando de una manera monótona, gris y cuasi zombi, decidí irme por preferir un alma sana a una atacada por un dementor.

Hoy, junto con un amigo, hago lo que quiero, no ganamos mucho pero el hecho de que otra persona que posee la capacidad de proferir sentencias contundentes como si le pagaran me dijo: “El pasto del vecino siempre es más verde: no sabes cuánto te envidio, a mí me pagan bien pero no me dejan tiempo para disfrutarlo, tú tienes todo el tiempo para hacer lo que te gusta”. Eso, sumado a un ejercicio de economía básica me dan la esperanza de que quizás no esté haciendo las cosas tan mal. El episodio ocurrió más o menos así:

–        ¿Cuánto dinero traes?

–        Cincuenta pesos.

–        Ahí está: yo trabajo todo el mes y me quedan cincuenta pesos, tú trabajas dos días al mes y te queda lo mismo.

 

Todo esto para justificar que el mundo real, por llamarlo de algún modo, me vale madre. El valor de algunas cosas es tan volátil que da miedo pensar que el mundo gire en torno a lo que no es más que aire.

Lo que el mundo quiere que te importe no ha demostrado hacer feliz a nadie. Tener el alma intacta, sí.

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Por nuestra cuenta


¡Vamos a entrar en acción, a corregir un error, vamos a hacer justicia!

La abuela, preparando la vestimenta de ladrón, Hey, Arnold!

 

Llevo al menos dos semanas huyendo de escribir porque no se me ocurre nada. Lejos de no ocurrírseme nada, no quiero. No quiero porque 1) tengo una gran lista de pendientes (libros, películas, documentales); 2) me cuesta mucho más ahora que antes; 3) no tengo idea de qué escribir; 4) escribir no me da de comer; 5) me estoy cansando de saber qué pienso porque ya ni a mí me interesa. Creo.

Con la cada vez más palpable incapacidad de renunciar a mis placeres, escribiré mientras completo otro, un disco que compré hace ya un tiempo y no me había dado el tiempo de escuchar.

Hoy voy a escribir de lo que se me venga a la mente y lo primero que llegó fue Hey, Arnold! Sí, la caricatura de Nickelodeon, la del cabezón.

Hace unas semanas tuve una conversación que de un momento a otro terminó haciendo referencia a esa misma caricatura. Hace dos semanas también, la semana pasada, igual, hace unos días, lo mismo.

No daré más detalles más que los que ya seguro casi todos conocen: el protagonista es Arnold, un niño rubio con cabeza de balón de fútbol americano y huérfano de ambos padres. Vive con sus abuelos en una ciudad ficticia que combina características de Londres, Nueva York y San Francisco, su casa es una casa de huéspedes en la que viven personajes la mar de interesantes empezando por sus raíces. Los amigos de Arnold igual vienen de aquí y allá, asiáticos, afroamericanos, judíos, latinos.

La serie es la primera de Nickelodeon, creo, que manejaba un ambiente realista. Sin antropomorfismos o súper poderes o lo que fuera. Era así: un niño y sus amigos que van a la escuela y por las tardes pasan cosas comunes de maneras extraordinarias o cosas extraordinarias de maneras muy comunes. Por supuesto que siendo una caricatura las cosas no podían estar tan normales: su abuela está demente, cuando abre la puerta de su casa sale una manada de animales, su cuarto parecía del futuro, una criatura prehistórica vive en el lago del parque, hay fantasmas en su casa, uno de los inquilinos era una especie de espía y detalles semejantes.

La maravilla de la serie la ubico en dos cosas: una sana irreverencia, muchas veces gracias a la abuela; y un sentido de la rectitud muy cabrón, casi siempre gracias a Arnold. Combinados son justo lo que necesitamos: hacer las cosas como se debe sin pedir permiso, hacer bien no está mal.

mandíbulas

 

Recuerdo un capítulo donde Arnold visita el acuario de la ciudad y la mayor atracción, Mandíbulas, una tortuga, vive en una situación deplorable. Junto a su abuela (que de hecho es quien lo alienta), roban a la tortuga, la atienden y la liberan.

Adjunto el link porque deben ver este capítulo: la abuela tiene momentos de lucidez fantástica donde sus frases son para grabarlas en bronce. El link aquí http://tu.tv/videos/oye-arnold-visita-al-acuario

En un capítulo donde por razones que no recuerdo los maestros de su escuela van a huelga, los niños que al principio eran felices sin clases comienzan a aburrirse, abogan por un acuerdo entre los directivos y los profesores y hacen ver la estupidez del conflicto, al no recibir respuesta, comienzan a estudiar por su cuenta y los adultos caen en la cuenta del error.

Las cosas no se resuelven solas y mucho menos quejándose. No hace falta mucho: darse cuenta de la mierda que vivimos, juntarnos y limpiarle el culo al mundo. No, no va a ser bonito, porque no somos una caricatura, pero sólo así va haber mejora.

Afortunada o desafortunadamente (para rendir homenaje a Schröndinger que hoy que escribo es su natalicio y también porque quizás es lo que necesitamos para empezar a hacer bien las cosas) nos encontramos en una situación en la que los encargados de velar por los intereses de la sociedad hacen todo lo contrario. La política, etimológicamente, se refiere al pueblo, pero les vale un pito. Mas no estamos para echar la culpa, también nosotros, pendejos o flojos o ambos, dejamos toda responsabilidad en otras manos. Etimológicamente, otra vez, ultrajamos el concepto.

Las cosas que son para todos, deberían hacerse entre todos y no es el caso. No sé si estamos más tirados a la mierda de lo permisible, pero si esa fuera la situación lo que nos queda es llamar a la abuela, robar a la tortuga y llevarla al mar. O se nos muere.

¿No se puede? Arnold es, creo, una caricatura fundamentalmente quijotesca, si no lo hubiera escrito Cervantes, lo habría dicho Arnold o la abuela: “Cambiar el mundo, amigo Sancho, que no es locura ni utopía, sino justicia.”


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Invisible a los Ojos

Ayer hablaba con un profesor mío a quien le he aprendido mucho y espero seguir haciéndolo sobre una variedad de temas que fueron desde un sueño que tuve hasta el libro que me regaló (La Mente Nueva del Emperador, sobre cibernética y física). Y de un tema al otro terminé por mencionar un par de capítulos de la serie de divulgación científica “Through The Wormhole”, titulada con ostentosa carencia de imaginación en español como “Grandes Misterios del Universo con Morgan Freeman”, que giraban en torno a fenómenos normalmente tratados de paranormales o, en el mejor de los casos, ciencia ficción. A saber: otras dimensiones, el multiverso, alienígenas y mi capítulo favorito hasta ahora: conciencia, pero no sólo la que me hace saber que yo soy yo sino una más profunda, verdaderamente arraigada en la vida, se habló incluso de una conciencia vegetal.

Me ha llamado mucho la atención desde hace ya algunos años el hecho de que ciencia y religión se van coqueteando cada vez con más soltura porque ¿qué carajos hacen científicos renombrados investigando fenómenos paranormales? Desde que la nueva física nació, y hará más de un siglo de eso, las cosas en esto que llamamos realidad se han puesto no menos que exóticas.

Tan sólo tratar el tema de la física cuántica suena ya más a superstición que poner de cabeza al santo para conseguir pareja y sí, porque, y me pongo de ejemplo, eso de que si uno no mira algo es cuestionable el hecho mismo de su existencia, como el experimento imaginario del gato de Shrödinger, donde uno coloca al minino en una caja con un isótopo radiactivo que puede a) decaer; o bien, b) no decaer; y que dependiendo de eso activará o no un mecanismo que matará al gato y que mientras uno no abra la caja el gato está virtualmente vivo y muerto al mismo tiempo me ha tocado las fibras más sensibles de mi paranoia. Y hace una semana fui yo a una graduación para la cual repetidamente me insistieron en no perder mi invitación porque si no no entraba y yo, precavidamente, la guardé en un lugar muy seguro y la revisaba constantemente, porque no vaya a ser que los átomos y sus estados cuánticos y de una mirada a otra la invitación ya no estuviera y yo me quedaba sin fiesta.

Y ha sido la física, de la cual soy devoto, quien me hace creer en esto porque sí, porque a la ciencia  le gustan los hechos, máxime con cada nuevo experimento que demuestra más fehacientemente la validez de la teoría y con todo mi paranoia no tiene para cuando mejore.

Y a lo que voy es que lo imposible (¿?) va dejando de lado el prefijo y tras una larga historia de muestras inequívocas de que lo comprobable es la norma nos acercamos a un cisma que bien alejados nos va a dejar de lo que otrora considerábamos cierto o, peor (o mejor), real.

Detalles inquietantes:

Una de las soluciones de las ecuaciones de Maxwell sobre la luz se consigue al introducir una quinta dimensión de la cual procedería la onda electromagnética que nosotros vemos como luz.

Más del 99% del Universo es invisible, en forma de materia y energía oscura, lo que vemos y tocamos y sentimos, es menos del 1%.

En las fronteras de la física teórica hay individuos que trabajan la idea de las “no-partículas”, elementos invisibles que sustentarían, en teoría, la realidad.

Ahora vamos al otro lado:

En la tradición hindú un día y una noche de Brahma equivale, curiosamente, a la edad estimada del universo.

En varios mitos fundacionales el cosmos fue creado de la nada, como afirman las teorías más avanzadas.

En algunas religiones, el mundo está organizado por niveles, un número que se repite es el nueve, que en teoría de cuerdas es el número de las dimensiones espaciales.

Me consideraría profundamente afortunado de asistir ya no a una colisión sino a un consenso entre lo mágico y lo científico, porque no nos hagamos pendejos, ambos buscan lo mismo: la verdad.

Ya ha habido en la historia muestras de ello. Georges Lemaître fue un sacerdote católico y astrofísico que apoyó con fuerza la teoría del Big Bang puesto que él había desarrollado una hipótesis llamada el “Huevo Primitivo”, a la cual el mismo Einstein le hizo el fuchi por carecer de suficiente rigor científico, y vaya que Einstein era una persona cabal, en el plano intelectual y espiritual.

Hoy hablamos de agujeros negros, partículas virtuales y dimensiones extra como si cualquier cosa, la ciencia ha avanzado tanto y lo imposible se ha ido debilitando al mismo paso que un escepticismo cerrado y tajante, creo yo, es una regresión vergonzante. Una civilización madura ha de poder dialogar con su historia y su cultura y por tanto sus creencias más profundas.

Hoy, a diez milenios de la construcción de Göbekli Tepe, el presunto más antiguo santuario del que se tenga noticia, donde se erigió la que se piensa es la representación más antigua de un dios adorado de una manera organizada (religión). Deberíamos de tener la entereza suficiente de dialogar racionalmente con esa parte aún latente de nuestro espíritu mágico y místico, porque qué es eso sino la semilla de una curiosidad que nos llevó a preguntarnos por el Origen.

 

–        Hoy casi nadie rinde culto a Thor o a Zeus y nadie tuvo que demostrar que no existieron.

–        ¿Y tú puedes hacerlo?

–        Eso es lo que ustedes temen.

 

Este es un diálogo que sostiene un funcionario de la ONU con Karellen, el líder de los Superseñores, una raza extraterrestre que llega a la Tierra en la monumental novela de Arthur C. Clarke, El Fin de la Infancia.

Hay cosas que la ciencia no puede explicar y quizás nunca lo haga, pero tenemos mucho que pensar sobre el hecho de que material pseudocientífico esté hoy siendo estudiado seriamente, porque el hecho de que no lo veamos no significa que no existe. Si fuera al contrario no estaríamos aquí, porque la materia y la energía invisibles han forjado la estructura misma del espacio en que habitamos.

Lo esencial es invisible a los ojos (sí, de El Principito).

Todo como preámbulo para hablar de un amigo que se fue. Tuve la fortuna de conocerlo en la preparatoria. Coincidimos en una clase de inglés en la universidad y, cuando las clases y su monotonía me eran insoportables, me salía a caminar, de vez en cuando me lo topaba en los pasillos o jardines y platicábamos. Un tipo genial. Era una de las luces que hallaba yo de tanto en tanto en ese páramo que a veces se me hacía la universidad.

Michio Kaku ha dicho: en un universo infinito hasta lo más improbable pasará. Lo imposible no es locura, es cuestión de esperar.    


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Mirada Demiurgo

Eres responsable para siempre de aquello que has domesticado

El Zorro, en El Principito

Advertencia

No tengo ni la menor idea de qué estoy haciendo, esto bien podría no tener ningún sentido.

Últimamente he creído que los humanos somos unos seres sumamente pendejos, le otorgamos mucho a varias cosas que, personalmente, no les veo sentido. Trabajamos cuarenta años para tener derecho a una pensión que nos sustente mientras nos hacemos más viejos, porque sólo podemos usarla una vez que somos viejos. No creo que sea sólo yo, a alguien más debe parecerle esto una estupidez. Sin embargo lo hacemos, algunos son afortunados de trabajar en algo que les gusta y pues bueno, eso aligera un poco las cosas.

No obstante olvidamos algo vital: la vida. Uno no se da el tiempo de esto o aquello, que sí quiere hacer, pero esto otro y aquello, y cuando hay tiempo no hay ganas y uno está muy cansado y todo se va lenta e inexorablemente a la chingada.

No abro por fetiche con la cita del Zorro aunque algo hay de eso. En este capítulo el Principito le pregunta al Zorro: “¿Qué es domesticar?” a lo que el animalito responde “Es algo ya olvidado, significa crear vínculos”.  Si uno crea un vínculo lo más lógico es mantenerlo sino vale madre. Así uno se hace al hábito de cuidar un jardín o mínimo una florecita, o de ensayar las piezas que ha sacado porque sí, porque si no se olvidan y yo sé lo frustrante y triste que es no poder continuar con una pieza cuando en la cabeza se tiene la melodía pero los dedos simplemente están perdidos y no recuerdan las siguientes posiciones, es una catástrofe.

Catástrofe es que todo se vaya al pito porque uno no le da su lugar a un vínculo. Piensen en una cuerda que le sale a uno del cuerpo y lo liga con un instrumento o una persona o una mascota o con una actividad (el trabajo no tiene por qué ser discriminado y aprovecho para decirlo). El mal de hoy es pensar que hay algo por encima del resto: ninguna cuerda es prescindible ¡Vean una guitarra, chingao! Funciona con más, pero nunca con una cuerda de menos.

Ahora vamos a otra cosa: decidir sobre los vínculos. Tomar una postura está cabrón, máxime si pensamos que uno debe hacerlo sabiendo que afectará invariablemente a cual quiera sea la contraparte y quizás a los terceros y aún más si pensamos que el cerebro ya está bastante ocupado manteniéndonos con vida y encima lo ponemos a trabajar con pendejadas. No sorprende que la caguemos como si por ello nos pagaran.

Pero vaya, cagarla es una parte fundamental de la existencia.

No importando la naturalidad intrínseca en hacer pendejadas uno invariablemente lo resiente. Y es que sí, uno por ejemplo va tocando algún preludio o yo que sé y fatalmente toca la nota equivocada, el resultado no es otro que el siguiente: todo suena a cagada.  Pero como siempre, uno sigue y en fin, puede ser que a la audiencia le guste y piense que así va, o que es la versión de uno y habrá alguno que le guste, siempre hay quien.

Pero los necios me entenderán, hay un consuelo oculto en la naturaleza. Personalmente recurro a él asiduamente para no sentirme tan mal: los universos paralelos.

Sí, no es broma, yo creo realmente en eso. Para explicarles el por qué tengo que decir una que otra mamada antes.

La teoría de la mecánica cuántica explica el comportamiento de las partículas elementales, y en esas escalas pasan cosas muy raras. Una de tantas excentricidades es que las partículas que fundamentan la realidad son, en parte, una bruma de probabilidades. Los electrones, por ejemplo, mientras no haya una medición de su ubicación exacta pueden estar localizados en todas partes al mismo tiempo.

Otra cosa que ya se sabe y que de hecho cualquiera podría estar familiarizado es que los electrones se ubican en órbitas alrededor del núcleo de un átomo. Lo que no muchos saben es que estas órbitas son inviolables, es decir, que cuando un electrón cambia de un nivel orbital a otro, no necesita viajar por el espacio que los separa, sólo desaparece de un lugar y aparece en otro.

La medición, para no desviarnos, colapsa la probabilidad en una sola posibilidad: la realidad. El acto de observar funda el cosmos, las cosas son lo que son porque las vemos o tocamos u oímos. En teoría, si no vemos algo, ese algo puede ser todo a la vez.

Esto lleva a pensamientos muy coquetos sobre qué chingados es la realidad. Ahora se va aceptando cada vez más que la realidad que vemos es sólo una versión de tantas que podrían pasar. Se cree que cuando uno realiza una acción el mundo y todo el universo se escinde y ambas cosas suceden pero cada una en su dimensión. La llaman la teoría de los universos múltiples.

Si no vemos los otros mundos paralelos es sólo porque siempre estamos midiendo y por consiguiente las probabilidades colapsan sólo en la que vemos. Pero las otras están ahí, en alguna parte.

Hay ya indicios consistentes de los mundos paralelos. Andrew Cleland es un científico de la Universidad de Berkeley que bien podría ser el primer humano en avistar una realidad distinta a la nuestra. Se le ocurrió que si la materia que vemos, incluidos nosotros, por supuesto, estamos hechos de las mismas partículas que describe la mecánica cuántica, deberíamos poder ver los efectos tan extraños de ésta incluso en el nivel macroscópico.

Para probarlo realizó un experimento, introdujo un transistor en una máquina que lo aislaba de toda medición, ni luz, ni sonido podía entrar en ella, además enfrió la máquina casi al cero absoluto (-273 C°) y luego se dedicó a esperar los resultados. Su experimento consistía en disparar un solo cuanto de energía al transistor, éste, a su vez, sólo podía tener dos estados posibles: 1. Recibir el cuanto de energía; 2. Dejarlo pasar. Lo que sucedió ni el mismo Cleland se lo esperaba, el transistor recibía la energía y la dejaba pasar, al mismo tiempo.

El experimento de Cleland demuestra que los objetos macroscópicos están sujetos a las mismas leyes de la mecánica cuántica, por lo que  versiones distintas de mi vida o la tuya o la de quien sea están allá en algún lugar del universo. En alguna de ellas, quizás yo sea feliz o tome decisiones más acertadas o quizás no dé la nota equivocada.

Pero no se piense en esto como un remedio contra tener que lidiar con las consecuencias de lo que hacemos o no, mi idea al mencionarlo es otra y, como siempre, he dejado lo más perturbador para el final: el biocentrismo.

Esta es una idea radicalísima de un sujeto llamado Robert Lanza. El biocentrismo consiste en llevar al límite algunos conceptos de la mecánica cuántica, muy especialmente, aquel que dice que el acto de observar colapsa la probabilidad y nos deja con una única realidad.

Lanza piensa que si esto es correcto y se aplica a todo el universo y no sólo al mundo subatómico significaría que la conciencia juega un papel fundamental en el desarrollo del universo: el mundo es producto de la mirada que escruta, todo empieza y termina en nosotros, cuando cerramos los ojos el espacio y el tiempo se disuelven y entramos en un terreno muy similar a los sueños. No se requiere ser muy estudiado en física para pensar que Lanza ha mamado mucho, pero ¿y si sí? Si como el piensa somos pura conciencia, nuestro deber para con la realidad sería enorme porque lejos de ser sus actores, seríamos sus demiurgos.


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Alma Pájaro

Así se revela el secreto sueño del hombre: convertirse en pájaro

Érick Sablé

Las aves me han llamado últimamente. No sé para qué. Lo cierto es que tengo en mis manos un libro titulado La Sabiduría de los Pájaros que es, para no sonar tan exagerado, una chingonería.

Esto empezó a inicios de año, compré un bebedero para colibríes que colgué frente a la ventana por la cual mis días siguen pasando uno tras otros sin mucho interés para quien no vea lo maravilloso que es mirar a estos parajitos volar hechos la madre y hacer lo que les ha sido otorgado sólo a ellos en el mundo de los pájaros: flotar.

Los colibríes son muchos, más de trescientas especies, sólo viven en América, así que fuimos bendecidos. Por otro lado, hay que cuidarlos y sobre todo, hay que verlos.

El Colibrí ha sido asociado a una variedad de ideas enigmáticas y secretas. Simboliza la resurrección, es un pájaro que no duerme, entra en letargo. Su metabolismo acelerado requiere de alimentarse cada día con el equivalente a su peso en néctar, por lo que corre el riesgo de morir dormido, por lo cual su organismo se “apaga”. Su temperatura corporal cae hasta los límites de la supervivencia y su pulso cardíaco, normalmente superior a los 250 latidos por minuto (duplicado mientras vuela), cae a 30. El colibrí, por las noches, prácticamente muere y revive con el sol, todos los días.

Es símbolo de la inocencia, la infancia, la felicidad y el amor; y todo ello se relaciona con la fragilidad y ya no hace falta mayor explicación de por qué habrá que cuidarlos. Muchas otras cosas se pueden decir de estos animalitos pero vayamos a otras.

Existe en el mundo un acercamiento espiritual a la figura alada. El Lenguaje de Los Pájaros, ha sido por mucho tiempo un lenguaje místico, para iluminados, porque los pájaros son heraldos de los estados más elevados. ¿Por qué la lengua de los pájaros? Porque es el idioma del cielo, el sonido más cercano a los orígenes, con los pájaros, el cielo se hace presente entre los seres terrestres.

Dioses, héroes, budas y santos han sido ubicados como entendidos del lenguaje de los pájaros. Un lenguaje cifrado, lenguaje rítmico, muy emparentado con la poesía y la música.

Olivier Messiaen fue un compositor francés contemporáneo. Fue encarcelado durante la Segunda Guerra Mundial, donde compuso su Cuarteto para el Fin de los Tiempos, que los invito a escuchar. Pero Messiaen viene a cuento por otra de sus obras: El Catálogo de los Pájaros, obra que surgió del delicado estudio del canto de varios pájaros, trasladados a partitura con complejas estructuras rítmicas que bien alejadas están de lo que llamaríamos en occidente ritmo. La naturaleza una vez más nos dice: cállate, yo hice mejor música millones de años antes que tus ruidos.

Y bueno, el ave es signo del espíritu. No por nada una entidad de la trinidad del cristianismo es una paloma. No es gratuito que un evangelio apócrifo muestre al niño Jesús formando aves de arcilla y dándoles vida con un soplo: aire, el elemento de los pájaros.

Aprovecho que se me ha ocurrido pensar en un posible revés que se diera en los comentarios para decir que: para fines prácticos de este escrito me valen madre los pájaros que no vuelan, no vale la pena molestar a Darwin, por esta vez, con ese tema.

En fin.

Si hay algo claro sobre la idea del pájaro es su ligereza. Por eso vuela. El ave está más cerca del cielo y de las estrellas. Allá todo parece imperecedero porque, aceptémoslo, a la tierra es donde se van los muertos. Volar es promesa de lo eterno, de escapar a esa otra fuerza de la naturaleza que nos ata al suelo: la gravedad.

Desde Einstein eso ya no es sólo una cuestión de magia: viajando en el espacio, entre más rápido se vaya, uno envejece menos. Para mayor información véase La Paradoja de los Gemelos. Despegarse del suelo es el antídoto contra el tiempo.

Pero podrán pensar ¿a mí que chingados con los pájaros? No es el pájaro, es su misterio.

El ave vuela sin anclajes, podría parecernos que sin peso. Qué crueldad es tenerlos presos.

Sobre esto debo hablarles de mi abuela. Su patio está rodeado de jaulas con canarios. Parecerá una pena y de hecho me da tristeza pensarlo, pero los ama, comen mejor que yo, así de fácil. Les da pan, previamente hecho migajas; lechuga, zanahoria, jitomate, sandía, melón y papaya. Por si acaso les faltara proteína les da claras de huevo cocidas, el aparente canibalismo es perturbador, pero a los canaritos parece que les vale un pito.  Como sea, mi abuela lo hace porque le gusta sentarse a escucharlos cantar. Si cantan, no creo que se la pasen tan mal.

Hace mucho conocí a un pajarito pequeño y regordete que se posaba en la mañana en un pilar que sobresale de la casa de enfrente mirando hacia el oeste, canta una escala descendente, así, los ocho tonos sin falta ni desafinarse. Lo perdí de vista por un tiempo, pero desde que los colibríes me visitan a diario, mi casa se ha vuelto un oasis de pájaros.

Volvió el pequeño regordete de la escala descendente, los colibríes se pasean desde las seis de la mañana, a veces antes, hasta las siete de la tarde. Lo más surreal es una bandada de cotorros que sepa la chingada de dónde salieron pero le ponen color al evento que todas las tardes veo por la ventana donde cuelga el bebedero. Desde que tengo memoria unas aves grises y pequeñas que mi mamá llama torcacitas anidan en la casa, además, un pájaro que vuela sumamente bonito viene todas las tardes a posarse en la antena de televisión, tiene el pico anaranjado.

Mi mamá me contó que cuando era niño un colibrí anidó. Para su desgracia el nido quedó en una rama muy baja y cada vez que alguien salía al patio se asustaba. Mi mamá temía por los huevitos, que eran realmente diminutos y yo en algún punto decidí cuidar el nido y a la mamá colibrí. Me cuenta que me sentaba por las tardes en el patio y advertía a ella o mis hermanas de salir en silencio y muy muy agachadas para no asustar a la mamá y evitar interrumpir su momento de empollarlos. Los colibríes nacieron y no pasó mucho hasta que solitos se fueron, el nido lo guardó mi mamá y está en una vitrina, aún tiene los huevitos.

Las cosas se pusieron realmente mágicas cuando comencé a soñar a los colibríes.  En el primero de ellos vi a una chica que quiero muchísimo alimentarlos con néctar en sus manos, ella a huevo leerá esto así que espero que sonría. Luego yo fui el del sueño cuando un colibrí vino hacia mí y me tomó con sus patitas el dedo y me dirigió el camino. En el último los colibríes volaban alrededor mío, me hablaron y me dijeron algo como “sé paciente, la clave es el tiempo”.

Pero bueno, si me preguntan ¿jaula o no? Yo prefiero los pájaros en el cielo. Son un recordatorio bellísimo de que estamos hechos para la altura, en la tierra sólo se pudrirá el cuerpo. No lo necesitamos para volar, El Principito lo deja para volver a su hogar.

El camino entonces será la conciencia. La mayor libertad es la del espíritu, como el alma que se eleva del cuerpo durante el ejercicio del Phowa, una práctica yoga que se conoce como “Transferencia de la conciencia al momento de la muerte” o  en otras traducciones como “La Muerte Consciente”. El sujeto se escinde de su materia para entrar en un estado puro de energía donde, algunos dicen, el alma vuela a través del éter.

Personajes como Rudolf Steiner, enigmáticos, si buscan su biografía encontrarán palabras como filósofo, artista y esoterista, entre otros, ¡Un caso, vaya! Es digno de mención porque bien ha tratado el tema de la libertad. Él dijo de la mariposa, que ésta era una flor que vuela, una especie de último estadio de la flor que se aligera y emprende el vuelo.

¿La humanidad también lo hará algún día?

Sí, algún día venceremos la gravedad y la materia será éter, por el camino de la conciencia, siempre. Una conciencia fundada en la comunión de lo diferente. Si para mí es un colibrí, para ti es un petirrojo, hay pájaros para todos.

Para qué hablarles de lo que he leído que es libertad, sólo voy a conseguir aburrirlos. Es más poético y hermoso dedicarnos a los símbolos, cada quien les otorga su sentido, y no obstante, tienen un origen compartido.

Ser libre es ser capaz de pensar los propios pensamientos.

                                                                                                        Rudolf Steiner

Tenemos el cuerpo y la vida para nutrirnos el cerebro y el corazón (la inteligencia necesita los dos), de allí en más es una jaula del alma pájaro, sí, preciosa y con todos los servicios y cuidados, pero estamos aquí para tomar vuelo, sólo el espíritu nos llevará lejos.


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Sátántangó: La Pura Inmersión

Y bueno, hace unos días tuve una plática muy amena con un grupo de gente insólita sobre redes sociales, los detalles me los ahorro. El punto es que tuve ocasión  de mencionar mi blog y de inmediato pensé que últimamente lo he tenido abandonado. Al llegar a casa encendí la computadora y me di cuenta de que sí,  que mi última entrada distaba ya casi tres semanas y pues inmediatamente me dediqué a pensar sobre qué sería la siguiente publicación.

Sátántangó es una película del húngaro Béla Tarr que se basa en la novela homónima de Lászlo Krasznahorakai de la cual no tengo noticia alguna pero espero algún día leer. La película es una belleza, filmada en blanco y negro durante varios años, fue finalmente estrenada en 1994.

Narra la ruina de una granja en el ocaso de la Hungría comunista, desesperanza y desolación, son dos palabras que describen bien la cinta. He leído que la película fue estrenada casi una década después de su concepción debido principalmente al fuerte y hostil clima político en torno a la caída de la Unión Soviética, del cual la película muestra una cara muy cruel y desgarradora.

Quizás la mayor de las características de Sátántangó, o más bien la que más destaca, sea su duración: siete horas y media.

Ahora relato un poco el suceso, todo un acontecimiento, pero antes un poco de contexto:

Un buen amigo se ha obsesionado un tanto con la idea de que tarde o temprano ocurrirá una debacle digital que terminará tirando a la mierda todo contenido digno de posteridad que circula inadvertido por la red. No puedo negar que también temo un poco a esto. De tal forma, se ha dedicado a descargar una tras otra cientos de películas, y cuando digo cientos, lo digo en serio, su colección ha rebasado, según el último cálculo, la novecientas cintas, si es que no estoy ya muy atrasado y ha superado el millar. Entre todas ellas se encuentra Sátántangó y otras obras de Tarr que quizás veremos posteriormente.

La película en cuestión ha sido de nuestro conocimiento desde hace bastante más tiempo y siempre quisimos verla pero nunca se hacía realidad. Yo sólo conocía escenas aisladas como esta, que es una chingonería hermosa.

En fin, un día otro amigo propuso verla y pues siendo que ninguno de nosotros tiene grandes ocupaciones que no sea seguir bajando películas o ver caricaturas dijimos que sí. Siete horas y media las tengo todos los días.

Fijamos la fecha y nos reunimos. Un proyector nos daba una imagen muy nítida y sobre todo muy grande de la pantalla de la computadora en la cual el valiosísimo disco duro con las centenas de películas esperaba a reproducir Sátántangó. Tras mover unos muebles para estar lo más cómodos posibles mientras durara la película, la magia comenzó.

Dividida en tres partes con su respectivo intermedio, la película apenas se dejó sentir. Destaca sobre todo la manera de crear tensión casi sin montaje, la mayor parte de los planos son planos secuencia y su duración dista mucho del actual promedio de duración de cortes (dos segundos, algún día lo leí). En sus más de cuatrocientos minutos, Sátántangó apenas cuenta con ciento treinta cortes que parecen pocos pero no, son los justos, tan puntuales y precisos que uno deja de advertirlos.

La mayoría de las personas que supo de la hazaña tenía en mente que veríamos una película lenta y aburrida. Nada más distinto: la película no es lenta, sólo es larga, además de que tiene la virtud o el embrujo de introducirte a su ritmo, lo cual permite que la historia, que se desarrolla en un día, se presente de manera natural al que la observa, por esto quiero decir que siendo tan larga, uno realmente se queda con la sensación de un tiempo real, observando vívidamente la historia que pasa.

Una chingonería, una inmersión total al tiempo diegético, por allí dicen que el cine es sólo presente y que siempre acontece, Sátántangó es un buen ejemplo, con sus duración, la experiencia temporal es muy verdadera, la historia tiene el tiempo necesario para suceder durante el metraje mismo y eso aumenta consistentemente su realismo.

El cine como experiencia ya va cambiando sus modos, como tantas otras cosas, sin embargo, es  sin duda, creo yo, una de las más extraordinarias vivencias estéticas: el cine se hizo para el asombro y lo sublime, por eso la pantalla grande y el sonido envolvente, no para verse en un puto celular que termina ridiculizando lo que debiera ser gigante.

No vi Sátántangó en una pantalla de cine, quizás la pared sobre la que se proyectó nos daba una imagen levemente más grande que un televisor muy, muy grande, pero su duración rescata este desliz en su disfrute, es ya de por sí una obra grande.


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Veintinueve años sin Julito

 

Todo es menos cuando falta

Julio Cortázar

Este 12 de febrero se cumplen veintinueve años del tránsito de Julito al estado cubo. Esa estancia sin tiempo que bien describió en Anillo de Moebius.

Julio vivió escribiendo, no dejó nunca de hacerlo, incluso lo hizo en sus últimos días. La frase que abre esta memoria es de su último escrito, un poema llamado Negro el 10. Melancólico y oscuro, que si bien no cae en pesimismos, sí es evidencia de una penumbra constante en la que Cortázar vivió desde que vio morir a su mujer, Carol Dunlop, junto con quien fue enterrado el 14 de febrero de 1984.

Yo lo entiendo bien, no ha muerto nadie pero sé qué es estar como vedado.

Cortázar dejó una obra genial tras de sí, llena de magia y luz y sombras: matiz. Es verosímil, hasta real. Mucho más que otras cosas con las que tenemos contacto.

No hace mucho un buen amigo me comentó que en una página web de ventas vendían la primera edición de Octaedro. Inmediatamente me puse en contacto. Un par de días más tarde, y quizás es mucho. Otro buen amigo me preguntó si ya contaba con el mismo libro en mis estantes. Le dije que no, pero que había encontrado dónde comprarlo. Me contestó escuetamente: “no lo compres, yo te lo regalo”. Supe en ese instante que el libro me seguía, o más bien era Julito.

Para esto, yo aún no había cerrado trato con el vendedor del libro y no sabía si comentarle que me retiraba de la compra o simplemente ya no contestarle. Al día siguiente me llegó un correo de él diciendo que esperaba mi compra. Como aún tenía dinero en ese entonces me decidí a comprarlo, pero no para mí. En ese momento y ahora y siempre, un regalo será más grande que una compra egoísta, sea cual sea, tengo muchas de esas y ninguna la atesoro como los regalos que me han dado.

Así que pasaron dos días, llegó el paquete con el libro y mi intención era guardarlo para el cumpleaños de un amigo, pero por una cosa u otra vino de visita a mi casa y se lo di, no le dije nada y él pensó que sólo estaba presumiendo, a lo que contestó: ¡Ah, cabroncito! Yo me reí y le dije que era para él y no dijo nada, era una primera edición de Cortázar, para mí o para él, no puede haber mucho que supere ese valor, no tanto por el libro sino por la historia.

Una semana después, quizás, recibí mi propio ejemplar de Octaedro. Y supe que sí, que era Julito, el libro había sido dedicado (no sé si comprado) el mismo día en que inhumaron a Cortázar en París, el 14 de febrero de 1984.

Transcribo aquí el texto porque no me atrevo a parafrasearlo:

El primer libro de Cortázar que compro después de su muerte, ocurrida en París el 12 de febrero de 1984. Este desolador sentimiento de pérdida, de orfandad, se ve restañado por la convicción de que la obra de Cortázar, su presencia entrañable, no desaparecerá mientras podamos extender la mano para tomar un libro suyo, mientras podamos leerlo con la emoción de la primera vez, mientras podamos llevarlo con nosotros ( y eso será siempre) en la memoria y en el corazón.

14 de febrero de 1984

Monterrey, N.L.     

La Tumba de Cortázar

La tumba de Cortázar, cementerio de Montparnasse, París

 

Una chingonería, el libro y la nota y Cortázar y su obra. Creo que es una buena señal para su permanencia que un pendejo de veintidós años lo lea y escriba sobre él y lo comparta, sobre todo es buena señal porque sé que no soy el único y lejos de ser sólo unos cuantos, se va extendiendo.

Cortázar fue un profeta y un mago y un chamán: que se lea.  Así las cosas irán menos mal.