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Hiper-Cortázar

Ya he hablado de Julio Cortázar, sí, posiblemente un fetichismo, pero no él sino Rayuela, su novela de 1963, monumental, paradigmática y maravillosa. Esta vez, más que otras veces, no sé por dónde empezar.

Rayuela es un libro-objeto, una interfaz. Llegué a esto poco a poco, lo he leído ya unas cuantas veces y si hay algo claro es que el papel del lector es fundamental (sí, los libros no se leen solos), pero lo que hace vital la participación del lector en Rayuela es la estructura misma de la novela.

Cortázar habla de un lector hembra y un lector macho, en otras palabras, lector pasivo o lector activo (tuvo sus problemas con el feminismo, pero eso no es lo importante). Rayuela exige un lector activo, siempre atento a los detalles y al devenir del relato. La novela para empezar tiene dos maneras de leerse (o muchas). Una, naturalmente, empieza en el capítulo uno y termina el 56. La otra, diseñada por Cortázar, comienza en los capítulos engañosamente llamados prescindibles, saltando intercaladamente con los capítulos imprescindibles, en una suerte de juego que mucho hace justicia al nombre del libro.

Apreciación personal, quizás, pero creo que los capítulos prescindibles completan muy bien la novela, ya sea con sutiles bromas basadas en la incongruencia y el absurdo o contraponiendo estados anímicos de un solo golpe. Además, hay episodios que sólo ocurren en esta sección de la novela como uno de mis favoritos: los dibujos de tiza. Me permitiré resumirlo porque simplemente me prende.

Horacio Oliveira y Pola pasean por la ciudad, Pola es con quien Oliveira “engaña” a la Maga (las comillas no las explicaré, mejor lean el libro, es bueno, no se arrepentirán). De un momento a otro se detienen a observar unos dibujos de tiza en el pavimento y discuten sobre lo efímeros que son, en una maravilla de diálogo podemos decir que se termina diciendo que no hemos venido para existir, sino para durar. Rayuela es un libro para pensar, filosofía, la vida misma, es una historia real.

Pero bueno, ya me metí en detalles y antes de continuar haré una brevísima sinopsis: Horacio Oliveira es un argentino en un París del cincuenta y tantos. Intelectual y vagabundo, pasea sin rumbo, mantiene una relación con la Maga que ha venido a menos. Pero no sólo su relación con la Maga, su vida entera es una mierda que pronto le va explotar en al cara (esta imagen no es gratuita). En Fin, París se acaba y regresa a la Madre Patria. Siempre buscando, ese es Horacio: buscar era mi signo, dice en algún momento.

Hasta aquí con los detalles.

La búsqueda, el imperativo categórico de la novela. Los personajes son bocetos que se completan mientras encuentran su lugar preciso en el engranaje de Rayuela. Y de todos, es la Maga el principal, es el centro, es el fin. Es quien lleva a Horacio al infierno y a buscar subir al cielo (en Argentina la casilla uno de la rayuela es la Tierra y la diez, el Cielo). Todo es una búsqueda. Rayuela es la Búsqueda, y queda muy claro desde su comienzo: ¿Encontraría a la Maga?

Bello el detalle de escribir una novela a una mujer desconocida. Cortázar concibió la idea por una chica que conoció en el barco que lo llevó a Europa desde la Argentina. La encontró casualmente en más de una ocasión en París. Así, sin previa cita: andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos. Pero de un momento a otro ya no sucedió. Rayuela es una historia verídica, es la vida que le ocurre a uno mientras navega entre sus líneas.

Mucha de su verosimilitud la achaco a una fórmula genial que Cortázar importó de la ciencia, específicamente de la física y aún más específico de la cuántica. Esta fórmula es la natural aleatoriedad e incertidumbre. Cortázar abre puertas que sabrá el diablo si se cerrarán de nuevo. La historia se desencadena orgánicamente y lo que vuelve, vuelve; lo que no, queda indeterminado. Magistralmente Cortázar llevará a sus últimas consecuencias esto en 62/Modelo para Armar, un libro que es una trans-gre-sión-cons-tan-te.

Pero ya me he alejado bastante. Vuelvo ahora a mencionar la particular función de objeto que el libro posee. Es un libro que se navega (sí, esa palabra que se usa para hablar de la internet). La  vasta potencia que encierra un libro de estas características radica en su incalculable número de variaciones, es un libro para leerse como a uno le venga en gana y no obstante, en teoría, conservará su narrativa. La idea de un libro como este podrá resultar extraña pero son los detalles lo que lo hacen virtualmente infinito. Sus capítulos, aunque relacionados, conservan su independencia unos de otros, el libro es un cosmos en toda la extensión de la palabra: con átomos que se vinculan, pero que siguen siendo átomos. De esta manera las permutaciones carecen de restricciones.

Fantástico el parecido de la obra con la fragmentaria vida que ahora tenemos. Entre pantallas e hipervínculos nos vamos multiplicando, escindiendo de a poco la atención nuestra en una multitud de historias que comienzan y que nunca terminan. Rayuela se parece mucho la vida, para Cortázar un buen libro siempre termina por parecerse tanto a la realidad que se confunde o la suplanta, un quijotesco acercamiento a eso que han llamado meta-narrativa.


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Cinema Cerebral

 

How happy is the blameless vestal’s lot!

The world forgetting, by the world forgot.

Eternal sunshine of the spotless mind!

Each pray’r accepted, and each wish resign’d

Alexander Pope, Eloisa to Abelard

 

Entre tanta pinche nada que ahora es mi vida, enfermo y vaya a saber cuándo estaré mejor, he tenido mucho tiempo para darle vuelta a las cosas, analizarlas, estudiarlas y bueno, en pocas palabras, darles la importancia que tal vez no deberían.

Eterno Resplandor de una Mente Sin Recuerdos, es una película que en su momento vi una tras otra vez sin cansarme y hasta la fecha podría hacerlo. El guión es autoría de Charlie Kaufman y la realización corrió a cargo de Michel Gondry. Corría el año de 2004 y ganó un Oscar a mejor guión original, merecidísimo.

Como tantas otras veces seré breve y poco claro en la sinopsis, porque si no han visto esta película deben verla, vírgenes de toda expectativa.

La historia nos presenta a Joel Barish quien ha tenido problemas con su pareja Clementine, la cual ha decidido no sólo botarlo sino que lo ha borrado por completo de su mente y sus recuerdos mediante un tratamiento ideado por el Doctor Howard Mierzwiak. Hasta aquí los dejos porque el enredo consecuente es crucial para el desarrollo de la película.

Lo que quiero destacar de Eterno Resplandor es, quizás, una necedad mía. Producto, muy probablemente, de la incubación de una idea en mi cabeza y el tiempo libre que me he visto forzado a tomar.

La idea en cuestión es que la estructura narrativa de la película, su aparente caos diegético y los detalles finísimos que convierten en angustia pura las secuencias más emotivas son producto de un trabajo bien fundamentado y desarrollado por Kaufman y Gondry en cuanto a lenguaje cinematográfico se refiere.

Los que la han visto ya sabrán de lo que hablo, los que no, pues véanla.

La confusión clarísima a la que Joel se enfrenta durante el tratamiento de borrado de memoria se traduce de manera contundente al espectador, si este tiene la sensibilidad apropiada o simplemente le quiere encontrar tres pies al gato. El punto es que las imágenes oníricas de Joel discurren exacto como se sueña.

Los sueños no carecen de sentido, el caos aparente es fruto de un limitado entendimiento del mecanismo que los produce, por supuesto esto está lejos de todo control y quizás tantos que estudian la materia (y por supuesto yo que no tengo vela en el entierro) podrán estar equivocados. Pero a grosso modo el funcionamiento de los sueños se basa en dos principios: el metonímico y el metafórico. Es una substitución de sentidos mediante partículas lingüísticas específicas que pueden tener o no una relación clara con los elementos del sueño que se tenga. Me explico: si sueñas  que estás en el salón de clases de tu primaria y platicas con un niño que reconoces como un viejo compañero de estudios y te distraes e inmediatamente te encuentras en una plaza de toros ¿cuál podría ser la relación? El nombre de tu compañero, suponiendo que se apellidaba, digamos, Toro. Los sueños se estructuran mediante el lenguaje y es así como podemos desenmarañar un poco sus sentidos, claro que mucho queda oculto por el velo inconsciente de la mente de uno, o quizás uno simplemente no quiera averiguar más sobre lo que pueda significar tal o cual imagen, aun sabiendo la posible causa. Agradezco a un querido maestro mío por la cátedra iniciática al conocimiento de este mundo tan fantástico que es la mente.

Y continúo.

Este mecanismo es usado por Joel para ir saltando de recuerdo en recuerdo, salvando a Clementine del olvido, urdiendo falsos recuerdos, nuevos sueños, donde ella pueda permanecer latente para llamarlo a buscarla en Montauk, bellísimo argumento. Algo que no perderé la oportunidad de mencionar y que tal vez haya llegado a ello por tantas veces que la vi es que Joel y Clementine comparten cierta conciencia ¿de qué otro modo pueden coincidir en la cita?

La mente es una frontera enigmática regida por sabrá el diablo qué leyes, pero no es un desmadre. Hay orden allí, voluntad y conciencia son la clave para explotar algo más que el paupérrimo velo que con 400 millones de años de evolución apenas hemos rasgado.

Eterno Resplandor es así mismo un portento de sutilezas. Pese al enredo que puede parecer la historia, los indicios van llegando a su tiempo. Es una película que se construye en el cerebro. Es exigente con quien la ve y generosa con quien la entiende, porque la historia te sucede.


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Alex DeLarge y El gran error del Descuido

–        Es el problema de la sociedad

–        ¿Que no hay trabajo ético?

–        No, que no hay juego ético

Arnold y su abuelo, Hey Arnold!

Fue una actualización en Facebook [sí, yo pierdo mucho el tiempo allí] la que me involucró en una curiosa conversación que debió ser interrumpida por una necesidad casi patológica de darme un baño, que a su vez fue interrumpida por verme arrastrado a una velada a la que realmente no quería ir, lo que esta vez me dejó pensando seriamente en la nada sutil diferencia entre Ética (con mayúscula, como ha de ser) y moral, pero que por un descuido de las palabras y sus significados fundamentales  hemos llegado a tomar una por otra, lo que me parece aberrante.

No sé por dónde empezar, así que lo haré por el libro y la película, Naranja Mecánica, y ya veremos cómo va la cosa para entrar realmente al tema.

A Clockwork Orange es una novela de Anthony Burgess de 1962, que fue adaptada de una manera brillante por Stanley Kubrick unos años después.  Seguro pocos no la han visto, de manera que seré breve en la descripción.

Alex DeLarge es un joven algo violento y descarriado en un Londres futurista aunque no mucho (1995) que gusta de beber leche con drogas que ya se han convertido en parte de mi jerga geek y que menciono rápidamente:  vellocet, drencrom y synthemesc, en el Korova Milk Bar. Bueno, la historia comienza allí, donde los drugos recargan energía con unos sorbos y se van a una noche loca como tantas otras, en estas salidas es donde incluyen en el itinerario una pelea con otra pandilla, el robo de un auto, el allanamiento de dos casas y un asesinato.  Alex es capturado y puesto a disposición de las autoridades, para luego ser seleccionado como sujeto experimental para el tratamiento Ludovico,  que consiste en ver imágenes violentas con la 9° de Beethoven sonando a todo lo que da para condicionar la conducta a no ser violenta, es decir, normal, pinche palabra.

Como otras veces, no daré más detalles de la historia y sólo los invito a verla o leerla, que ambas tienen lo suyo.

Detalle importante es que el libro, originalmente de 21 capítulos, fue publicado en Estados Unidos sin el último de éstos, lo que fue un gran, gran atino por parte de los editores (digo yo), ya que este capítulo resulta un tanto moralista. Léanlo, y hagan ustedes su balance que el mío no tiene por qué gustarles.  Pero lo importante de esto es que Kubrik realizó la adaptación desde esta versión incompleta ¿importante por qué? Porque creo yo que le da la fuerza simbólica justa para entrever el resbaloso asunto de la libertad y la moral y la Ética (otra vez, con mayúscula).

Ahora van las palabras:

Moral viene del latín y el original griego y su raíz es costumbre. Es un conjunto de normas que regulan la conducta en sociedad.

Ética, por su parte, viene del griego y su raíz es carácter. No es un conjunto de normas, es una rama filosófica que estudia esas normas. La Ética analiza la moral, sus fundamentos y su finalidad; y por lo tanto, debiera ser la plataforma desde la cual pensar la moralidad y no al revés, porque si no viene un desmadre y… sólo vean detenidamente a su alrededor.

Descuidar la correcta instrucción ética nos ha metido en un gran problema. Somos bilaterales y ya. Los juicios morales han caído en un absolutismo dicotómico absurdo del bien y el mal. Recordemos la raíz, moral es costumbre, y no hace falta ser un erudito para notar que las costumbres son vastísimas en número y de un carácter principalmente atómico, es decir, muy particular. Los entramados culturales de los cuales brotan las normas que rigen tal o cual sociedad son determinadas por la Historia y su devenir, redundando un poco: por la cultura y la sociedad, se legitiman en el tiempo, pero el tiempo transcurre y se diluye, la gente cambia, así también la cultura y por supuesto, también los juicios. Habrá que hacer un paréntesis aquí para tener en cuenta cierta noción de costumbre un tanto más apegado a lo ritual que no cambia, pero que cumple con una función de arraigamiento a lo simbólico del lugar o del fenómeno ritualista, que nos otorga otra característica temporal: la continuidad, y por eso podemos saber quiénes somos, por la historia.

La Ética, ahora,  debe juzgar la solidez y validez de la escala de valores teniendo en cuenta todo lo anterior, pero abarcando no sólo la partícula, sino todo el universo. Por eso podemos decir que a la Ética, bien y mal, le vienen valiendo un pito. Porque no son fuerzas contrarias que determinarán nuestro destino en la batalla del final del tiempo. Son emanaciones, una de la otra, que constituyen una forma cabal de entender el mundo. No es el blanco contra el negro: son los matices que nos dan el espacio para actuar con la conciencia de que somos parte de un organismo complejo. En el Ying y el Yang, el uno contiene al otro y viceversa, y se orbitan y se atraen, se necesitan.

Pero volvamos al ejemplo:

Alex DeLarge es víctima y victimario, no se puede negar que lo que ha hecho constituye un crimen. Sin embargo, Alex sólo responde a una pulsión natural que es el Eros, atraído, como la física y el magnetismo pueden explicarnos, al Thanatos. Su conducta no es otra más que la natural, pero desvinculada, es decir, le hace falta la conciencia del Otro. Por otro lado, representa la imagen más pura del individuo libre y castigado por un descuido que no le pertenece a él sino al ambiente, que es responsabilidad de todos.

Saneando la conciencia, curando el alma, atendiendo el deterioro del sentido virtuoso de la vida, estructurando éticamente la moral, educándonos: seremos libres, como Alex, cogiéndose a esa chica, celebrado por la humanidad.