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Hay mucho de qué hablar


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Invisible a los Ojos

Ayer hablaba con un profesor mío a quien le he aprendido mucho y espero seguir haciéndolo sobre una variedad de temas que fueron desde un sueño que tuve hasta el libro que me regaló (La Mente Nueva del Emperador, sobre cibernética y física). Y de un tema al otro terminé por mencionar un par de capítulos de la serie de divulgación científica “Through The Wormhole”, titulada con ostentosa carencia de imaginación en español como “Grandes Misterios del Universo con Morgan Freeman”, que giraban en torno a fenómenos normalmente tratados de paranormales o, en el mejor de los casos, ciencia ficción. A saber: otras dimensiones, el multiverso, alienígenas y mi capítulo favorito hasta ahora: conciencia, pero no sólo la que me hace saber que yo soy yo sino una más profunda, verdaderamente arraigada en la vida, se habló incluso de una conciencia vegetal.

Me ha llamado mucho la atención desde hace ya algunos años el hecho de que ciencia y religión se van coqueteando cada vez con más soltura porque ¿qué carajos hacen científicos renombrados investigando fenómenos paranormales? Desde que la nueva física nació, y hará más de un siglo de eso, las cosas en esto que llamamos realidad se han puesto no menos que exóticas.

Tan sólo tratar el tema de la física cuántica suena ya más a superstición que poner de cabeza al santo para conseguir pareja y sí, porque, y me pongo de ejemplo, eso de que si uno no mira algo es cuestionable el hecho mismo de su existencia, como el experimento imaginario del gato de Shrödinger, donde uno coloca al minino en una caja con un isótopo radiactivo que puede a) decaer; o bien, b) no decaer; y que dependiendo de eso activará o no un mecanismo que matará al gato y que mientras uno no abra la caja el gato está virtualmente vivo y muerto al mismo tiempo me ha tocado las fibras más sensibles de mi paranoia. Y hace una semana fui yo a una graduación para la cual repetidamente me insistieron en no perder mi invitación porque si no no entraba y yo, precavidamente, la guardé en un lugar muy seguro y la revisaba constantemente, porque no vaya a ser que los átomos y sus estados cuánticos y de una mirada a otra la invitación ya no estuviera y yo me quedaba sin fiesta.

Y ha sido la física, de la cual soy devoto, quien me hace creer en esto porque sí, porque a la ciencia  le gustan los hechos, máxime con cada nuevo experimento que demuestra más fehacientemente la validez de la teoría y con todo mi paranoia no tiene para cuando mejore.

Y a lo que voy es que lo imposible (¿?) va dejando de lado el prefijo y tras una larga historia de muestras inequívocas de que lo comprobable es la norma nos acercamos a un cisma que bien alejados nos va a dejar de lo que otrora considerábamos cierto o, peor (o mejor), real.

Detalles inquietantes:

Una de las soluciones de las ecuaciones de Maxwell sobre la luz se consigue al introducir una quinta dimensión de la cual procedería la onda electromagnética que nosotros vemos como luz.

Más del 99% del Universo es invisible, en forma de materia y energía oscura, lo que vemos y tocamos y sentimos, es menos del 1%.

En las fronteras de la física teórica hay individuos que trabajan la idea de las “no-partículas”, elementos invisibles que sustentarían, en teoría, la realidad.

Ahora vamos al otro lado:

En la tradición hindú un día y una noche de Brahma equivale, curiosamente, a la edad estimada del universo.

En varios mitos fundacionales el cosmos fue creado de la nada, como afirman las teorías más avanzadas.

En algunas religiones, el mundo está organizado por niveles, un número que se repite es el nueve, que en teoría de cuerdas es el número de las dimensiones espaciales.

Me consideraría profundamente afortunado de asistir ya no a una colisión sino a un consenso entre lo mágico y lo científico, porque no nos hagamos pendejos, ambos buscan lo mismo: la verdad.

Ya ha habido en la historia muestras de ello. Georges Lemaître fue un sacerdote católico y astrofísico que apoyó con fuerza la teoría del Big Bang puesto que él había desarrollado una hipótesis llamada el “Huevo Primitivo”, a la cual el mismo Einstein le hizo el fuchi por carecer de suficiente rigor científico, y vaya que Einstein era una persona cabal, en el plano intelectual y espiritual.

Hoy hablamos de agujeros negros, partículas virtuales y dimensiones extra como si cualquier cosa, la ciencia ha avanzado tanto y lo imposible se ha ido debilitando al mismo paso que un escepticismo cerrado y tajante, creo yo, es una regresión vergonzante. Una civilización madura ha de poder dialogar con su historia y su cultura y por tanto sus creencias más profundas.

Hoy, a diez milenios de la construcción de Göbekli Tepe, el presunto más antiguo santuario del que se tenga noticia, donde se erigió la que se piensa es la representación más antigua de un dios adorado de una manera organizada (religión). Deberíamos de tener la entereza suficiente de dialogar racionalmente con esa parte aún latente de nuestro espíritu mágico y místico, porque qué es eso sino la semilla de una curiosidad que nos llevó a preguntarnos por el Origen.

 

–        Hoy casi nadie rinde culto a Thor o a Zeus y nadie tuvo que demostrar que no existieron.

–        ¿Y tú puedes hacerlo?

–        Eso es lo que ustedes temen.

 

Este es un diálogo que sostiene un funcionario de la ONU con Karellen, el líder de los Superseñores, una raza extraterrestre que llega a la Tierra en la monumental novela de Arthur C. Clarke, El Fin de la Infancia.

Hay cosas que la ciencia no puede explicar y quizás nunca lo haga, pero tenemos mucho que pensar sobre el hecho de que material pseudocientífico esté hoy siendo estudiado seriamente, porque el hecho de que no lo veamos no significa que no existe. Si fuera al contrario no estaríamos aquí, porque la materia y la energía invisibles han forjado la estructura misma del espacio en que habitamos.

Lo esencial es invisible a los ojos (sí, de El Principito).

Todo como preámbulo para hablar de un amigo que se fue. Tuve la fortuna de conocerlo en la preparatoria. Coincidimos en una clase de inglés en la universidad y, cuando las clases y su monotonía me eran insoportables, me salía a caminar, de vez en cuando me lo topaba en los pasillos o jardines y platicábamos. Un tipo genial. Era una de las luces que hallaba yo de tanto en tanto en ese páramo que a veces se me hacía la universidad.

Michio Kaku ha dicho: en un universo infinito hasta lo más improbable pasará. Lo imposible no es locura, es cuestión de esperar.    


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Mirada Demiurgo

Eres responsable para siempre de aquello que has domesticado

El Zorro, en El Principito

Advertencia

No tengo ni la menor idea de qué estoy haciendo, esto bien podría no tener ningún sentido.

Últimamente he creído que los humanos somos unos seres sumamente pendejos, le otorgamos mucho a varias cosas que, personalmente, no les veo sentido. Trabajamos cuarenta años para tener derecho a una pensión que nos sustente mientras nos hacemos más viejos, porque sólo podemos usarla una vez que somos viejos. No creo que sea sólo yo, a alguien más debe parecerle esto una estupidez. Sin embargo lo hacemos, algunos son afortunados de trabajar en algo que les gusta y pues bueno, eso aligera un poco las cosas.

No obstante olvidamos algo vital: la vida. Uno no se da el tiempo de esto o aquello, que sí quiere hacer, pero esto otro y aquello, y cuando hay tiempo no hay ganas y uno está muy cansado y todo se va lenta e inexorablemente a la chingada.

No abro por fetiche con la cita del Zorro aunque algo hay de eso. En este capítulo el Principito le pregunta al Zorro: “¿Qué es domesticar?” a lo que el animalito responde “Es algo ya olvidado, significa crear vínculos”.  Si uno crea un vínculo lo más lógico es mantenerlo sino vale madre. Así uno se hace al hábito de cuidar un jardín o mínimo una florecita, o de ensayar las piezas que ha sacado porque sí, porque si no se olvidan y yo sé lo frustrante y triste que es no poder continuar con una pieza cuando en la cabeza se tiene la melodía pero los dedos simplemente están perdidos y no recuerdan las siguientes posiciones, es una catástrofe.

Catástrofe es que todo se vaya al pito porque uno no le da su lugar a un vínculo. Piensen en una cuerda que le sale a uno del cuerpo y lo liga con un instrumento o una persona o una mascota o con una actividad (el trabajo no tiene por qué ser discriminado y aprovecho para decirlo). El mal de hoy es pensar que hay algo por encima del resto: ninguna cuerda es prescindible ¡Vean una guitarra, chingao! Funciona con más, pero nunca con una cuerda de menos.

Ahora vamos a otra cosa: decidir sobre los vínculos. Tomar una postura está cabrón, máxime si pensamos que uno debe hacerlo sabiendo que afectará invariablemente a cual quiera sea la contraparte y quizás a los terceros y aún más si pensamos que el cerebro ya está bastante ocupado manteniéndonos con vida y encima lo ponemos a trabajar con pendejadas. No sorprende que la caguemos como si por ello nos pagaran.

Pero vaya, cagarla es una parte fundamental de la existencia.

No importando la naturalidad intrínseca en hacer pendejadas uno invariablemente lo resiente. Y es que sí, uno por ejemplo va tocando algún preludio o yo que sé y fatalmente toca la nota equivocada, el resultado no es otro que el siguiente: todo suena a cagada.  Pero como siempre, uno sigue y en fin, puede ser que a la audiencia le guste y piense que así va, o que es la versión de uno y habrá alguno que le guste, siempre hay quien.

Pero los necios me entenderán, hay un consuelo oculto en la naturaleza. Personalmente recurro a él asiduamente para no sentirme tan mal: los universos paralelos.

Sí, no es broma, yo creo realmente en eso. Para explicarles el por qué tengo que decir una que otra mamada antes.

La teoría de la mecánica cuántica explica el comportamiento de las partículas elementales, y en esas escalas pasan cosas muy raras. Una de tantas excentricidades es que las partículas que fundamentan la realidad son, en parte, una bruma de probabilidades. Los electrones, por ejemplo, mientras no haya una medición de su ubicación exacta pueden estar localizados en todas partes al mismo tiempo.

Otra cosa que ya se sabe y que de hecho cualquiera podría estar familiarizado es que los electrones se ubican en órbitas alrededor del núcleo de un átomo. Lo que no muchos saben es que estas órbitas son inviolables, es decir, que cuando un electrón cambia de un nivel orbital a otro, no necesita viajar por el espacio que los separa, sólo desaparece de un lugar y aparece en otro.

La medición, para no desviarnos, colapsa la probabilidad en una sola posibilidad: la realidad. El acto de observar funda el cosmos, las cosas son lo que son porque las vemos o tocamos u oímos. En teoría, si no vemos algo, ese algo puede ser todo a la vez.

Esto lleva a pensamientos muy coquetos sobre qué chingados es la realidad. Ahora se va aceptando cada vez más que la realidad que vemos es sólo una versión de tantas que podrían pasar. Se cree que cuando uno realiza una acción el mundo y todo el universo se escinde y ambas cosas suceden pero cada una en su dimensión. La llaman la teoría de los universos múltiples.

Si no vemos los otros mundos paralelos es sólo porque siempre estamos midiendo y por consiguiente las probabilidades colapsan sólo en la que vemos. Pero las otras están ahí, en alguna parte.

Hay ya indicios consistentes de los mundos paralelos. Andrew Cleland es un científico de la Universidad de Berkeley que bien podría ser el primer humano en avistar una realidad distinta a la nuestra. Se le ocurrió que si la materia que vemos, incluidos nosotros, por supuesto, estamos hechos de las mismas partículas que describe la mecánica cuántica, deberíamos poder ver los efectos tan extraños de ésta incluso en el nivel macroscópico.

Para probarlo realizó un experimento, introdujo un transistor en una máquina que lo aislaba de toda medición, ni luz, ni sonido podía entrar en ella, además enfrió la máquina casi al cero absoluto (-273 C°) y luego se dedicó a esperar los resultados. Su experimento consistía en disparar un solo cuanto de energía al transistor, éste, a su vez, sólo podía tener dos estados posibles: 1. Recibir el cuanto de energía; 2. Dejarlo pasar. Lo que sucedió ni el mismo Cleland se lo esperaba, el transistor recibía la energía y la dejaba pasar, al mismo tiempo.

El experimento de Cleland demuestra que los objetos macroscópicos están sujetos a las mismas leyes de la mecánica cuántica, por lo que  versiones distintas de mi vida o la tuya o la de quien sea están allá en algún lugar del universo. En alguna de ellas, quizás yo sea feliz o tome decisiones más acertadas o quizás no dé la nota equivocada.

Pero no se piense en esto como un remedio contra tener que lidiar con las consecuencias de lo que hacemos o no, mi idea al mencionarlo es otra y, como siempre, he dejado lo más perturbador para el final: el biocentrismo.

Esta es una idea radicalísima de un sujeto llamado Robert Lanza. El biocentrismo consiste en llevar al límite algunos conceptos de la mecánica cuántica, muy especialmente, aquel que dice que el acto de observar colapsa la probabilidad y nos deja con una única realidad.

Lanza piensa que si esto es correcto y se aplica a todo el universo y no sólo al mundo subatómico significaría que la conciencia juega un papel fundamental en el desarrollo del universo: el mundo es producto de la mirada que escruta, todo empieza y termina en nosotros, cuando cerramos los ojos el espacio y el tiempo se disuelven y entramos en un terreno muy similar a los sueños. No se requiere ser muy estudiado en física para pensar que Lanza ha mamado mucho, pero ¿y si sí? Si como el piensa somos pura conciencia, nuestro deber para con la realidad sería enorme porque lejos de ser sus actores, seríamos sus demiurgos.


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Alma Pájaro

Así se revela el secreto sueño del hombre: convertirse en pájaro

Érick Sablé

Las aves me han llamado últimamente. No sé para qué. Lo cierto es que tengo en mis manos un libro titulado La Sabiduría de los Pájaros que es, para no sonar tan exagerado, una chingonería.

Esto empezó a inicios de año, compré un bebedero para colibríes que colgué frente a la ventana por la cual mis días siguen pasando uno tras otros sin mucho interés para quien no vea lo maravilloso que es mirar a estos parajitos volar hechos la madre y hacer lo que les ha sido otorgado sólo a ellos en el mundo de los pájaros: flotar.

Los colibríes son muchos, más de trescientas especies, sólo viven en América, así que fuimos bendecidos. Por otro lado, hay que cuidarlos y sobre todo, hay que verlos.

El Colibrí ha sido asociado a una variedad de ideas enigmáticas y secretas. Simboliza la resurrección, es un pájaro que no duerme, entra en letargo. Su metabolismo acelerado requiere de alimentarse cada día con el equivalente a su peso en néctar, por lo que corre el riesgo de morir dormido, por lo cual su organismo se “apaga”. Su temperatura corporal cae hasta los límites de la supervivencia y su pulso cardíaco, normalmente superior a los 250 latidos por minuto (duplicado mientras vuela), cae a 30. El colibrí, por las noches, prácticamente muere y revive con el sol, todos los días.

Es símbolo de la inocencia, la infancia, la felicidad y el amor; y todo ello se relaciona con la fragilidad y ya no hace falta mayor explicación de por qué habrá que cuidarlos. Muchas otras cosas se pueden decir de estos animalitos pero vayamos a otras.

Existe en el mundo un acercamiento espiritual a la figura alada. El Lenguaje de Los Pájaros, ha sido por mucho tiempo un lenguaje místico, para iluminados, porque los pájaros son heraldos de los estados más elevados. ¿Por qué la lengua de los pájaros? Porque es el idioma del cielo, el sonido más cercano a los orígenes, con los pájaros, el cielo se hace presente entre los seres terrestres.

Dioses, héroes, budas y santos han sido ubicados como entendidos del lenguaje de los pájaros. Un lenguaje cifrado, lenguaje rítmico, muy emparentado con la poesía y la música.

Olivier Messiaen fue un compositor francés contemporáneo. Fue encarcelado durante la Segunda Guerra Mundial, donde compuso su Cuarteto para el Fin de los Tiempos, que los invito a escuchar. Pero Messiaen viene a cuento por otra de sus obras: El Catálogo de los Pájaros, obra que surgió del delicado estudio del canto de varios pájaros, trasladados a partitura con complejas estructuras rítmicas que bien alejadas están de lo que llamaríamos en occidente ritmo. La naturaleza una vez más nos dice: cállate, yo hice mejor música millones de años antes que tus ruidos.

Y bueno, el ave es signo del espíritu. No por nada una entidad de la trinidad del cristianismo es una paloma. No es gratuito que un evangelio apócrifo muestre al niño Jesús formando aves de arcilla y dándoles vida con un soplo: aire, el elemento de los pájaros.

Aprovecho que se me ha ocurrido pensar en un posible revés que se diera en los comentarios para decir que: para fines prácticos de este escrito me valen madre los pájaros que no vuelan, no vale la pena molestar a Darwin, por esta vez, con ese tema.

En fin.

Si hay algo claro sobre la idea del pájaro es su ligereza. Por eso vuela. El ave está más cerca del cielo y de las estrellas. Allá todo parece imperecedero porque, aceptémoslo, a la tierra es donde se van los muertos. Volar es promesa de lo eterno, de escapar a esa otra fuerza de la naturaleza que nos ata al suelo: la gravedad.

Desde Einstein eso ya no es sólo una cuestión de magia: viajando en el espacio, entre más rápido se vaya, uno envejece menos. Para mayor información véase La Paradoja de los Gemelos. Despegarse del suelo es el antídoto contra el tiempo.

Pero podrán pensar ¿a mí que chingados con los pájaros? No es el pájaro, es su misterio.

El ave vuela sin anclajes, podría parecernos que sin peso. Qué crueldad es tenerlos presos.

Sobre esto debo hablarles de mi abuela. Su patio está rodeado de jaulas con canarios. Parecerá una pena y de hecho me da tristeza pensarlo, pero los ama, comen mejor que yo, así de fácil. Les da pan, previamente hecho migajas; lechuga, zanahoria, jitomate, sandía, melón y papaya. Por si acaso les faltara proteína les da claras de huevo cocidas, el aparente canibalismo es perturbador, pero a los canaritos parece que les vale un pito.  Como sea, mi abuela lo hace porque le gusta sentarse a escucharlos cantar. Si cantan, no creo que se la pasen tan mal.

Hace mucho conocí a un pajarito pequeño y regordete que se posaba en la mañana en un pilar que sobresale de la casa de enfrente mirando hacia el oeste, canta una escala descendente, así, los ocho tonos sin falta ni desafinarse. Lo perdí de vista por un tiempo, pero desde que los colibríes me visitan a diario, mi casa se ha vuelto un oasis de pájaros.

Volvió el pequeño regordete de la escala descendente, los colibríes se pasean desde las seis de la mañana, a veces antes, hasta las siete de la tarde. Lo más surreal es una bandada de cotorros que sepa la chingada de dónde salieron pero le ponen color al evento que todas las tardes veo por la ventana donde cuelga el bebedero. Desde que tengo memoria unas aves grises y pequeñas que mi mamá llama torcacitas anidan en la casa, además, un pájaro que vuela sumamente bonito viene todas las tardes a posarse en la antena de televisión, tiene el pico anaranjado.

Mi mamá me contó que cuando era niño un colibrí anidó. Para su desgracia el nido quedó en una rama muy baja y cada vez que alguien salía al patio se asustaba. Mi mamá temía por los huevitos, que eran realmente diminutos y yo en algún punto decidí cuidar el nido y a la mamá colibrí. Me cuenta que me sentaba por las tardes en el patio y advertía a ella o mis hermanas de salir en silencio y muy muy agachadas para no asustar a la mamá y evitar interrumpir su momento de empollarlos. Los colibríes nacieron y no pasó mucho hasta que solitos se fueron, el nido lo guardó mi mamá y está en una vitrina, aún tiene los huevitos.

Las cosas se pusieron realmente mágicas cuando comencé a soñar a los colibríes.  En el primero de ellos vi a una chica que quiero muchísimo alimentarlos con néctar en sus manos, ella a huevo leerá esto así que espero que sonría. Luego yo fui el del sueño cuando un colibrí vino hacia mí y me tomó con sus patitas el dedo y me dirigió el camino. En el último los colibríes volaban alrededor mío, me hablaron y me dijeron algo como “sé paciente, la clave es el tiempo”.

Pero bueno, si me preguntan ¿jaula o no? Yo prefiero los pájaros en el cielo. Son un recordatorio bellísimo de que estamos hechos para la altura, en la tierra sólo se pudrirá el cuerpo. No lo necesitamos para volar, El Principito lo deja para volver a su hogar.

El camino entonces será la conciencia. La mayor libertad es la del espíritu, como el alma que se eleva del cuerpo durante el ejercicio del Phowa, una práctica yoga que se conoce como “Transferencia de la conciencia al momento de la muerte” o  en otras traducciones como “La Muerte Consciente”. El sujeto se escinde de su materia para entrar en un estado puro de energía donde, algunos dicen, el alma vuela a través del éter.

Personajes como Rudolf Steiner, enigmáticos, si buscan su biografía encontrarán palabras como filósofo, artista y esoterista, entre otros, ¡Un caso, vaya! Es digno de mención porque bien ha tratado el tema de la libertad. Él dijo de la mariposa, que ésta era una flor que vuela, una especie de último estadio de la flor que se aligera y emprende el vuelo.

¿La humanidad también lo hará algún día?

Sí, algún día venceremos la gravedad y la materia será éter, por el camino de la conciencia, siempre. Una conciencia fundada en la comunión de lo diferente. Si para mí es un colibrí, para ti es un petirrojo, hay pájaros para todos.

Para qué hablarles de lo que he leído que es libertad, sólo voy a conseguir aburrirlos. Es más poético y hermoso dedicarnos a los símbolos, cada quien les otorga su sentido, y no obstante, tienen un origen compartido.

Ser libre es ser capaz de pensar los propios pensamientos.

                                                                                                        Rudolf Steiner

Tenemos el cuerpo y la vida para nutrirnos el cerebro y el corazón (la inteligencia necesita los dos), de allí en más es una jaula del alma pájaro, sí, preciosa y con todos los servicios y cuidados, pero estamos aquí para tomar vuelo, sólo el espíritu nos llevará lejos.


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Veintinueve años sin Julito

 

Todo es menos cuando falta

Julio Cortázar

Este 12 de febrero se cumplen veintinueve años del tránsito de Julito al estado cubo. Esa estancia sin tiempo que bien describió en Anillo de Moebius.

Julio vivió escribiendo, no dejó nunca de hacerlo, incluso lo hizo en sus últimos días. La frase que abre esta memoria es de su último escrito, un poema llamado Negro el 10. Melancólico y oscuro, que si bien no cae en pesimismos, sí es evidencia de una penumbra constante en la que Cortázar vivió desde que vio morir a su mujer, Carol Dunlop, junto con quien fue enterrado el 14 de febrero de 1984.

Yo lo entiendo bien, no ha muerto nadie pero sé qué es estar como vedado.

Cortázar dejó una obra genial tras de sí, llena de magia y luz y sombras: matiz. Es verosímil, hasta real. Mucho más que otras cosas con las que tenemos contacto.

No hace mucho un buen amigo me comentó que en una página web de ventas vendían la primera edición de Octaedro. Inmediatamente me puse en contacto. Un par de días más tarde, y quizás es mucho. Otro buen amigo me preguntó si ya contaba con el mismo libro en mis estantes. Le dije que no, pero que había encontrado dónde comprarlo. Me contestó escuetamente: “no lo compres, yo te lo regalo”. Supe en ese instante que el libro me seguía, o más bien era Julito.

Para esto, yo aún no había cerrado trato con el vendedor del libro y no sabía si comentarle que me retiraba de la compra o simplemente ya no contestarle. Al día siguiente me llegó un correo de él diciendo que esperaba mi compra. Como aún tenía dinero en ese entonces me decidí a comprarlo, pero no para mí. En ese momento y ahora y siempre, un regalo será más grande que una compra egoísta, sea cual sea, tengo muchas de esas y ninguna la atesoro como los regalos que me han dado.

Así que pasaron dos días, llegó el paquete con el libro y mi intención era guardarlo para el cumpleaños de un amigo, pero por una cosa u otra vino de visita a mi casa y se lo di, no le dije nada y él pensó que sólo estaba presumiendo, a lo que contestó: ¡Ah, cabroncito! Yo me reí y le dije que era para él y no dijo nada, era una primera edición de Cortázar, para mí o para él, no puede haber mucho que supere ese valor, no tanto por el libro sino por la historia.

Una semana después, quizás, recibí mi propio ejemplar de Octaedro. Y supe que sí, que era Julito, el libro había sido dedicado (no sé si comprado) el mismo día en que inhumaron a Cortázar en París, el 14 de febrero de 1984.

Transcribo aquí el texto porque no me atrevo a parafrasearlo:

El primer libro de Cortázar que compro después de su muerte, ocurrida en París el 12 de febrero de 1984. Este desolador sentimiento de pérdida, de orfandad, se ve restañado por la convicción de que la obra de Cortázar, su presencia entrañable, no desaparecerá mientras podamos extender la mano para tomar un libro suyo, mientras podamos leerlo con la emoción de la primera vez, mientras podamos llevarlo con nosotros ( y eso será siempre) en la memoria y en el corazón.

14 de febrero de 1984

Monterrey, N.L.     

La Tumba de Cortázar

La tumba de Cortázar, cementerio de Montparnasse, París

 

Una chingonería, el libro y la nota y Cortázar y su obra. Creo que es una buena señal para su permanencia que un pendejo de veintidós años lo lea y escriba sobre él y lo comparta, sobre todo es buena señal porque sé que no soy el único y lejos de ser sólo unos cuantos, se va extendiendo.

Cortázar fue un profeta y un mago y un chamán: que se lea.  Así las cosas irán menos mal.


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Cortázar y los Puentes

PUBLICADO ORIGINALMENTE EN REVISTA DISONANCIA

“Es bueno que se quede allá (…)  Cuando enmudezcan todas las voces, habrá todavía una, salvada por la distancia, que señale y condene,  que denuncie y ayude, que movilice y congregue”

Haroldo Conti, sobre Julio Cortázar

Ha construido puentes por un ansia simbólica del viaje y la transición. Es el movimiento, el paso de la potencia al acto, a lo real, a lo tangible, lo que da cuenta de que uno está aquí y no en otro lado, de que uno es uno y no alguien más. El puente es un tránsito hacia un yo que se diluye en una bruma incierta, a un yo igualmente vago pero sin duda mejor pensado y más completo: a un yo ideal.

Cortázar estaba al tanto de los avances en física en su tiempo, este tránsito entre estados inciertos cumple una elocuente paráfrasis de dos conceptos científicos: la entropía y la incertidumbre.

La entropía es un fenómeno ligado con la Segunda Ley de la Termodinámica que implica que los sistemas en el tiempo sólo pueden desordenarse y esto sólo aumentará. Es decir, que todo sólo puede irse a la mierda. Un ejemplo: de dos células estables se forma una que tarde o temprano da un ser vivo, éste nace, crece, envejece, se deteriora y luego se muere, la pinche vida. Pero los sistemas permutan, la energía no se crea ni se destruye (todos saben el resto). Así es como el cosmos nos parece muy bonito: estadísticamente el desorden es más evidente en nuestra escala que en los grandes sistemas y por eso la vida de los personajes de Cortázar, o la nuestra, quizás puedan parecernos un cagadero.

Pero cuando todo está para arrojarlo a la basura Julio nos pone un puente. El puente representa la permutación, el cambio de estado, la energía que se transforma. Del otro lado sabrá el diablo qué hay. Pero podría ser mejor (o peor, pero es más poético pensar lo opuesto). Esto es lo que Heisenberg llamó  incertidumbre. Una característica intrínseca de la naturaleza que impide conocer la totalidad de un sistema en un tiempo definido. El caso entonces es que lo único que tenemos es un cúmulo de probabilidades donde todo es posible, todo, hasta que alguien mire. El acto de observar es suficiente para que algo llamado la función de onda, esto es, la probabilidad, colapse y podamos obtener mediciones precisas, algo que en cristiano le dicen realidad.

Cortázar traza la figura ya no sólo del puente sino del tránsito en innumerables piezas de su obra: Lejana, El Otro Cielo, Rayuela, No se Culpe a Nadie; y la varía en situaciones fantásticas que van desde viajes espaciotemporales hasta la introspección más cruda y amarga. Basando las florituras de su narrativa en estos dos conceptos: el caos-presente y lo posible-futuro.

El mismo Julio se vio envuelto en viajes desde niño, nacido en Bélgica en tiempos de guerra, pasó tiempo en Suiza y luego en España antes de llegar a su Argentina. Cuatro países, dos continentes y otros tantos idiomas conoció el pequeño antes de cumplir los cuatro, el exilio y desarraigo le vinieron de genética.

Son fuertes las transformaciones de sus héroes porque son íntimas y reveladoras, duelen y son reales porque nos suceden siempre. Es así: nos unen los mismos dolores, los fundamentales. De ahí Cortázar abstrae lo sublime, de lo humano, como tendría que ser siempre.

Puentes, París, Naturalmente

Puentes, París, naturalmente

El puente une dos extremos, los concilia, es su función. Quien lo cruza se transforma. Oliveira en Rayuela, no busca una transformación real, siempre está en la rivera sur del Sena, ahí transcurre lo que le queda de vida como la conoce, pasea en los puentes, específicamente en el Pont des Arts, el puente de la Maga. Pero no lo cruza, queda latente la mutación y el encuentro. Lo que cruza finalmente es todo un mar, de costa a costa, para darse cuenta que realmente la ama pero la distancia, en fin, una lata. Y en Buenos Aires hay más puentes y portales.

El Otro Cielo es elocuente. Aquí la figura del puente es realmente un portal, es una galería techada que de un momento a otro nos trasporta de Buenos Aires a París, nos cambia el cielo por las ansias de un rencuentro.

Y es así que la imagen que une se convierte en fundamento en la narrativa de Cortázar. Incierto y caótico, sí, pero indisolublemente unido, así es el mundo de Cortázar donde un libro ha de terminar pareciéndonos muy real, si no vale una mierda. El puente último es la meta-narrativa. Eso que no se sabe bien dónde es que empieza y dónde es que termina. Construir-mundos-y-realidades.

En El héroe de las mil caras, Joseph Campbell analiza y estructura las historias míticas en cuanto a un viaje para auto descubrirse. Así, desde Buda hasta Jesús y del Quijote a Harry Potter, tenemos una sucesión de fenómenos físicos, mentales o espirituales que probarán la entereza del protagonista. Momentos imprescindibles del viaje del héroe son el cruce del umbral y el regreso a la Madre: el portal, el túnel, la caverna, el puente. Arraigado muy profundo en el espíritu, los humanos hemos hecho de estas imágenes poderosas fuentes de significado que, por algún estado universal, prístino y simbólico, son fundamentales en toda construcción mítica-religiosa y ficticia, así como temporal y cultural. Son la manera en la que construimos el mundo desde los símbolos, es por eso que las historias nos conmueven: porque nos hablan desde la intimidad, desde el espíritu.

Y bueno, tanta pendejada no será útil si no lo aplicamos: los puentes nos dan perspectiva. Por eso abrí con la cita de Harlodo, Cortázar tuvo mucho tiempo para pensarse desde afuera como lo que era dentro, alguna vez dijo que descubrió su esencia latinoamericana desde el extranjero y pudo ver, como ya cité, que a todos nos unen los mismos dolores. Él hablaba en esta frase del estigma latinoamericano de la pobreza y la dependencia económica. Pero siendo Julito, me cuesta creer que no haya un trasfondo más filosófico en su frase. Estoy casi seguro que lo hubo, y hay una triste psiquis de inferioridad que pulula entre nosotros. Gran amigo de Cortázar, Octavio Paz lo notó y lo inmortalizó en su Laberinto: la chingada y la nada. Son nuestros fantasmas y hay que aprenderles las mañas.

Y por último a lo siniestro.

Todo mundo ha oído hablar de que la cuenta larga de los mayas y así. ¿Pero qué es la cuenta larga? Es el ciclo más grande de su sistema calendárico no repetitivo (como el nuestro) y para empezar, no es exclusivo de los mayas. Otra cosa es que nadie ha descubierto nunca que algún códice de esta cultura mencione algo sobre el fin de los tiempos. Es una constante patológica nuestra, heredera de esta pinche linealidad impuesta por la religión en occidente la que nos hace creer que todo se termina y ya. Como tantas otras culturas en íntima relación con la naturaleza (a diferencia de nosotros), los mayas creían en los ciclos. Bachelard diría que el tiempo no corre, brota. Así que el fin será el inicio de otro instante. No sólo en la fenomenología encontramos este giro en la percepción del tiempo: Martin Bojowald, una de las más grandes promesas de la física contemporánea y teorizador de la Gravitación Cuántica de Bucles (una chingonería), ha concebido el tiempo de la misma forma: atómica. No es un flujo sino una serie ritmada. Música. ¡Puta, qué belleza!

No niego que algo pasa. Las coincidencias (o sincronicidades, para la poesía) que han estado ocurriendo son delicadas. El sol está en el máximo de actividad en su ciclo de 11 años, esto implica perturbaciones en la magnetósfera de la Tierra que de un momento a otro podrían afectar nuestra cómoda forma de vida alterando el tendido eléctrico mundial y las telecomunicaciones por un gran periodo de tiempo, años incluso. Otra cosa es que la magnetósfera ya mencionada se debilita (natural, es cíclico) y estamos por presenciar una inversión en la polaridad, esto nos dejará indefensos contra la radiación y muchos morirán. Pero bueno, el tiempo geológico es paciente, bien puede ocurrir mañana o en algunos siglos, pero ocurre.

Pero estas son mamadas comparado con la necesaria transición espiritual que el mundo requiere. Morir no es ninguna sorpresa, mucho menos nuestra impotencia contra las fuerzas celestes. Hará unas semanas que escuché al maestro Edgar Morin en conferencia, otro constructor de puentes.

El puente de Morin se llama Pensamiento Complejo, y consiste en concebir la realidad como una urdimbre y no analíticamente. La multidisciplinariedad es vital para esto, sólo la complejidad civilizará el conocimiento encaminándolo a un real humanismo que vele por el bienestar de este mundo, con una visión cabal de las sutiles relaciones del Todo, y para que esto se dé el mensaje fue claro: el egoísmo no es la vía, habrá que pensarnos en comunidad, tendernos puentes. Mucho del desencanto en esta vida es fruto de la insensibilidad que marchita todo vínculo con lo Otro, ahí es donde tenemos que empezar, en cambiar un limitado yo por un vasto nosotros.


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El viaje de un Héroe

Ahora es tiempo de reunir dos temas que ya he tratado por separado: Bob Esponja, esta vez la película; y el excelente libro de Joseph Campbell: El Héroe de las Mil Caras.

No hará más que un par de días cuando estaba escribiendo otro artículo que pronto publicaré donde para variar también mencioné la obra de Campbell porque vaya, es una chingonería y hay cosas que se deben hacer, cuando me pasó por la cabeza que la película de Bob Esponja cumplía absurdamente con todas las características de una verdadera historia mítica y como tantas otras veces y tantos otros artículos dije: ¿por qué no?

Así que comencemos:

La estructura de la jornada del héroe se divide en etapas definidas por la actitud del héroe frente al reto que se le presenta, o marcados por la presencia de ayudantes o adversarios, así como por actividades que son necesarias de realizar para continuar con la aventura. Desde la normalidad de la situación antes de que todo comience hasta su regreso luego del viaje al lugar de origen, el héroe está en constante transformación psíquica y espiritual.

Contrastante será ahora escuchar la breve sinopsis de la película:

Bob Esponja espera ser nombrado gerente del nuevo restaurante El Crustáceo Cascarudo 2, pero no le dan el puesto porque lo consideran inmaduro, esto lo deprime bastante. Mientras tanto, Plankton pone en marcha su plan más malvado para robar la fórmula secreta de la Cangreburguer, tan malvado es el plan que Don Cangrejo casi resulta ejecutado por el Rey Neptuno, pero Bob Esponja decide emprender un viaje para recuperar la Corona del rey de los mares y salvar la vida de su jefe.

Yo sé que es una caricatura pero a mi me encanta y la recomiendo bastante, es una gran muestra de que un aparente absurdo te puede hacer reflexionar y mucho.

A continuación las doce etapas del viaje del héroe según Jospeh Campbell, mencionaré breve y someramente la situación planteada por la película de Bob Esponja para no arruinar la historia si alguien que no la ha visto piensa hacerlo.

El Mundo Ordinario

En el las cosas resultan sumamente cotidianas, las fuerzas que orillarán al héroe a emprender su viaje aún no se han manifestado; Aquí vemos a Bob Esponja preparándose para un día de trabajo en el cual espera ser nombrado gerente, pero quienes han visto la serie sabrán que Bob no cuenta con las aptitudes necesarias para esto. Así es como nombran a Calamardo como el nuevo gerente y Bob se hunde en la depresión por ser menospreciado por ser “sólo un chico”.

El llamado a la Aventura

Plankton, el gran rival de Don Cangrejo, desesperado por sus múltiples intentos frustrados de robar la fórmula de la Cangreburguer da con su última oportunidad, el plan Z, que involucra robar la corona del Rey Neptuno e incriminar a Don Cangrejo. Al suceder esto, sólo Bob se ofrece a recuperar el artilugio para salvar la vida de Cangrejo.

Rechazo a la Llamada

Aquí es donde las cosas comienzan a ponerse interesantes: el héroe tiene miedo. Tras una serie de inconvenientes, Bob y Patricio llegan al pie de un precipicio infestado de monstruos. Bob se desanima ante el reto y emprende el regreso, defraudado de sí mismo, repitiendo las palabras de Cangrejo, que “sólo es un chico” y que no pueden con una empresa para “hombres”.

Ayuda Sobrenatural

Es en este momento que Mindy, la hija del Rey Neptuno, aparece para “convertirlos en hombres” con su magia de sirena, una mentira incluso en la película. El punto es que les coloca bigotes falsos mientras mantienen los ojos cerrados y con esto recuperan la confianza.

Cruce del Primer Umbral

Con bigotes y la chingada, Bob y Patricio se arrojan al precipicio convencidos de que son invencibles. Al aterrizar a salvo en el fondo, los bigotes les dan los ánimos suficientes para atravesar los peligros del abismo. De hecho cantan una canción que de un momento a otro dice:

Un hombre soy

Bigote me creció

Un hombre soy

Otra ropa uso yo

Un hombre soy

Eso se puede ver

Un hombre soy y por eso todo puedo hacer

 

Bob Esponja 2

Las Pruebas

Luego del Umbral, Bob y Patricio se enfrentan a una serie de circunstancias peligrosas: Dennis, el matón contratado por Plankton casi los atrapa; el cíclope que custodia Ciudad Almeja (donde está la corona) los captura en una pecera para convertirlos en recuerdos de playa con ojos falsos. Un momento muy conmovedor que no mencionaré provoca una reacción que hace que el cíclope se vea en apuros, lo que le permite a Bob y a Patricio huir con la corona. La ayuda sigue apareciendo cuando el salvavidas David Hasselhoff les ofrece llevarlos hasta Fondo de Bikini.

Acercamiento

El éxito en las pruebas parece ir de maravilla, montados en la espalda de Hasselhoff sólo es cuestión de tiempo para regresar con la corona antes de la fecha límite.

Ordalía Suprema

El regreso de Dennis significa un duro momento para la continuidad del viaje, tras momentos de tensión máxima, Bob da un salto de fe para librarse del matón y lo logra.

Recompensa

Bob regresa con la corona a un mundo terriblemente distinto, Plankton ha tomado el poder de Fondo de Bikini, pero el Rey Neptuno cumple su palabra y liberará a Cangrejo de su hechizo.

El Camino de Vuelta

El regreso al Mundo Ordinario está representado por la burla de Plankton, ya que parece imposible que las cosas regresen a como estaban antes y sobre todo porque Bob, “sólo un chico”, no podría regresar nada a la normalidad.

Resurrección del Héroe

Sin duda mi parte favorita, Bob derrota a Plankton aún consciente de su inmadurez, pero sabiendo que desde allí puede hacer mucho. En uno de los números musicales más chingones que he visto en series animadas Bob canta lo siguiente:

Si lo que quieres es sentirte como yo

Así lo harás

Chico serás

Y muy feliz

Regreso con el Elixir

Fondo de Bikini, Cangrejo y el Rey Neptuno aceptan que se equivocaron con Bob al menospreciarlo por ser sólo un chico.

Bob Esponja 1

Así que ahí está: una película boba, dirán, pero que se estructura muy bien con las formas míticas ancestrales que tanto conocemos: ¿Gilgamesh? ¿Noé? Comparen y juzguen, ya me dirán que piensan después.


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Hiper-Cortázar

Ya he hablado de Julio Cortázar, sí, posiblemente un fetichismo, pero no él sino Rayuela, su novela de 1963, monumental, paradigmática y maravillosa. Esta vez, más que otras veces, no sé por dónde empezar.

Rayuela es un libro-objeto, una interfaz. Llegué a esto poco a poco, lo he leído ya unas cuantas veces y si hay algo claro es que el papel del lector es fundamental (sí, los libros no se leen solos), pero lo que hace vital la participación del lector en Rayuela es la estructura misma de la novela.

Cortázar habla de un lector hembra y un lector macho, en otras palabras, lector pasivo o lector activo (tuvo sus problemas con el feminismo, pero eso no es lo importante). Rayuela exige un lector activo, siempre atento a los detalles y al devenir del relato. La novela para empezar tiene dos maneras de leerse (o muchas). Una, naturalmente, empieza en el capítulo uno y termina el 56. La otra, diseñada por Cortázar, comienza en los capítulos engañosamente llamados prescindibles, saltando intercaladamente con los capítulos imprescindibles, en una suerte de juego que mucho hace justicia al nombre del libro.

Apreciación personal, quizás, pero creo que los capítulos prescindibles completan muy bien la novela, ya sea con sutiles bromas basadas en la incongruencia y el absurdo o contraponiendo estados anímicos de un solo golpe. Además, hay episodios que sólo ocurren en esta sección de la novela como uno de mis favoritos: los dibujos de tiza. Me permitiré resumirlo porque simplemente me prende.

Horacio Oliveira y Pola pasean por la ciudad, Pola es con quien Oliveira “engaña” a la Maga (las comillas no las explicaré, mejor lean el libro, es bueno, no se arrepentirán). De un momento a otro se detienen a observar unos dibujos de tiza en el pavimento y discuten sobre lo efímeros que son, en una maravilla de diálogo podemos decir que se termina diciendo que no hemos venido para existir, sino para durar. Rayuela es un libro para pensar, filosofía, la vida misma, es una historia real.

Pero bueno, ya me metí en detalles y antes de continuar haré una brevísima sinopsis: Horacio Oliveira es un argentino en un París del cincuenta y tantos. Intelectual y vagabundo, pasea sin rumbo, mantiene una relación con la Maga que ha venido a menos. Pero no sólo su relación con la Maga, su vida entera es una mierda que pronto le va explotar en al cara (esta imagen no es gratuita). En Fin, París se acaba y regresa a la Madre Patria. Siempre buscando, ese es Horacio: buscar era mi signo, dice en algún momento.

Hasta aquí con los detalles.

La búsqueda, el imperativo categórico de la novela. Los personajes son bocetos que se completan mientras encuentran su lugar preciso en el engranaje de Rayuela. Y de todos, es la Maga el principal, es el centro, es el fin. Es quien lleva a Horacio al infierno y a buscar subir al cielo (en Argentina la casilla uno de la rayuela es la Tierra y la diez, el Cielo). Todo es una búsqueda. Rayuela es la Búsqueda, y queda muy claro desde su comienzo: ¿Encontraría a la Maga?

Bello el detalle de escribir una novela a una mujer desconocida. Cortázar concibió la idea por una chica que conoció en el barco que lo llevó a Europa desde la Argentina. La encontró casualmente en más de una ocasión en París. Así, sin previa cita: andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos. Pero de un momento a otro ya no sucedió. Rayuela es una historia verídica, es la vida que le ocurre a uno mientras navega entre sus líneas.

Mucha de su verosimilitud la achaco a una fórmula genial que Cortázar importó de la ciencia, específicamente de la física y aún más específico de la cuántica. Esta fórmula es la natural aleatoriedad e incertidumbre. Cortázar abre puertas que sabrá el diablo si se cerrarán de nuevo. La historia se desencadena orgánicamente y lo que vuelve, vuelve; lo que no, queda indeterminado. Magistralmente Cortázar llevará a sus últimas consecuencias esto en 62/Modelo para Armar, un libro que es una trans-gre-sión-cons-tan-te.

Pero ya me he alejado bastante. Vuelvo ahora a mencionar la particular función de objeto que el libro posee. Es un libro que se navega (sí, esa palabra que se usa para hablar de la internet). La  vasta potencia que encierra un libro de estas características radica en su incalculable número de variaciones, es un libro para leerse como a uno le venga en gana y no obstante, en teoría, conservará su narrativa. La idea de un libro como este podrá resultar extraña pero son los detalles lo que lo hacen virtualmente infinito. Sus capítulos, aunque relacionados, conservan su independencia unos de otros, el libro es un cosmos en toda la extensión de la palabra: con átomos que se vinculan, pero que siguen siendo átomos. De esta manera las permutaciones carecen de restricciones.

Fantástico el parecido de la obra con la fragmentaria vida que ahora tenemos. Entre pantallas e hipervínculos nos vamos multiplicando, escindiendo de a poco la atención nuestra en una multitud de historias que comienzan y que nunca terminan. Rayuela se parece mucho la vida, para Cortázar un buen libro siempre termina por parecerse tanto a la realidad que se confunde o la suplanta, un quijotesco acercamiento a eso que han llamado meta-narrativa.