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Hay mucho de qué hablar


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Invisible a los Ojos

Ayer hablaba con un profesor mío a quien le he aprendido mucho y espero seguir haciéndolo sobre una variedad de temas que fueron desde un sueño que tuve hasta el libro que me regaló (La Mente Nueva del Emperador, sobre cibernética y física). Y de un tema al otro terminé por mencionar un par de capítulos de la serie de divulgación científica “Through The Wormhole”, titulada con ostentosa carencia de imaginación en español como “Grandes Misterios del Universo con Morgan Freeman”, que giraban en torno a fenómenos normalmente tratados de paranormales o, en el mejor de los casos, ciencia ficción. A saber: otras dimensiones, el multiverso, alienígenas y mi capítulo favorito hasta ahora: conciencia, pero no sólo la que me hace saber que yo soy yo sino una más profunda, verdaderamente arraigada en la vida, se habló incluso de una conciencia vegetal.

Me ha llamado mucho la atención desde hace ya algunos años el hecho de que ciencia y religión se van coqueteando cada vez con más soltura porque ¿qué carajos hacen científicos renombrados investigando fenómenos paranormales? Desde que la nueva física nació, y hará más de un siglo de eso, las cosas en esto que llamamos realidad se han puesto no menos que exóticas.

Tan sólo tratar el tema de la física cuántica suena ya más a superstición que poner de cabeza al santo para conseguir pareja y sí, porque, y me pongo de ejemplo, eso de que si uno no mira algo es cuestionable el hecho mismo de su existencia, como el experimento imaginario del gato de Shrödinger, donde uno coloca al minino en una caja con un isótopo radiactivo que puede a) decaer; o bien, b) no decaer; y que dependiendo de eso activará o no un mecanismo que matará al gato y que mientras uno no abra la caja el gato está virtualmente vivo y muerto al mismo tiempo me ha tocado las fibras más sensibles de mi paranoia. Y hace una semana fui yo a una graduación para la cual repetidamente me insistieron en no perder mi invitación porque si no no entraba y yo, precavidamente, la guardé en un lugar muy seguro y la revisaba constantemente, porque no vaya a ser que los átomos y sus estados cuánticos y de una mirada a otra la invitación ya no estuviera y yo me quedaba sin fiesta.

Y ha sido la física, de la cual soy devoto, quien me hace creer en esto porque sí, porque a la ciencia  le gustan los hechos, máxime con cada nuevo experimento que demuestra más fehacientemente la validez de la teoría y con todo mi paranoia no tiene para cuando mejore.

Y a lo que voy es que lo imposible (¿?) va dejando de lado el prefijo y tras una larga historia de muestras inequívocas de que lo comprobable es la norma nos acercamos a un cisma que bien alejados nos va a dejar de lo que otrora considerábamos cierto o, peor (o mejor), real.

Detalles inquietantes:

Una de las soluciones de las ecuaciones de Maxwell sobre la luz se consigue al introducir una quinta dimensión de la cual procedería la onda electromagnética que nosotros vemos como luz.

Más del 99% del Universo es invisible, en forma de materia y energía oscura, lo que vemos y tocamos y sentimos, es menos del 1%.

En las fronteras de la física teórica hay individuos que trabajan la idea de las “no-partículas”, elementos invisibles que sustentarían, en teoría, la realidad.

Ahora vamos al otro lado:

En la tradición hindú un día y una noche de Brahma equivale, curiosamente, a la edad estimada del universo.

En varios mitos fundacionales el cosmos fue creado de la nada, como afirman las teorías más avanzadas.

En algunas religiones, el mundo está organizado por niveles, un número que se repite es el nueve, que en teoría de cuerdas es el número de las dimensiones espaciales.

Me consideraría profundamente afortunado de asistir ya no a una colisión sino a un consenso entre lo mágico y lo científico, porque no nos hagamos pendejos, ambos buscan lo mismo: la verdad.

Ya ha habido en la historia muestras de ello. Georges Lemaître fue un sacerdote católico y astrofísico que apoyó con fuerza la teoría del Big Bang puesto que él había desarrollado una hipótesis llamada el “Huevo Primitivo”, a la cual el mismo Einstein le hizo el fuchi por carecer de suficiente rigor científico, y vaya que Einstein era una persona cabal, en el plano intelectual y espiritual.

Hoy hablamos de agujeros negros, partículas virtuales y dimensiones extra como si cualquier cosa, la ciencia ha avanzado tanto y lo imposible se ha ido debilitando al mismo paso que un escepticismo cerrado y tajante, creo yo, es una regresión vergonzante. Una civilización madura ha de poder dialogar con su historia y su cultura y por tanto sus creencias más profundas.

Hoy, a diez milenios de la construcción de Göbekli Tepe, el presunto más antiguo santuario del que se tenga noticia, donde se erigió la que se piensa es la representación más antigua de un dios adorado de una manera organizada (religión). Deberíamos de tener la entereza suficiente de dialogar racionalmente con esa parte aún latente de nuestro espíritu mágico y místico, porque qué es eso sino la semilla de una curiosidad que nos llevó a preguntarnos por el Origen.

 

–        Hoy casi nadie rinde culto a Thor o a Zeus y nadie tuvo que demostrar que no existieron.

–        ¿Y tú puedes hacerlo?

–        Eso es lo que ustedes temen.

 

Este es un diálogo que sostiene un funcionario de la ONU con Karellen, el líder de los Superseñores, una raza extraterrestre que llega a la Tierra en la monumental novela de Arthur C. Clarke, El Fin de la Infancia.

Hay cosas que la ciencia no puede explicar y quizás nunca lo haga, pero tenemos mucho que pensar sobre el hecho de que material pseudocientífico esté hoy siendo estudiado seriamente, porque el hecho de que no lo veamos no significa que no existe. Si fuera al contrario no estaríamos aquí, porque la materia y la energía invisibles han forjado la estructura misma del espacio en que habitamos.

Lo esencial es invisible a los ojos (sí, de El Principito).

Todo como preámbulo para hablar de un amigo que se fue. Tuve la fortuna de conocerlo en la preparatoria. Coincidimos en una clase de inglés en la universidad y, cuando las clases y su monotonía me eran insoportables, me salía a caminar, de vez en cuando me lo topaba en los pasillos o jardines y platicábamos. Un tipo genial. Era una de las luces que hallaba yo de tanto en tanto en ese páramo que a veces se me hacía la universidad.

Michio Kaku ha dicho: en un universo infinito hasta lo más improbable pasará. Lo imposible no es locura, es cuestión de esperar.    


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A pesar de todo, un don

Quizás debo a las flores haberme convertido en pintor

Claude Monet

Hará unos meses comencé a fijarme mucho en las plantas, empecé a notar sus patrones, en los tallos, en sus hojas, en sus flores y luego leí un libro muy chingón de geometría sagrada y total que fui dando cada vez con cosas más exóticas.

Luego, sin ninguna razón, comencé a tomar fotos de cosas que me iba topando en la calle o de flores que no había notado antes que estaban en mi casa o cerca de ella. El único criterio para detenerme y fotografiar era que sea lo que fuera lo que hubiera delante de mí, me llamara la atención y que me pareciera bello.

Algunas fotos las guardaba, otras las enviaba a una chica que pues, sí, me gusta y así y realmente no había más razón para mi creciente colección de fotos.

Fue un día que estaba yo con un amigo y tocaba (mal) el órgano eléctrico que tiene a medio funcionar en su sala cuando vi en una repisa un caracol que ahora mismo les muestro.

Caracol

Por instinto, casi, le tomé una foto y luego hice el comentario “creo que los humanos somos los únicos seres capaces de hacer las cosas mal”.

Luego me reí y tras pocos días empecé a creer que sería un buen motivo para hablar, más bien escribir.

Así que mi búsqueda de la belleza ganó más fuerza para evidenciar nuestra incompetencia. Habrá unas cuantas personas que merecen mi respeto y aplauso y que sí: hacen pura chingonería, iluminados, pero el grueso de nosotros somos toscos y, para qué andar negándolo, brutos, silvestres y rupestres.

Si tenemos suerte la belleza tendrá un efecto similar a las ratas del cuento de El Flautista de Hamelin, si no, que la Fuerza nos acompañe.

No me meteré en ningún pedo diciendo qué es bello y qué no, eso se lo tendrá que explicar cada quien, lo que sí es que es casi seguro que debajo de cada definición yacerá un principio fundamental armónico, es decir, matemático. Las matemáticas se han devaluado mucho con los años porque a los niños, y claro que a quienes ya pasamos por la primaria, nos enseñaron que las matemáticas son las tablas de multiplicar y la chingada.

Qué distinto hubiera sido y qué distinto sería si nos hubieran dicho la verdad: que las matemáticas son el lenguaje de la naturaleza, del universo, de la vida y todo lo demás.

La matemática sostiene las construcciones humanas: un edificio o una sonata, al final no hay mucha distancia.

Aquí les muestro, para fines didácticos, una pintura que yo hice; debo confesarles que me gusta, pues es mía y trabajé en ella, pero por supuesto, es una basura.

Pintura

No hay mayor composición que la intuitiva (en mi caso escasa puesto que las matemáticas no se me dan naturalmente), la perspectiva es un mierda (los cubistas la desacralizaron pero yo no soy cubista, sólo un mal dibujante) y bueno, el trabajo de sombras es muy deficiente, no se digan los colores (quizás solo el verde lechoso se salve y sólo porque es muy difícil dar con él, pero en mi caso fue fortuito).

Así que ya ven, dos ejemplos, y la naturaleza gana rotundamente: el molusco o crustáceo que hizo el caracol no tuvo que estudiar para hacer esa magnífica espiral, yo pasé 21 años metido en salones.

No todo es tan malo como puede que parezca. En el universo creado por J.R.R.Tolkien, Eru Ilúvatar, la deidad superior que crea todo, crea a los hombres libres, capaces de forjar su propio destino. Bueno, quizás equivocarse y hacer pendejadas sea el precio a pagar.

Por otro lado menos rudo, cagarla enseña y por otro, devela. Uno va dándose cuenta de qué quiere conociendo, por las malas, lo que no desea. Pero son cosas que pasan.

En cuanto a hacer las cosas mal yo tengo mis posturas. Hace no mucho leí un artículo sobre lo que algunos genetistas han llamado la “desextinción”. Esto es, revivir especies extintas de las cuales se conserva material celular suficiente para recrear su genoma. Una parte de mí dice: para qué chingados, se van a volver a morir; por otro digo, qué chingón.

Le hemos quitado no sólo la vida a unos cuántos individuos, sino la existencia a especies completas por nuestra facilidad de irla cagando hasta tocar el fondo más oscuro de la pendejez, así que para mí, desextinguir una especie que desapareció por nuestra causa (que hay muchas) no sería malo sino justo.

Algunos dirán que se juega a ser dios, yo digo que enmendar un error es más bien aceptar que la zurramos en grande (y creo que decidir sobre el destino final de otro califica más como jugar a ser dios).

Que en el proceso habrá animalitos con dos cabezas o sin estómagos o sabrá el diablo qué malformación, no sabemos, y eso es motivo suficiente para intentarlo.

Cagándola nos daremos cuenta de cuál es el camino correcto, y eso ya no sólo en cuanto a clonación.

La vida es como un pizarrón: dibujas chingaderas, las borras y cuando haz terminado algo que sí te gusta debajo estará la mancha de tiza para recordarte que tu dibujito tuvo que esperar varios abortos previos para ver la luz, después un pinche trapo mojado lo limpiará todo y se acabó.

Ya vendrán más niños para seguir manchando el pizarrón.

Un rinoceronte, por un muy buen amigo: hay cosas que no necesitan ser bonitas para ser bellas

Un rinoceronte, por un muy buen amigo: hay cosas que no necesitan ser bonitas para ser bellas


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Mirada Demiurgo

Eres responsable para siempre de aquello que has domesticado

El Zorro, en El Principito

Advertencia

No tengo ni la menor idea de qué estoy haciendo, esto bien podría no tener ningún sentido.

Últimamente he creído que los humanos somos unos seres sumamente pendejos, le otorgamos mucho a varias cosas que, personalmente, no les veo sentido. Trabajamos cuarenta años para tener derecho a una pensión que nos sustente mientras nos hacemos más viejos, porque sólo podemos usarla una vez que somos viejos. No creo que sea sólo yo, a alguien más debe parecerle esto una estupidez. Sin embargo lo hacemos, algunos son afortunados de trabajar en algo que les gusta y pues bueno, eso aligera un poco las cosas.

No obstante olvidamos algo vital: la vida. Uno no se da el tiempo de esto o aquello, que sí quiere hacer, pero esto otro y aquello, y cuando hay tiempo no hay ganas y uno está muy cansado y todo se va lenta e inexorablemente a la chingada.

No abro por fetiche con la cita del Zorro aunque algo hay de eso. En este capítulo el Principito le pregunta al Zorro: “¿Qué es domesticar?” a lo que el animalito responde “Es algo ya olvidado, significa crear vínculos”.  Si uno crea un vínculo lo más lógico es mantenerlo sino vale madre. Así uno se hace al hábito de cuidar un jardín o mínimo una florecita, o de ensayar las piezas que ha sacado porque sí, porque si no se olvidan y yo sé lo frustrante y triste que es no poder continuar con una pieza cuando en la cabeza se tiene la melodía pero los dedos simplemente están perdidos y no recuerdan las siguientes posiciones, es una catástrofe.

Catástrofe es que todo se vaya al pito porque uno no le da su lugar a un vínculo. Piensen en una cuerda que le sale a uno del cuerpo y lo liga con un instrumento o una persona o una mascota o con una actividad (el trabajo no tiene por qué ser discriminado y aprovecho para decirlo). El mal de hoy es pensar que hay algo por encima del resto: ninguna cuerda es prescindible ¡Vean una guitarra, chingao! Funciona con más, pero nunca con una cuerda de menos.

Ahora vamos a otra cosa: decidir sobre los vínculos. Tomar una postura está cabrón, máxime si pensamos que uno debe hacerlo sabiendo que afectará invariablemente a cual quiera sea la contraparte y quizás a los terceros y aún más si pensamos que el cerebro ya está bastante ocupado manteniéndonos con vida y encima lo ponemos a trabajar con pendejadas. No sorprende que la caguemos como si por ello nos pagaran.

Pero vaya, cagarla es una parte fundamental de la existencia.

No importando la naturalidad intrínseca en hacer pendejadas uno invariablemente lo resiente. Y es que sí, uno por ejemplo va tocando algún preludio o yo que sé y fatalmente toca la nota equivocada, el resultado no es otro que el siguiente: todo suena a cagada.  Pero como siempre, uno sigue y en fin, puede ser que a la audiencia le guste y piense que así va, o que es la versión de uno y habrá alguno que le guste, siempre hay quien.

Pero los necios me entenderán, hay un consuelo oculto en la naturaleza. Personalmente recurro a él asiduamente para no sentirme tan mal: los universos paralelos.

Sí, no es broma, yo creo realmente en eso. Para explicarles el por qué tengo que decir una que otra mamada antes.

La teoría de la mecánica cuántica explica el comportamiento de las partículas elementales, y en esas escalas pasan cosas muy raras. Una de tantas excentricidades es que las partículas que fundamentan la realidad son, en parte, una bruma de probabilidades. Los electrones, por ejemplo, mientras no haya una medición de su ubicación exacta pueden estar localizados en todas partes al mismo tiempo.

Otra cosa que ya se sabe y que de hecho cualquiera podría estar familiarizado es que los electrones se ubican en órbitas alrededor del núcleo de un átomo. Lo que no muchos saben es que estas órbitas son inviolables, es decir, que cuando un electrón cambia de un nivel orbital a otro, no necesita viajar por el espacio que los separa, sólo desaparece de un lugar y aparece en otro.

La medición, para no desviarnos, colapsa la probabilidad en una sola posibilidad: la realidad. El acto de observar funda el cosmos, las cosas son lo que son porque las vemos o tocamos u oímos. En teoría, si no vemos algo, ese algo puede ser todo a la vez.

Esto lleva a pensamientos muy coquetos sobre qué chingados es la realidad. Ahora se va aceptando cada vez más que la realidad que vemos es sólo una versión de tantas que podrían pasar. Se cree que cuando uno realiza una acción el mundo y todo el universo se escinde y ambas cosas suceden pero cada una en su dimensión. La llaman la teoría de los universos múltiples.

Si no vemos los otros mundos paralelos es sólo porque siempre estamos midiendo y por consiguiente las probabilidades colapsan sólo en la que vemos. Pero las otras están ahí, en alguna parte.

Hay ya indicios consistentes de los mundos paralelos. Andrew Cleland es un científico de la Universidad de Berkeley que bien podría ser el primer humano en avistar una realidad distinta a la nuestra. Se le ocurrió que si la materia que vemos, incluidos nosotros, por supuesto, estamos hechos de las mismas partículas que describe la mecánica cuántica, deberíamos poder ver los efectos tan extraños de ésta incluso en el nivel macroscópico.

Para probarlo realizó un experimento, introdujo un transistor en una máquina que lo aislaba de toda medición, ni luz, ni sonido podía entrar en ella, además enfrió la máquina casi al cero absoluto (-273 C°) y luego se dedicó a esperar los resultados. Su experimento consistía en disparar un solo cuanto de energía al transistor, éste, a su vez, sólo podía tener dos estados posibles: 1. Recibir el cuanto de energía; 2. Dejarlo pasar. Lo que sucedió ni el mismo Cleland se lo esperaba, el transistor recibía la energía y la dejaba pasar, al mismo tiempo.

El experimento de Cleland demuestra que los objetos macroscópicos están sujetos a las mismas leyes de la mecánica cuántica, por lo que  versiones distintas de mi vida o la tuya o la de quien sea están allá en algún lugar del universo. En alguna de ellas, quizás yo sea feliz o tome decisiones más acertadas o quizás no dé la nota equivocada.

Pero no se piense en esto como un remedio contra tener que lidiar con las consecuencias de lo que hacemos o no, mi idea al mencionarlo es otra y, como siempre, he dejado lo más perturbador para el final: el biocentrismo.

Esta es una idea radicalísima de un sujeto llamado Robert Lanza. El biocentrismo consiste en llevar al límite algunos conceptos de la mecánica cuántica, muy especialmente, aquel que dice que el acto de observar colapsa la probabilidad y nos deja con una única realidad.

Lanza piensa que si esto es correcto y se aplica a todo el universo y no sólo al mundo subatómico significaría que la conciencia juega un papel fundamental en el desarrollo del universo: el mundo es producto de la mirada que escruta, todo empieza y termina en nosotros, cuando cerramos los ojos el espacio y el tiempo se disuelven y entramos en un terreno muy similar a los sueños. No se requiere ser muy estudiado en física para pensar que Lanza ha mamado mucho, pero ¿y si sí? Si como el piensa somos pura conciencia, nuestro deber para con la realidad sería enorme porque lejos de ser sus actores, seríamos sus demiurgos.


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Alma Pájaro

Así se revela el secreto sueño del hombre: convertirse en pájaro

Érick Sablé

Las aves me han llamado últimamente. No sé para qué. Lo cierto es que tengo en mis manos un libro titulado La Sabiduría de los Pájaros que es, para no sonar tan exagerado, una chingonería.

Esto empezó a inicios de año, compré un bebedero para colibríes que colgué frente a la ventana por la cual mis días siguen pasando uno tras otros sin mucho interés para quien no vea lo maravilloso que es mirar a estos parajitos volar hechos la madre y hacer lo que les ha sido otorgado sólo a ellos en el mundo de los pájaros: flotar.

Los colibríes son muchos, más de trescientas especies, sólo viven en América, así que fuimos bendecidos. Por otro lado, hay que cuidarlos y sobre todo, hay que verlos.

El Colibrí ha sido asociado a una variedad de ideas enigmáticas y secretas. Simboliza la resurrección, es un pájaro que no duerme, entra en letargo. Su metabolismo acelerado requiere de alimentarse cada día con el equivalente a su peso en néctar, por lo que corre el riesgo de morir dormido, por lo cual su organismo se “apaga”. Su temperatura corporal cae hasta los límites de la supervivencia y su pulso cardíaco, normalmente superior a los 250 latidos por minuto (duplicado mientras vuela), cae a 30. El colibrí, por las noches, prácticamente muere y revive con el sol, todos los días.

Es símbolo de la inocencia, la infancia, la felicidad y el amor; y todo ello se relaciona con la fragilidad y ya no hace falta mayor explicación de por qué habrá que cuidarlos. Muchas otras cosas se pueden decir de estos animalitos pero vayamos a otras.

Existe en el mundo un acercamiento espiritual a la figura alada. El Lenguaje de Los Pájaros, ha sido por mucho tiempo un lenguaje místico, para iluminados, porque los pájaros son heraldos de los estados más elevados. ¿Por qué la lengua de los pájaros? Porque es el idioma del cielo, el sonido más cercano a los orígenes, con los pájaros, el cielo se hace presente entre los seres terrestres.

Dioses, héroes, budas y santos han sido ubicados como entendidos del lenguaje de los pájaros. Un lenguaje cifrado, lenguaje rítmico, muy emparentado con la poesía y la música.

Olivier Messiaen fue un compositor francés contemporáneo. Fue encarcelado durante la Segunda Guerra Mundial, donde compuso su Cuarteto para el Fin de los Tiempos, que los invito a escuchar. Pero Messiaen viene a cuento por otra de sus obras: El Catálogo de los Pájaros, obra que surgió del delicado estudio del canto de varios pájaros, trasladados a partitura con complejas estructuras rítmicas que bien alejadas están de lo que llamaríamos en occidente ritmo. La naturaleza una vez más nos dice: cállate, yo hice mejor música millones de años antes que tus ruidos.

Y bueno, el ave es signo del espíritu. No por nada una entidad de la trinidad del cristianismo es una paloma. No es gratuito que un evangelio apócrifo muestre al niño Jesús formando aves de arcilla y dándoles vida con un soplo: aire, el elemento de los pájaros.

Aprovecho que se me ha ocurrido pensar en un posible revés que se diera en los comentarios para decir que: para fines prácticos de este escrito me valen madre los pájaros que no vuelan, no vale la pena molestar a Darwin, por esta vez, con ese tema.

En fin.

Si hay algo claro sobre la idea del pájaro es su ligereza. Por eso vuela. El ave está más cerca del cielo y de las estrellas. Allá todo parece imperecedero porque, aceptémoslo, a la tierra es donde se van los muertos. Volar es promesa de lo eterno, de escapar a esa otra fuerza de la naturaleza que nos ata al suelo: la gravedad.

Desde Einstein eso ya no es sólo una cuestión de magia: viajando en el espacio, entre más rápido se vaya, uno envejece menos. Para mayor información véase La Paradoja de los Gemelos. Despegarse del suelo es el antídoto contra el tiempo.

Pero podrán pensar ¿a mí que chingados con los pájaros? No es el pájaro, es su misterio.

El ave vuela sin anclajes, podría parecernos que sin peso. Qué crueldad es tenerlos presos.

Sobre esto debo hablarles de mi abuela. Su patio está rodeado de jaulas con canarios. Parecerá una pena y de hecho me da tristeza pensarlo, pero los ama, comen mejor que yo, así de fácil. Les da pan, previamente hecho migajas; lechuga, zanahoria, jitomate, sandía, melón y papaya. Por si acaso les faltara proteína les da claras de huevo cocidas, el aparente canibalismo es perturbador, pero a los canaritos parece que les vale un pito.  Como sea, mi abuela lo hace porque le gusta sentarse a escucharlos cantar. Si cantan, no creo que se la pasen tan mal.

Hace mucho conocí a un pajarito pequeño y regordete que se posaba en la mañana en un pilar que sobresale de la casa de enfrente mirando hacia el oeste, canta una escala descendente, así, los ocho tonos sin falta ni desafinarse. Lo perdí de vista por un tiempo, pero desde que los colibríes me visitan a diario, mi casa se ha vuelto un oasis de pájaros.

Volvió el pequeño regordete de la escala descendente, los colibríes se pasean desde las seis de la mañana, a veces antes, hasta las siete de la tarde. Lo más surreal es una bandada de cotorros que sepa la chingada de dónde salieron pero le ponen color al evento que todas las tardes veo por la ventana donde cuelga el bebedero. Desde que tengo memoria unas aves grises y pequeñas que mi mamá llama torcacitas anidan en la casa, además, un pájaro que vuela sumamente bonito viene todas las tardes a posarse en la antena de televisión, tiene el pico anaranjado.

Mi mamá me contó que cuando era niño un colibrí anidó. Para su desgracia el nido quedó en una rama muy baja y cada vez que alguien salía al patio se asustaba. Mi mamá temía por los huevitos, que eran realmente diminutos y yo en algún punto decidí cuidar el nido y a la mamá colibrí. Me cuenta que me sentaba por las tardes en el patio y advertía a ella o mis hermanas de salir en silencio y muy muy agachadas para no asustar a la mamá y evitar interrumpir su momento de empollarlos. Los colibríes nacieron y no pasó mucho hasta que solitos se fueron, el nido lo guardó mi mamá y está en una vitrina, aún tiene los huevitos.

Las cosas se pusieron realmente mágicas cuando comencé a soñar a los colibríes.  En el primero de ellos vi a una chica que quiero muchísimo alimentarlos con néctar en sus manos, ella a huevo leerá esto así que espero que sonría. Luego yo fui el del sueño cuando un colibrí vino hacia mí y me tomó con sus patitas el dedo y me dirigió el camino. En el último los colibríes volaban alrededor mío, me hablaron y me dijeron algo como “sé paciente, la clave es el tiempo”.

Pero bueno, si me preguntan ¿jaula o no? Yo prefiero los pájaros en el cielo. Son un recordatorio bellísimo de que estamos hechos para la altura, en la tierra sólo se pudrirá el cuerpo. No lo necesitamos para volar, El Principito lo deja para volver a su hogar.

El camino entonces será la conciencia. La mayor libertad es la del espíritu, como el alma que se eleva del cuerpo durante el ejercicio del Phowa, una práctica yoga que se conoce como “Transferencia de la conciencia al momento de la muerte” o  en otras traducciones como “La Muerte Consciente”. El sujeto se escinde de su materia para entrar en un estado puro de energía donde, algunos dicen, el alma vuela a través del éter.

Personajes como Rudolf Steiner, enigmáticos, si buscan su biografía encontrarán palabras como filósofo, artista y esoterista, entre otros, ¡Un caso, vaya! Es digno de mención porque bien ha tratado el tema de la libertad. Él dijo de la mariposa, que ésta era una flor que vuela, una especie de último estadio de la flor que se aligera y emprende el vuelo.

¿La humanidad también lo hará algún día?

Sí, algún día venceremos la gravedad y la materia será éter, por el camino de la conciencia, siempre. Una conciencia fundada en la comunión de lo diferente. Si para mí es un colibrí, para ti es un petirrojo, hay pájaros para todos.

Para qué hablarles de lo que he leído que es libertad, sólo voy a conseguir aburrirlos. Es más poético y hermoso dedicarnos a los símbolos, cada quien les otorga su sentido, y no obstante, tienen un origen compartido.

Ser libre es ser capaz de pensar los propios pensamientos.

                                                                                                        Rudolf Steiner

Tenemos el cuerpo y la vida para nutrirnos el cerebro y el corazón (la inteligencia necesita los dos), de allí en más es una jaula del alma pájaro, sí, preciosa y con todos los servicios y cuidados, pero estamos aquí para tomar vuelo, sólo el espíritu nos llevará lejos.


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Sátántangó: La Pura Inmersión

Y bueno, hace unos días tuve una plática muy amena con un grupo de gente insólita sobre redes sociales, los detalles me los ahorro. El punto es que tuve ocasión  de mencionar mi blog y de inmediato pensé que últimamente lo he tenido abandonado. Al llegar a casa encendí la computadora y me di cuenta de que sí,  que mi última entrada distaba ya casi tres semanas y pues inmediatamente me dediqué a pensar sobre qué sería la siguiente publicación.

Sátántangó es una película del húngaro Béla Tarr que se basa en la novela homónima de Lászlo Krasznahorakai de la cual no tengo noticia alguna pero espero algún día leer. La película es una belleza, filmada en blanco y negro durante varios años, fue finalmente estrenada en 1994.

Narra la ruina de una granja en el ocaso de la Hungría comunista, desesperanza y desolación, son dos palabras que describen bien la cinta. He leído que la película fue estrenada casi una década después de su concepción debido principalmente al fuerte y hostil clima político en torno a la caída de la Unión Soviética, del cual la película muestra una cara muy cruel y desgarradora.

Quizás la mayor de las características de Sátántangó, o más bien la que más destaca, sea su duración: siete horas y media.

Ahora relato un poco el suceso, todo un acontecimiento, pero antes un poco de contexto:

Un buen amigo se ha obsesionado un tanto con la idea de que tarde o temprano ocurrirá una debacle digital que terminará tirando a la mierda todo contenido digno de posteridad que circula inadvertido por la red. No puedo negar que también temo un poco a esto. De tal forma, se ha dedicado a descargar una tras otra cientos de películas, y cuando digo cientos, lo digo en serio, su colección ha rebasado, según el último cálculo, la novecientas cintas, si es que no estoy ya muy atrasado y ha superado el millar. Entre todas ellas se encuentra Sátántangó y otras obras de Tarr que quizás veremos posteriormente.

La película en cuestión ha sido de nuestro conocimiento desde hace bastante más tiempo y siempre quisimos verla pero nunca se hacía realidad. Yo sólo conocía escenas aisladas como esta, que es una chingonería hermosa.

En fin, un día otro amigo propuso verla y pues siendo que ninguno de nosotros tiene grandes ocupaciones que no sea seguir bajando películas o ver caricaturas dijimos que sí. Siete horas y media las tengo todos los días.

Fijamos la fecha y nos reunimos. Un proyector nos daba una imagen muy nítida y sobre todo muy grande de la pantalla de la computadora en la cual el valiosísimo disco duro con las centenas de películas esperaba a reproducir Sátántangó. Tras mover unos muebles para estar lo más cómodos posibles mientras durara la película, la magia comenzó.

Dividida en tres partes con su respectivo intermedio, la película apenas se dejó sentir. Destaca sobre todo la manera de crear tensión casi sin montaje, la mayor parte de los planos son planos secuencia y su duración dista mucho del actual promedio de duración de cortes (dos segundos, algún día lo leí). En sus más de cuatrocientos minutos, Sátántangó apenas cuenta con ciento treinta cortes que parecen pocos pero no, son los justos, tan puntuales y precisos que uno deja de advertirlos.

La mayoría de las personas que supo de la hazaña tenía en mente que veríamos una película lenta y aburrida. Nada más distinto: la película no es lenta, sólo es larga, además de que tiene la virtud o el embrujo de introducirte a su ritmo, lo cual permite que la historia, que se desarrolla en un día, se presente de manera natural al que la observa, por esto quiero decir que siendo tan larga, uno realmente se queda con la sensación de un tiempo real, observando vívidamente la historia que pasa.

Una chingonería, una inmersión total al tiempo diegético, por allí dicen que el cine es sólo presente y que siempre acontece, Sátántangó es un buen ejemplo, con sus duración, la experiencia temporal es muy verdadera, la historia tiene el tiempo necesario para suceder durante el metraje mismo y eso aumenta consistentemente su realismo.

El cine como experiencia ya va cambiando sus modos, como tantas otras cosas, sin embargo, es  sin duda, creo yo, una de las más extraordinarias vivencias estéticas: el cine se hizo para el asombro y lo sublime, por eso la pantalla grande y el sonido envolvente, no para verse en un puto celular que termina ridiculizando lo que debiera ser gigante.

No vi Sátántangó en una pantalla de cine, quizás la pared sobre la que se proyectó nos daba una imagen levemente más grande que un televisor muy, muy grande, pero su duración rescata este desliz en su disfrute, es ya de por sí una obra grande.


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MashUps, esa inefable sensación del desconcierto; o ¿a quién diablos se le ocurre eso?

 

Hace unos días una muy buena amiga, quien también escribe un blog que les paso acá, me pasó un mashup que ya había visto hará no mucho pero que había olvidado por completo. No quiero aguar la sorpresa a nadie, la cosa es impactante. De hecho, con cierto humor ella misma ha posteado el 14 de febrero el video al que ahora mismo los remito desde su cuenta en Facebook. El enlace aquí.

No quiero poner palabras en boca de nadie pero podría apostar a que más de uno pensó ¿qué pedo?

No es una sensación nueva el desconcierto, ni mucho menos negativa. Creo que es la mejor forma de poner a prueba los límites de nuestras zonas de confort que poco a poco se van tornando rutinarias y mortales por consecuencia. Quien no se desconcierta de primera mano con algo que rompe con cualquier esquema de lo mínimo esperado es una persona que no merece mi atención, sorprenderse es parte de la vida y una muy fundamental.

El asombro ante la novedad, sea esta agradable o no al primer contacto permite dos cosas: uno, conocer un poco más del mundo y dos, distiende el tiempo psicológico para obtener un poco más del gozo de descubrir algo hasta ese momento insólito. Esa es la razón, dice Michio Kaku en la serie de documentales TIME, de la BBC,  por la cual un niño y un adulto difieren en su experiencia del tiempo, mientras que al primero le es eterno, al segundo se le escurre entre los dedos. Un niño no se aburre porque todo es nuevo, un adulto vale madre porque piensa que ya se ha visto todo, aún más, creo que a veces hasta se pierde la capacidad del desconcierto y eso sí que es peligroso.

En fin, con los MashUps me pasa algo curioso: pese a que ha sido mi intención hablar de cosas aparentemente inconexas en este blog, debo ser humilde y aceptar que estoy muy lejos de encontrar un video sobre el estudio de la mecánica de los cuellos de los búhos y componerle un rap, para finalmente dar al mundo una pieza de postmodernidad como monumento del absurdo. Aquí les dejo esta maravilla, yo cómo me he reído.

Ejemplos de mezclas hay muchos. Uno de los más inconcebibles ha sido una canción que celebraba a la por todo diseñador odiada fuente Comic Sans.

Mención aparte merecen las batallas de rap de la historia de las cuales me declaro seguidor y fanático. Dudo mucho que esos espasmos de genialidad lírica sean casualidad, quien esté detrás de ello seguro sabe de lo que habla, por más extrema que sea la pareja contendiente.

Una de estas batallas que no había visto hasta bastante pasado ya su momento fue la que enfrentó a Barack Obama y Mitt Romney, los candidatos en las elecciones pasadas de Estados Unidos. La liga aquí.

Para mí queda claro que si bien la mayoría de los mashups son pura mamada, unos cuantos tendrían forzosamente que convertirse en objetos de estudio. En el caso de las batallas de rap, y muy en específico de la de Obama y Romney, es evidente que el contexto político permea por completo la cultura. Por medio del humor, en este caso, se toma una postura.

Un caso similar aunque más subido de tono es la vorágine de cartones en los que se ha visto envuelto nuestro presidente, Peña Nieto, unos están para morirse de risa, una chulada.

Destaca también la rapidez con la que fluye la información y aún más sorprendente es la agilidad de manufactura de algunas imágenes. Sobre esto hace apenas unos tres días que se dio a conocer la noticia de que Ratzinger dimitía del papado. Aquél día yo me levanté temprano y estaba ya en mi computadora escribiendo para eso de las 8.30 de la mañana y para ese entonces yo ya había visto un desfile interminable de imágenes que relacionaban la noticia de la renuncia con la participación de Ratzinger (y por supuesto que estoy lejos de ser el único en notar el inquietante parecido)  en el próximo a filmarse Episodio VII de Star Wars como el emperador Palpatine. Pese a la premura, esta imagen da cuenta de la dedicación y la maestría de quien sea que lo haya hecho.

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Algunas de las imágenes más hilarantes para mi gusto son las que han hecho de la longevidad de Chabelo un mito a la Matusalén. Tanto se ha dicho ya que yo comienzo a creerlo.

Para quienes no lo conozcan éste es Chabelo.

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Tiene un programa de televisión aquí en  México tan longevo como él mismo y los chistes a su alrededor van desde “recuerdo el big bang, fue un lunes por la mañana” hasta Harry Potter, el apocalipsis maya y, sí, por qué no, la dimisión del papa.

En fin, el humor. Quizás sea eso el común denominador de muchos de los mashups que circulan por las redes hoy. No obstante habría que pensar más fríamente sobre lo que se construye con base en él y en la extraña mezcla de discursos que se gesta con cada insólita conexión. Si el mundo es imagen, ¿qué chingados se está erigiendo a nuestro alrededor?

Por otro lado y más tranquilamente, puedo decir que una sociedad que le otorga tanto al absurdo y al humor tiene toda mi confianza para hacer del mundo un lugar mejor.

Un poco de absurdo para poder dormir bien hoy.

Nunca es suficiente, ¿verdad? 

 


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Veintinueve años sin Julito

 

Todo es menos cuando falta

Julio Cortázar

Este 12 de febrero se cumplen veintinueve años del tránsito de Julito al estado cubo. Esa estancia sin tiempo que bien describió en Anillo de Moebius.

Julio vivió escribiendo, no dejó nunca de hacerlo, incluso lo hizo en sus últimos días. La frase que abre esta memoria es de su último escrito, un poema llamado Negro el 10. Melancólico y oscuro, que si bien no cae en pesimismos, sí es evidencia de una penumbra constante en la que Cortázar vivió desde que vio morir a su mujer, Carol Dunlop, junto con quien fue enterrado el 14 de febrero de 1984.

Yo lo entiendo bien, no ha muerto nadie pero sé qué es estar como vedado.

Cortázar dejó una obra genial tras de sí, llena de magia y luz y sombras: matiz. Es verosímil, hasta real. Mucho más que otras cosas con las que tenemos contacto.

No hace mucho un buen amigo me comentó que en una página web de ventas vendían la primera edición de Octaedro. Inmediatamente me puse en contacto. Un par de días más tarde, y quizás es mucho. Otro buen amigo me preguntó si ya contaba con el mismo libro en mis estantes. Le dije que no, pero que había encontrado dónde comprarlo. Me contestó escuetamente: “no lo compres, yo te lo regalo”. Supe en ese instante que el libro me seguía, o más bien era Julito.

Para esto, yo aún no había cerrado trato con el vendedor del libro y no sabía si comentarle que me retiraba de la compra o simplemente ya no contestarle. Al día siguiente me llegó un correo de él diciendo que esperaba mi compra. Como aún tenía dinero en ese entonces me decidí a comprarlo, pero no para mí. En ese momento y ahora y siempre, un regalo será más grande que una compra egoísta, sea cual sea, tengo muchas de esas y ninguna la atesoro como los regalos que me han dado.

Así que pasaron dos días, llegó el paquete con el libro y mi intención era guardarlo para el cumpleaños de un amigo, pero por una cosa u otra vino de visita a mi casa y se lo di, no le dije nada y él pensó que sólo estaba presumiendo, a lo que contestó: ¡Ah, cabroncito! Yo me reí y le dije que era para él y no dijo nada, era una primera edición de Cortázar, para mí o para él, no puede haber mucho que supere ese valor, no tanto por el libro sino por la historia.

Una semana después, quizás, recibí mi propio ejemplar de Octaedro. Y supe que sí, que era Julito, el libro había sido dedicado (no sé si comprado) el mismo día en que inhumaron a Cortázar en París, el 14 de febrero de 1984.

Transcribo aquí el texto porque no me atrevo a parafrasearlo:

El primer libro de Cortázar que compro después de su muerte, ocurrida en París el 12 de febrero de 1984. Este desolador sentimiento de pérdida, de orfandad, se ve restañado por la convicción de que la obra de Cortázar, su presencia entrañable, no desaparecerá mientras podamos extender la mano para tomar un libro suyo, mientras podamos leerlo con la emoción de la primera vez, mientras podamos llevarlo con nosotros ( y eso será siempre) en la memoria y en el corazón.

14 de febrero de 1984

Monterrey, N.L.     

La Tumba de Cortázar

La tumba de Cortázar, cementerio de Montparnasse, París

 

Una chingonería, el libro y la nota y Cortázar y su obra. Creo que es una buena señal para su permanencia que un pendejo de veintidós años lo lea y escriba sobre él y lo comparta, sobre todo es buena señal porque sé que no soy el único y lejos de ser sólo unos cuantos, se va extendiendo.

Cortázar fue un profeta y un mago y un chamán: que se lea.  Así las cosas irán menos mal.