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Mirada Demiurgo

Eres responsable para siempre de aquello que has domesticado

El Zorro, en El Principito

Advertencia

No tengo ni la menor idea de qué estoy haciendo, esto bien podría no tener ningún sentido.

Últimamente he creído que los humanos somos unos seres sumamente pendejos, le otorgamos mucho a varias cosas que, personalmente, no les veo sentido. Trabajamos cuarenta años para tener derecho a una pensión que nos sustente mientras nos hacemos más viejos, porque sólo podemos usarla una vez que somos viejos. No creo que sea sólo yo, a alguien más debe parecerle esto una estupidez. Sin embargo lo hacemos, algunos son afortunados de trabajar en algo que les gusta y pues bueno, eso aligera un poco las cosas.

No obstante olvidamos algo vital: la vida. Uno no se da el tiempo de esto o aquello, que sí quiere hacer, pero esto otro y aquello, y cuando hay tiempo no hay ganas y uno está muy cansado y todo se va lenta e inexorablemente a la chingada.

No abro por fetiche con la cita del Zorro aunque algo hay de eso. En este capítulo el Principito le pregunta al Zorro: “¿Qué es domesticar?” a lo que el animalito responde “Es algo ya olvidado, significa crear vínculos”.  Si uno crea un vínculo lo más lógico es mantenerlo sino vale madre. Así uno se hace al hábito de cuidar un jardín o mínimo una florecita, o de ensayar las piezas que ha sacado porque sí, porque si no se olvidan y yo sé lo frustrante y triste que es no poder continuar con una pieza cuando en la cabeza se tiene la melodía pero los dedos simplemente están perdidos y no recuerdan las siguientes posiciones, es una catástrofe.

Catástrofe es que todo se vaya al pito porque uno no le da su lugar a un vínculo. Piensen en una cuerda que le sale a uno del cuerpo y lo liga con un instrumento o una persona o una mascota o con una actividad (el trabajo no tiene por qué ser discriminado y aprovecho para decirlo). El mal de hoy es pensar que hay algo por encima del resto: ninguna cuerda es prescindible ¡Vean una guitarra, chingao! Funciona con más, pero nunca con una cuerda de menos.

Ahora vamos a otra cosa: decidir sobre los vínculos. Tomar una postura está cabrón, máxime si pensamos que uno debe hacerlo sabiendo que afectará invariablemente a cual quiera sea la contraparte y quizás a los terceros y aún más si pensamos que el cerebro ya está bastante ocupado manteniéndonos con vida y encima lo ponemos a trabajar con pendejadas. No sorprende que la caguemos como si por ello nos pagaran.

Pero vaya, cagarla es una parte fundamental de la existencia.

No importando la naturalidad intrínseca en hacer pendejadas uno invariablemente lo resiente. Y es que sí, uno por ejemplo va tocando algún preludio o yo que sé y fatalmente toca la nota equivocada, el resultado no es otro que el siguiente: todo suena a cagada.  Pero como siempre, uno sigue y en fin, puede ser que a la audiencia le guste y piense que así va, o que es la versión de uno y habrá alguno que le guste, siempre hay quien.

Pero los necios me entenderán, hay un consuelo oculto en la naturaleza. Personalmente recurro a él asiduamente para no sentirme tan mal: los universos paralelos.

Sí, no es broma, yo creo realmente en eso. Para explicarles el por qué tengo que decir una que otra mamada antes.

La teoría de la mecánica cuántica explica el comportamiento de las partículas elementales, y en esas escalas pasan cosas muy raras. Una de tantas excentricidades es que las partículas que fundamentan la realidad son, en parte, una bruma de probabilidades. Los electrones, por ejemplo, mientras no haya una medición de su ubicación exacta pueden estar localizados en todas partes al mismo tiempo.

Otra cosa que ya se sabe y que de hecho cualquiera podría estar familiarizado es que los electrones se ubican en órbitas alrededor del núcleo de un átomo. Lo que no muchos saben es que estas órbitas son inviolables, es decir, que cuando un electrón cambia de un nivel orbital a otro, no necesita viajar por el espacio que los separa, sólo desaparece de un lugar y aparece en otro.

La medición, para no desviarnos, colapsa la probabilidad en una sola posibilidad: la realidad. El acto de observar funda el cosmos, las cosas son lo que son porque las vemos o tocamos u oímos. En teoría, si no vemos algo, ese algo puede ser todo a la vez.

Esto lleva a pensamientos muy coquetos sobre qué chingados es la realidad. Ahora se va aceptando cada vez más que la realidad que vemos es sólo una versión de tantas que podrían pasar. Se cree que cuando uno realiza una acción el mundo y todo el universo se escinde y ambas cosas suceden pero cada una en su dimensión. La llaman la teoría de los universos múltiples.

Si no vemos los otros mundos paralelos es sólo porque siempre estamos midiendo y por consiguiente las probabilidades colapsan sólo en la que vemos. Pero las otras están ahí, en alguna parte.

Hay ya indicios consistentes de los mundos paralelos. Andrew Cleland es un científico de la Universidad de Berkeley que bien podría ser el primer humano en avistar una realidad distinta a la nuestra. Se le ocurrió que si la materia que vemos, incluidos nosotros, por supuesto, estamos hechos de las mismas partículas que describe la mecánica cuántica, deberíamos poder ver los efectos tan extraños de ésta incluso en el nivel macroscópico.

Para probarlo realizó un experimento, introdujo un transistor en una máquina que lo aislaba de toda medición, ni luz, ni sonido podía entrar en ella, además enfrió la máquina casi al cero absoluto (-273 C°) y luego se dedicó a esperar los resultados. Su experimento consistía en disparar un solo cuanto de energía al transistor, éste, a su vez, sólo podía tener dos estados posibles: 1. Recibir el cuanto de energía; 2. Dejarlo pasar. Lo que sucedió ni el mismo Cleland se lo esperaba, el transistor recibía la energía y la dejaba pasar, al mismo tiempo.

El experimento de Cleland demuestra que los objetos macroscópicos están sujetos a las mismas leyes de la mecánica cuántica, por lo que  versiones distintas de mi vida o la tuya o la de quien sea están allá en algún lugar del universo. En alguna de ellas, quizás yo sea feliz o tome decisiones más acertadas o quizás no dé la nota equivocada.

Pero no se piense en esto como un remedio contra tener que lidiar con las consecuencias de lo que hacemos o no, mi idea al mencionarlo es otra y, como siempre, he dejado lo más perturbador para el final: el biocentrismo.

Esta es una idea radicalísima de un sujeto llamado Robert Lanza. El biocentrismo consiste en llevar al límite algunos conceptos de la mecánica cuántica, muy especialmente, aquel que dice que el acto de observar colapsa la probabilidad y nos deja con una única realidad.

Lanza piensa que si esto es correcto y se aplica a todo el universo y no sólo al mundo subatómico significaría que la conciencia juega un papel fundamental en el desarrollo del universo: el mundo es producto de la mirada que escruta, todo empieza y termina en nosotros, cuando cerramos los ojos el espacio y el tiempo se disuelven y entramos en un terreno muy similar a los sueños. No se requiere ser muy estudiado en física para pensar que Lanza ha mamado mucho, pero ¿y si sí? Si como el piensa somos pura conciencia, nuestro deber para con la realidad sería enorme porque lejos de ser sus actores, seríamos sus demiurgos.