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Del Plano al Hiperespacio

 

El artista holandés Maurits Cornelis Escher, nacido en 1898, legó al mundo una basta e impresionante obra de formas imposibles y mundos matemáticos desconcertantes con su técnica tan depurada de grabado.

Fractales, teselados, perspectivas inauditas y un profundo entendimiento del espacio es lo que nos muestra Escher en su fantástica obra, llena de un orden casi místico, sobrenatural, que favorece una visión extendida del mundo y de la ventana que es el plano, el lienzo, la imagen bidimensional carente de volumen, sin más allá que la superficie del papel o la madera o la pared. Pero ahí está la conciencia, la mente y el guiño, donde tantos vieron una muerte, un punto final, Escher vio materia en otros mundos: Escher, es un poeta de los números, la geometría y lo visual.

Además del gran trabajo técnico no puedo dejar de mencionar una lucha notable: la tendencia al equilibrio, el juego de las formas y el color, los contrarios que resuelven siempre una unidad conceptual del cuadro que le otorga su profundidad y su belleza.

No menos elocuente resulta el hecho, tantas otras veces observado, de la puntual interpretación que el arte hace del mundo y de la ciencia, algunas ocasiones de maneras visionarias: el Espíritu siempre se adelanta.

Otro Mundo II

La obra de Escher puede dar pauta a una comprensión por la vía estética de las teorías que afirman una concatenación de dimensiones que suman complejidad a nuestro ya de por sí complejo Universo.

Particularmente quisiera mencionar algo que parecerá una hipérbole pero que la matemática astrofísica y cuántica respaldan con cierta veracidad. Stephen Hawking subrayó en su libro El Universo en una Cáscara de Nuez una de las ideas más trascendentales sobre los agujeros negros. Lo trascendente de esto radica en la implicación que tendría en nuestra concepción del universo y de nosotros mismos como parte de éste.

Los agujeros negros se encuentran catalogados como singularidades espaciotemporales. Michio Kaku, físico, futurólogo, entre otras cosas, alguna vez comentó que esta palabra, singularidad, es una manera elegante que los físicos tienen para decir que no saben nada. La singularidad es un punto en el cuál una teoría deja de ser válida. La razón por la cual sucede esto puede ser desde que la teoría está incompleta en su estructura hasta que el fenómeno singular se rige por leyes superiores que ni siquiera hemos notado que existen y por nuestra incompetencia las calificamos como caos.

Volviendo al libro de Hawking, los agujeros negros han sido estudiados por la holografía, una rama de la física que, como su nombre lo indica, tiene que ver con los hologramas. Los hologramas, los que compran los niños, los que están en las tarjetas de crédito, sean los que sean, funcionan con el principio de reunir dos imágenes bidimensionales para formar una ilusoria imagen tridimensional. Ahora, ¿por qué son estudiados de esta forma los agujeros negros? La explicación es enorme, pero en resumidas cuentas los agujeros negros son superficies límite del espaciotiempo que, al devorar materia y extraviarla en sabrá el diablo dónde (una violación a la ley de conservación, uno de los pilares de la física, lo cual la derribaría), la transportan a:  1) otro lugar del cosmos expulsándolo a través de un (aún) hipotético agujero blanco; 2) lo transportan a otro (aún) hipotético universo, fungiendo como un Big Bang para esta ramificación de nuestro espaciotiempo; 3) lo transportan a otra (aún) hipotética dimensión. Lo que sea que le ocurra a la materia no es del todo imposible, la matemática lo permite.  Pero volviendo al agujero negro, Hawking cree que esta materia no puede desaparecer del todo de nuestro universo, queda un rastro de información de este lado del agujero, de hecho, sobre la superficie del agujero. Es Aquí donde entra la holografía, supuestamente esta información codificada en la superficie de la singularidad es suficiente para poder reconstituir la materia extraviada, con lo que la ley de la conservación no es violada, así, los agujeros negros son hologramas. En superficies planas se codifican imágenes superdimensionales, Escher nos muestra lo mismo en sus grabados. Es un chingón.

Pero vamos un poco más allá. Otro de los eternos debates sobre el universo, la vida y todo lo demás radica en la forma del universo: ¿plano, hiperboloide, esférico? Para lo que me interesa, que es perturbar, digamos que es esférico. De hecho Hawking en el libro ya citado cree bastante en esto.

Me ahorraré mayores detalles recomendándoles el libro.

Siendo esférico y suponiendo que vivimos en la superficie (imagen análoga a la superficie de nuestro planeta) cabe la pregunta de ¿qué hay adentro? La hipótesis resuelve esto sugiriendo que, como en los agujeros negros, nosotros somos información en la superficie de la tela del espaciotiempo, vulgares sombras de tres dimensiones de una existencia pentadimensional, o superior, en el interior del Universo.

Mejor seguir preocupándonos por tener limpio el auto.

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El héroe, el mito y el espíritu: La leyenda de Aang

Discípulo de Carl Gustav Jung, Joseph Campbell estudió las religiones y los mitos fundacionales de muchos pueblos antiguos desde una postura psicoanalítica, deduciendo por este medio una suerte de estructura básica aparentemente inherente a los deseos y pulsiones naturales de la condición humana en un nivel discursivo y narrativo que explica los cuestionamientos más prístinos del cosmos: la creación del mundo y de los hombres, y el devenir histórico.

El postulado de Campbell habla sobre un supuesto monomito, un discurso que funge como cimiento de toda construcción mítica, legendaria o narrativa y que implica elementos de la psicología humana desde las primeras etapas del desarrollo hasta la madurez. Es decir, los mitos nos hablan de cómo somos y cómo nos formamos, son narraciones originales en el sentido de que nos hablan del origen. De tal forma, cada región, país o religión tiene su versión particular del origen del mundo, inspirada e influenciada por su entorno, por sus costumbres y tradiciones y por su historia, todo esto reflejado en los textos ya sean escritos o transmitidos oralmente de manera metafórica.

Una de tantas coincidencias entre los distintos mitos revisados por Campbell es la invariable aparición de El Héroe, personaje de características particulares que van desde una entereza ética inquebrantable hasta suertes mágicas que le otorgan poderes o fortuna. De una u otra manera, el héroe es el elegido y como tal, debe afrontar su destino: la salvación de su pueblo y la trascendencia. Suena fácil así, sólo escrito. Pero remito a la obra El Héroe de las Mil Caras, de J. Campbell, para ahondar en el tema y las vicisitudes que el desdichado, llámese como se llame (Buda, Jesús, Frodo o Luke Skywalker), debe pasar para completar su misión y destino.

En fin, todo el preludio como pretexto para hablar sobre una curiosa serie transmitida por Nickelodeon: Avatar, La Leyenda de Aang.
Antes de continuar aclaro que hablaré de la serie animada y no de la película, la cual ni he visto.

La Leyenda de Aang narra la historia de… sí, Aang, un niño de 112 años que escapó de su hogar por que lo separaron de su maestro y amigo, el monje Gyatso, para entrenarlo alrededor del mundo y convertirse en un Avatar pleno, cosa que Aang nunca quiso ser.

Contextualizo:

En el universo que propone esta serie el mundo está divido en cuatro naciones, cada una representada por un elemento de la naturaleza, a saber: Las Tribus del Agua (Norte y Sur, se ubican en los polos y en los pantanos), El Reino Tierra, La Nación del Fuego (la más industrializada ya que pueden crear metal por su poderes con el fuego y generar energía con carbón por la misma razón) y Los Nómadas del Aire (esparcidos por el mundo en cuatro templos, Norte, Sur, Este y Oeste).

Cada nación tiene su territorio y su población, la cual puede o no ser Maestro del elemento correspondiente a su nacionalidad. Ser Maestro implica poder controlar el elemento en cuestión: los maestros del agua mueven masas acuosas o las congelan, los maestros tierra hacen lo propio con rocas y porciones considerables de terreno, de igual manera los maestros aire y fuego, con sus respectivos elementos. Cada elemento va ligado con una visión particular del mundo, casi una filosofía o religión, como se guste, y esto se ve reflejado en las enseñanzas que reciben en sus entrenamientos, además de ser perceptible en las personalidades de cada nación.

Los Controles de los elementos son usados para realizar tareas, construir, fabricar tecnología o para la diversión. Sin embargo, en un aspecto no tan relajado, son usados para la defensa militar o para la meditación trascendental debido a su conexión íntima con la naturaleza.

El mundo debe estar equilibrado (las caricaturas sí enseñan pero tristemente no aprendemos), para lo cual existe la figura de El Avatar, un maestro capaz de controlar los cuatro elementos y que recibe la carga de armonizar a todas las naciones unas con otras, y al mundo entero con el Mundo de los Espíritus. El Avatar es elegido de manera vitalicia y rencarna en algún niño de la siguiente nación del ciclo de los elementos (Agua, Tierra, Fuego y Aire). Es elegido al constatar que entre miles de juguetes el niño toma los cuatro que pertenecieron a todas sus vidas pasadas (algo similar a la verdadera forma en que se eligen los Dalai Lamas, hasta donde sé) y que cada uno de estos juguetitos representa a un elemento y por tanto a una nación.

Ahora continúo con la historia: Aang es un maestro aire que desafortunadamente le toca vivir el comienzo de una guerra liderada por la Nación del Fuego para conquistar a todo el mundo. Debido a esta eventualidad, los monjes que lo cuidan y lo entrenan deben revelarle su condición de Avatar cuatro años antes de lo que dicta la tradición (a los 16 años). Debido a esto, Aang se siente sumamente angustiado y las cosas empeoran cuando sus superiores deciden mandarlo a entrenar en otro Templo del Aire. Es aquí cuando Aang escapa, cayendo en una tormenta al mar y congelándose en una burbuja en un estado espiritual latente llamado Estado Avatar, que lo preserva con vida ante la inminente amenaza de ahogarse. Así permanece Aang durante cien años, despertando cuando la guerra está por terminar, recibiendo la ayuda espiritual de su predecesor Avatar Roku, quien le dice que debe derrotar al Señor del Fuego para recuperar el equilibrio del mundo antes de que sea demasiado tarde.

No digo más, la serie es excelente y la recomiendo ampliamente.

Continuaré diciendo que La Leyenda de Aang es un buen ejemplo de la tesis de Campbell, los elementos de la creación mitológica son palpables. La razón del mundo, su origen, son dados a cuentagotas en tal o cual capítulo, otorgando al seguidor atento un mapa bastante elocuente de la cosmogonía del universo de la serie.

El bagaje cultural es exquisito para quien se dedica a escudriñar los contenidos y no sólo a ver la serie por encima y sin ningún cuidado. Una interesante mezcla de épicas, filosofías y posturas espirituales dan como resultado un muy completo y congruente marco referencial sobre el cual los personajes actúan de tal o cual forma y que permiten al espectador darse cuenta que la línea, por decir algo, entre el bien y el mal, no es para nada evidente y dicotómica en este contexto: los matices son fundamentales en Avatar, le otorgan volumen y sustancia a lo que el programa nos dice, es un manual para curar el alma, porque es lo que Aang habrá de hacer para convertirse en Avatar.

Para muestra de este último punto sólo hace falta mencionar un capítulo de la tercera temporada donde Aang emprende un viaje espiritual con su vida pasada, Avatar Roku, para conocer su pasado. Frases puntuales y certeras acompañan el argumento del episodio como:

“Para poner fin a esta guerra debes saber cómo empezó”
“El amor duele cuando se es joven”
“Hay amistades tan fuertes que trascienden la vida”

¿Programa para niños? ¿Una serie sin fundamento? ¿Devaneos, absurdos? Véanla y discutimos al respecto.

Nota: La Leyenda de Aang actualmente se retransmite en el bloque nocturno de Nickelodeon los fines de semana, esto como contexto para la nueva serie y spin off: Avatar, La Leyenda de Korra, ambientada 100 años delante del tiempo de Aang, y que cuenta la historia de Korra, la nueva Avatar, en un mundo de los años veinte y cuya trama gira en torno a una revolución social alimentada por el resentimiento entre clases sociales ¿interesante, no? La Leyenda de Korra se transmite los sábados y domingos a las 12.30 del día en el mismo canal.


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Calamardo Tentáculos: la realidad laboral; o de cómo el cinismo nos salvará el alma

 

No dejes que tu corazón se escape, a menos que a tu cerebro le salgan pies y lo siga

-Patricio Estrella-

 

Lo cierto es que las cosas no van bien. En el actual ambiente de controversia por la reforma a la Ley Federal de Trabajo en México la desinformación es una constante, rumores terribles sobre salarios que serán aún más paupérrimos no se dejaron esperar. Lo más certero es que una reforma que se esperaba histórica resultó en un remedo, un vulgar parche a la deteriorada figura legislativa que era y la causa no es otra que la falta de consenso dentro de la Cámara.

Mientras una bancada se retira en plena votación, el presidente halaga la parcial aprobación de la reforma y opiniones y manifestaciones encontradas se dan aquí y allá y lo único que va quedándonos es la actitud.

Calamardo Tentáculos, del programa de Nickelodeon, Bob Esponja (SpongeBob SquarePants), es ciudadano de Fondo de Bikini, una ciudad submarina que aventuro, por el nombre, que se ubica bajo el atolón Bikini en el Pacífico sur, forma parte de la nación insular de las Islas Marshall y actualmente está deshabitado. A mediados del siglo XX fue sitio de pruebas nucleares y estuvo bajo administración estadounidense hasta 1990, pero eso no es lo importante.

Calamardo vive entre las casas de Patricio y Bob Esponja, y como éste último, trabaja para Don Cangrejo en el Crustáceo Cascarudo. A Calamardo no le gusta su trabajo, de hecho lo detesta y no tiene empacho en admitirlo. Le hecha en cara a Don Cangrejo las deplorables condiciones en que los mantiene laborando: horas extras, un salario infame, ni un día de vacaciones, en algunos capítulos nos enteramos que lejos de pagarles, Don Cangrejo eventualmente les cobra, entre otras cosas hilarantes. Pero de broma en broma la verdad se asoma.

La situación no dista mucho de lo patético que es trabajar en el Crustáceo. La generación que ahora egresa, la mía, y las siguientes, nos topamos con un cada vez más difícil ambiente laboral. Pocas esperanzas de mejora se esfuman al darnos cuenta de que cada vez somos más y cada vez hay menos. Lo más triste es que hasta cierto punto es natural: la tecnología nos  ha hecho prescindibles. Habrá que encontrar nuevas cosas qué hacer, que aún no pueda hacer una computadora o un robot y ser felices mientras dure.

Aún más, ante el sombrío panorama financiero mundial, el apocalipsis parece cantado.

Pero no todo es tristeza y amargura, desolación y oscuridad. Calamardo nos enseña que el cinismo en una vía. O, quizás, La Vía.

Calamardo soporta su mediocre vida porque en el fondo cultiva algo que a todos se nos olvida: el alma. Clarinetista, pintor, escultor, coreógrafo, jardinero y diseñador de interiores, Calamardo sabe de la vida. No tiene reparo en restregarle a otros su superioridad intelectual y, aunque egocéntrico, su cinismo no es consecuencia de otra cosa más que de su ambiente: monótono, plano y anodino. Su trabajo lo explota a él, no a su talento y como siempre, hay alguien con más suerte que quizás no debería gozar de tantos de sus sueños, Calamarino Elegante. En fin, es Calamardo contra el mundo.

El cinismo, por su parte, fue una escuela de pensamiento griega surgida alrededor del siglo IV a. c. y que sobrevivió hasta el siglo V de nuestra época. Reinterpretaron la doctrina socrática, elaborando un modo de vida muy austero, el cual les valió el nombre (cínico, del griego kyon, perro).

Quizás la vida de Calamardo no parezca muy austera con su queso importado o sus baños de burbujas. Pero los cínicos no sólo se desprendieron de lo material, sino que pensaban que la verdadera civilización y la dicha se conquistarían por la autonomía y el espíritu. ¿Qué más le da a Calamardo que Don Cangrejo le cobre en vez de pagarle si al llegar a casa pone un disco? La actitud de Calamardo es realmente cínica, pese a toda disonancia encuentra la manera de adecuarse al entorno: los cínicos buscaban la comunión con la naturaleza (ellos inventaron la palabra cosmopolita, que en su etimología, literalmente significa ciudadano del universo). Calamardo, en la música, encuentra esta unión. No son pocos los capítulos donde el personaje alcanza la alegría, que en tantas otras ocasiones se le escapa, con la música. El velo de irreverencia y amargura es sólo un escudo contra el resto. Calamardo mantiene limpia y sana el alma, y eso es justo lo que deberíamos de comenzar a hacer al tiempo que buscamos empleo.

Por más Crustáceo Cascarudo y Don Cangrejos que encontremos, hay que tener presente que el alma no vive de dinero, sino de lo que cada uno ame.