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Hay mucho de qué hablar


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Gokú contra la pinchez

Recién me decidí volver a escribir. Tengo una excusa: nadie me lo había pedido. Tengo otra excusa: he estado leyendo bastante y cuando no, veo caricaturas y últimamente me envicié con Breaking Bad. Tengo una más: no sabía de qué hablar. Tengo otra para terminar: una vez con tema, quería escribirlo hasta que sintiera la necesidad.

Hará un par de semanas que asistí a la premier de Dragon Ball Z: La Batalla de los Dioses. La serie en cuestión es muy significativa para mí, crecí con ella. Casi no puedo recordar algo más antes de la segunda mitad de mi primaria que no fuera Dragon Ball.

De la película no diré más que el título, prefiero que la vean. Mejor diré que fue una intensa experiencia temporal hacia el pasado porque en verdad me sentí niño otra vez.

Fue hora y media de recuerdos que casi se habían perdido y que, sumados a una sala de cine llena (y otras dos en el mismo cine y no sé cuantas más en la ciudad a la misma hora) me daban la impresión de que lo que allí pasaba no era una película sino una especie de memorial de la niñez que, desafortunadamente, ya comenzamos a dejar (o deberíamos, dirán algunos).

Desde hace mucho me pregunto por qué habría que dejar de ser sanamente infantiles, no hablo de niñerías, sino de una disposición consciente a disfrutar las cosas de manera (quizás) desmedida, pero que finalmente le hacen a uno darse cuenta de que la vida no tiene por qué ser pinche, aburrida, monótona, gris, cuasi zombi y lenta. Triste la vida de quien sólo espere la quincena.

Los últimos meses los he pasado leyendo, viendo películas, caricaturas, pintando, escribiendo, practicando en el piano o la guitarra, en fin, estoy haciendo todo lo que dejé de hacer por la escuela o el breve pero infernal trabajo que tuve. Dejé el trabajo por una única razón: algo que se suponía que me gustaba comenzaba a odiarlo porque la empresa que me contrató me quería trabajando de una manera monótona, gris y cuasi zombi, decidí irme por preferir un alma sana a una atacada por un dementor.

Hoy, junto con un amigo, hago lo que quiero, no ganamos mucho pero el hecho de que otra persona que posee la capacidad de proferir sentencias contundentes como si le pagaran me dijo: “El pasto del vecino siempre es más verde: no sabes cuánto te envidio, a mí me pagan bien pero no me dejan tiempo para disfrutarlo, tú tienes todo el tiempo para hacer lo que te gusta”. Eso, sumado a un ejercicio de economía básica me dan la esperanza de que quizás no esté haciendo las cosas tan mal. El episodio ocurrió más o menos así:

–        ¿Cuánto dinero traes?

–        Cincuenta pesos.

–        Ahí está: yo trabajo todo el mes y me quedan cincuenta pesos, tú trabajas dos días al mes y te queda lo mismo.

 

Todo esto para justificar que el mundo real, por llamarlo de algún modo, me vale madre. El valor de algunas cosas es tan volátil que da miedo pensar que el mundo gire en torno a lo que no es más que aire.

Lo que el mundo quiere que te importe no ha demostrado hacer feliz a nadie. Tener el alma intacta, sí.