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Hay mucho de qué hablar


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Gokú contra la pinchez

Recién me decidí volver a escribir. Tengo una excusa: nadie me lo había pedido. Tengo otra excusa: he estado leyendo bastante y cuando no, veo caricaturas y últimamente me envicié con Breaking Bad. Tengo una más: no sabía de qué hablar. Tengo otra para terminar: una vez con tema, quería escribirlo hasta que sintiera la necesidad.

Hará un par de semanas que asistí a la premier de Dragon Ball Z: La Batalla de los Dioses. La serie en cuestión es muy significativa para mí, crecí con ella. Casi no puedo recordar algo más antes de la segunda mitad de mi primaria que no fuera Dragon Ball.

De la película no diré más que el título, prefiero que la vean. Mejor diré que fue una intensa experiencia temporal hacia el pasado porque en verdad me sentí niño otra vez.

Fue hora y media de recuerdos que casi se habían perdido y que, sumados a una sala de cine llena (y otras dos en el mismo cine y no sé cuantas más en la ciudad a la misma hora) me daban la impresión de que lo que allí pasaba no era una película sino una especie de memorial de la niñez que, desafortunadamente, ya comenzamos a dejar (o deberíamos, dirán algunos).

Desde hace mucho me pregunto por qué habría que dejar de ser sanamente infantiles, no hablo de niñerías, sino de una disposición consciente a disfrutar las cosas de manera (quizás) desmedida, pero que finalmente le hacen a uno darse cuenta de que la vida no tiene por qué ser pinche, aburrida, monótona, gris, cuasi zombi y lenta. Triste la vida de quien sólo espere la quincena.

Los últimos meses los he pasado leyendo, viendo películas, caricaturas, pintando, escribiendo, practicando en el piano o la guitarra, en fin, estoy haciendo todo lo que dejé de hacer por la escuela o el breve pero infernal trabajo que tuve. Dejé el trabajo por una única razón: algo que se suponía que me gustaba comenzaba a odiarlo porque la empresa que me contrató me quería trabajando de una manera monótona, gris y cuasi zombi, decidí irme por preferir un alma sana a una atacada por un dementor.

Hoy, junto con un amigo, hago lo que quiero, no ganamos mucho pero el hecho de que otra persona que posee la capacidad de proferir sentencias contundentes como si le pagaran me dijo: “El pasto del vecino siempre es más verde: no sabes cuánto te envidio, a mí me pagan bien pero no me dejan tiempo para disfrutarlo, tú tienes todo el tiempo para hacer lo que te gusta”. Eso, sumado a un ejercicio de economía básica me dan la esperanza de que quizás no esté haciendo las cosas tan mal. El episodio ocurrió más o menos así:

–        ¿Cuánto dinero traes?

–        Cincuenta pesos.

–        Ahí está: yo trabajo todo el mes y me quedan cincuenta pesos, tú trabajas dos días al mes y te queda lo mismo.

 

Todo esto para justificar que el mundo real, por llamarlo de algún modo, me vale madre. El valor de algunas cosas es tan volátil que da miedo pensar que el mundo gire en torno a lo que no es más que aire.

Lo que el mundo quiere que te importe no ha demostrado hacer feliz a nadie. Tener el alma intacta, sí.


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Por nuestra cuenta


¡Vamos a entrar en acción, a corregir un error, vamos a hacer justicia!

La abuela, preparando la vestimenta de ladrón, Hey, Arnold!

 

Llevo al menos dos semanas huyendo de escribir porque no se me ocurre nada. Lejos de no ocurrírseme nada, no quiero. No quiero porque 1) tengo una gran lista de pendientes (libros, películas, documentales); 2) me cuesta mucho más ahora que antes; 3) no tengo idea de qué escribir; 4) escribir no me da de comer; 5) me estoy cansando de saber qué pienso porque ya ni a mí me interesa. Creo.

Con la cada vez más palpable incapacidad de renunciar a mis placeres, escribiré mientras completo otro, un disco que compré hace ya un tiempo y no me había dado el tiempo de escuchar.

Hoy voy a escribir de lo que se me venga a la mente y lo primero que llegó fue Hey, Arnold! Sí, la caricatura de Nickelodeon, la del cabezón.

Hace unas semanas tuve una conversación que de un momento a otro terminó haciendo referencia a esa misma caricatura. Hace dos semanas también, la semana pasada, igual, hace unos días, lo mismo.

No daré más detalles más que los que ya seguro casi todos conocen: el protagonista es Arnold, un niño rubio con cabeza de balón de fútbol americano y huérfano de ambos padres. Vive con sus abuelos en una ciudad ficticia que combina características de Londres, Nueva York y San Francisco, su casa es una casa de huéspedes en la que viven personajes la mar de interesantes empezando por sus raíces. Los amigos de Arnold igual vienen de aquí y allá, asiáticos, afroamericanos, judíos, latinos.

La serie es la primera de Nickelodeon, creo, que manejaba un ambiente realista. Sin antropomorfismos o súper poderes o lo que fuera. Era así: un niño y sus amigos que van a la escuela y por las tardes pasan cosas comunes de maneras extraordinarias o cosas extraordinarias de maneras muy comunes. Por supuesto que siendo una caricatura las cosas no podían estar tan normales: su abuela está demente, cuando abre la puerta de su casa sale una manada de animales, su cuarto parecía del futuro, una criatura prehistórica vive en el lago del parque, hay fantasmas en su casa, uno de los inquilinos era una especie de espía y detalles semejantes.

La maravilla de la serie la ubico en dos cosas: una sana irreverencia, muchas veces gracias a la abuela; y un sentido de la rectitud muy cabrón, casi siempre gracias a Arnold. Combinados son justo lo que necesitamos: hacer las cosas como se debe sin pedir permiso, hacer bien no está mal.

mandíbulas

 

Recuerdo un capítulo donde Arnold visita el acuario de la ciudad y la mayor atracción, Mandíbulas, una tortuga, vive en una situación deplorable. Junto a su abuela (que de hecho es quien lo alienta), roban a la tortuga, la atienden y la liberan.

Adjunto el link porque deben ver este capítulo: la abuela tiene momentos de lucidez fantástica donde sus frases son para grabarlas en bronce. El link aquí http://tu.tv/videos/oye-arnold-visita-al-acuario

En un capítulo donde por razones que no recuerdo los maestros de su escuela van a huelga, los niños que al principio eran felices sin clases comienzan a aburrirse, abogan por un acuerdo entre los directivos y los profesores y hacen ver la estupidez del conflicto, al no recibir respuesta, comienzan a estudiar por su cuenta y los adultos caen en la cuenta del error.

Las cosas no se resuelven solas y mucho menos quejándose. No hace falta mucho: darse cuenta de la mierda que vivimos, juntarnos y limpiarle el culo al mundo. No, no va a ser bonito, porque no somos una caricatura, pero sólo así va haber mejora.

Afortunada o desafortunadamente (para rendir homenaje a Schröndinger que hoy que escribo es su natalicio y también porque quizás es lo que necesitamos para empezar a hacer bien las cosas) nos encontramos en una situación en la que los encargados de velar por los intereses de la sociedad hacen todo lo contrario. La política, etimológicamente, se refiere al pueblo, pero les vale un pito. Mas no estamos para echar la culpa, también nosotros, pendejos o flojos o ambos, dejamos toda responsabilidad en otras manos. Etimológicamente, otra vez, ultrajamos el concepto.

Las cosas que son para todos, deberían hacerse entre todos y no es el caso. No sé si estamos más tirados a la mierda de lo permisible, pero si esa fuera la situación lo que nos queda es llamar a la abuela, robar a la tortuga y llevarla al mar. O se nos muere.

¿No se puede? Arnold es, creo, una caricatura fundamentalmente quijotesca, si no lo hubiera escrito Cervantes, lo habría dicho Arnold o la abuela: “Cambiar el mundo, amigo Sancho, que no es locura ni utopía, sino justicia.”


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Invisible a los Ojos

Ayer hablaba con un profesor mío a quien le he aprendido mucho y espero seguir haciéndolo sobre una variedad de temas que fueron desde un sueño que tuve hasta el libro que me regaló (La Mente Nueva del Emperador, sobre cibernética y física). Y de un tema al otro terminé por mencionar un par de capítulos de la serie de divulgación científica “Through The Wormhole”, titulada con ostentosa carencia de imaginación en español como “Grandes Misterios del Universo con Morgan Freeman”, que giraban en torno a fenómenos normalmente tratados de paranormales o, en el mejor de los casos, ciencia ficción. A saber: otras dimensiones, el multiverso, alienígenas y mi capítulo favorito hasta ahora: conciencia, pero no sólo la que me hace saber que yo soy yo sino una más profunda, verdaderamente arraigada en la vida, se habló incluso de una conciencia vegetal.

Me ha llamado mucho la atención desde hace ya algunos años el hecho de que ciencia y religión se van coqueteando cada vez con más soltura porque ¿qué carajos hacen científicos renombrados investigando fenómenos paranormales? Desde que la nueva física nació, y hará más de un siglo de eso, las cosas en esto que llamamos realidad se han puesto no menos que exóticas.

Tan sólo tratar el tema de la física cuántica suena ya más a superstición que poner de cabeza al santo para conseguir pareja y sí, porque, y me pongo de ejemplo, eso de que si uno no mira algo es cuestionable el hecho mismo de su existencia, como el experimento imaginario del gato de Shrödinger, donde uno coloca al minino en una caja con un isótopo radiactivo que puede a) decaer; o bien, b) no decaer; y que dependiendo de eso activará o no un mecanismo que matará al gato y que mientras uno no abra la caja el gato está virtualmente vivo y muerto al mismo tiempo me ha tocado las fibras más sensibles de mi paranoia. Y hace una semana fui yo a una graduación para la cual repetidamente me insistieron en no perder mi invitación porque si no no entraba y yo, precavidamente, la guardé en un lugar muy seguro y la revisaba constantemente, porque no vaya a ser que los átomos y sus estados cuánticos y de una mirada a otra la invitación ya no estuviera y yo me quedaba sin fiesta.

Y ha sido la física, de la cual soy devoto, quien me hace creer en esto porque sí, porque a la ciencia  le gustan los hechos, máxime con cada nuevo experimento que demuestra más fehacientemente la validez de la teoría y con todo mi paranoia no tiene para cuando mejore.

Y a lo que voy es que lo imposible (¿?) va dejando de lado el prefijo y tras una larga historia de muestras inequívocas de que lo comprobable es la norma nos acercamos a un cisma que bien alejados nos va a dejar de lo que otrora considerábamos cierto o, peor (o mejor), real.

Detalles inquietantes:

Una de las soluciones de las ecuaciones de Maxwell sobre la luz se consigue al introducir una quinta dimensión de la cual procedería la onda electromagnética que nosotros vemos como luz.

Más del 99% del Universo es invisible, en forma de materia y energía oscura, lo que vemos y tocamos y sentimos, es menos del 1%.

En las fronteras de la física teórica hay individuos que trabajan la idea de las “no-partículas”, elementos invisibles que sustentarían, en teoría, la realidad.

Ahora vamos al otro lado:

En la tradición hindú un día y una noche de Brahma equivale, curiosamente, a la edad estimada del universo.

En varios mitos fundacionales el cosmos fue creado de la nada, como afirman las teorías más avanzadas.

En algunas religiones, el mundo está organizado por niveles, un número que se repite es el nueve, que en teoría de cuerdas es el número de las dimensiones espaciales.

Me consideraría profundamente afortunado de asistir ya no a una colisión sino a un consenso entre lo mágico y lo científico, porque no nos hagamos pendejos, ambos buscan lo mismo: la verdad.

Ya ha habido en la historia muestras de ello. Georges Lemaître fue un sacerdote católico y astrofísico que apoyó con fuerza la teoría del Big Bang puesto que él había desarrollado una hipótesis llamada el “Huevo Primitivo”, a la cual el mismo Einstein le hizo el fuchi por carecer de suficiente rigor científico, y vaya que Einstein era una persona cabal, en el plano intelectual y espiritual.

Hoy hablamos de agujeros negros, partículas virtuales y dimensiones extra como si cualquier cosa, la ciencia ha avanzado tanto y lo imposible se ha ido debilitando al mismo paso que un escepticismo cerrado y tajante, creo yo, es una regresión vergonzante. Una civilización madura ha de poder dialogar con su historia y su cultura y por tanto sus creencias más profundas.

Hoy, a diez milenios de la construcción de Göbekli Tepe, el presunto más antiguo santuario del que se tenga noticia, donde se erigió la que se piensa es la representación más antigua de un dios adorado de una manera organizada (religión). Deberíamos de tener la entereza suficiente de dialogar racionalmente con esa parte aún latente de nuestro espíritu mágico y místico, porque qué es eso sino la semilla de una curiosidad que nos llevó a preguntarnos por el Origen.

 

–        Hoy casi nadie rinde culto a Thor o a Zeus y nadie tuvo que demostrar que no existieron.

–        ¿Y tú puedes hacerlo?

–        Eso es lo que ustedes temen.

 

Este es un diálogo que sostiene un funcionario de la ONU con Karellen, el líder de los Superseñores, una raza extraterrestre que llega a la Tierra en la monumental novela de Arthur C. Clarke, El Fin de la Infancia.

Hay cosas que la ciencia no puede explicar y quizás nunca lo haga, pero tenemos mucho que pensar sobre el hecho de que material pseudocientífico esté hoy siendo estudiado seriamente, porque el hecho de que no lo veamos no significa que no existe. Si fuera al contrario no estaríamos aquí, porque la materia y la energía invisibles han forjado la estructura misma del espacio en que habitamos.

Lo esencial es invisible a los ojos (sí, de El Principito).

Todo como preámbulo para hablar de un amigo que se fue. Tuve la fortuna de conocerlo en la preparatoria. Coincidimos en una clase de inglés en la universidad y, cuando las clases y su monotonía me eran insoportables, me salía a caminar, de vez en cuando me lo topaba en los pasillos o jardines y platicábamos. Un tipo genial. Era una de las luces que hallaba yo de tanto en tanto en ese páramo que a veces se me hacía la universidad.

Michio Kaku ha dicho: en un universo infinito hasta lo más improbable pasará. Lo imposible no es locura, es cuestión de esperar.    


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Testamento

La política es para el momento. Una ecuación, para la eternidad

Einstein

Quizás alguien piense que tengo muy poca fe en la humanidad y tal vez tengan razón, un poco. Sin embargo yo pienso que denunciar nuestra eminente pendejez es fundamental para ir mejorando paso por paso.

No tengo mucha idea sobre qué hablar, es lo cierto, así que iré escribiendo y a ver qué termina siendo. Ya un programa de televisión que me acompaña a diario y me hace las mañanas me da una pauta certera de qué debe aparecer hoy mientras tecleo.

El programa en cuestión es MythBusters, Cazadores de Mitos, y debo confesarme devoto. Allí, hace unos instantes, un experimento que involucraba una barrera de cinta industrial y un auto a control remoto alineado con una polea y un cable salió terriblemente mal. A lo que Grant Imahara decía: en este programa el fracaso siempre es una opción.

Bien, pues tiene mucha razón y no sólo en el programa.

Ya alguna vez comenté que creo que hacer las cosas mal, pese a hacerlo como si por ello nos pagaran, más que un problema es una oportunidad.

Así ha sido durante mucho tiempo pero hoy me detendré en otro de mis fetiches: la física.

Albert Einstein publicó a principios del siglo XX una teoría y su actualización, diez años después, que por decir lo menos vino a cambiar nuestra percepción de la realidad, así de cabrón fue.

Entre todo eso yace la, quizás, más famosa ecuación de la historia: E= mc2

¿Qué significa?

Para empezar es la razón por la cual las estrellas brillan. Es la razón por la cual estamos aquí, de hecho, es la razón por la cual todo está aquí. Lo que significa es que la energía (E) es equivalente a la masa (m) por la velocidad de la luz al cuadrado ( c2), el resultado: un chingo.

Es por ello que el sol puede generar por segundo mucha más energía que la que la humanidad ha consumido, convierte átomos de hidrógeno en helio por medio de la fusión, liberando toda la energía que vemos como luz, sentimos como calor y también de la que intentamos resguardarnos, la radiación UV.

En última instancia esa ecuación explica cómo el Big Bang se convirtió de pura energía a clusters de materia que eventualmente formaron estrellas y galaxias, además, también nos dice cómo es que en los núcleos estelares se forman los elementos pesados como oxígeno, carbono, nitrógeno, etcétera, los elementos que nos forman, en otra palabras, que somos hijos de las estrellas.

Pero, por el lado oscuro de la historia, esa ecuación dio la pauta para la construcción de la bomba atómica, no hará falta recordar las dos ciudades devastadas en Japón al final de la segunda gran guerra.

Esa ecuación de tres letritas encierra en sí misma un conocimiento tan vasto, que por la estupidez inmensa que hemos demostrado, parecería que no merecemos.

No creo que haya mejor ejemplo para aquello de que con el poder viene la responsabilidad.

La misma ecuación que mató a cientos de miles podría salvar más vidas en el futuro, ya que si logramos entenderla a fondo, podríamos utilizarla para dominar la fusión, lo que daría energía renovable prácticamente infinita a nuestra civilización.

El problema, en aquél entonces como hoy, es algo tan humano como corruptible: la política.

El grado de especialización que ha alcanzado la humanidad es tal, dice Michio Kaku, que estamos por dar el gran paso de una civilización de tipo 0, a una de tipo 1, para el final de este incipiente siglo.

¿Qué es una civilización tipo 1?

Es una civilización caracterizada por utilizar energías limpias y renovables y tener presencia a todo lo largo del planeta madre.  Lo segundo ya lo cumplimos, pero seguimos quemando carbón y petróleo, en otras palabras: animales y plantas muertos, dicho de esa manera suena aún menos sofisticado, pero es la verdad y es lo que ha de cambiar, y de hecho lo está haciendo.

Otro punto central de una civilización avanzada es la obsolescencia de la violencia y la agresividad. Algunos futuristas auguran que, si nos sigue pareciendo que estamos solos en el universo, podría ser una clara señal de que casi ninguna raza logró sobrevivirse a sí misma. Perecieron matándose entre ellos.

¿Parecido?

Para construir una civilización planetaria, necesitamos dejarnos de pendejadas y vivir en paz.

No sé cuánto voy a vivir, pero me encantaría verlo. También quisiera vivir para presenciar un viaje en el tiempo, un contacto extraterrestre, vida en otros planetas, que alguna de las teorías de la unificación se compruebe o ya de perdida, que el hombre llegue a Marte.

Seguro moriré mucho antes, pero ojalá se logre.


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A pesar de todo, un don

Quizás debo a las flores haberme convertido en pintor

Claude Monet

Hará unos meses comencé a fijarme mucho en las plantas, empecé a notar sus patrones, en los tallos, en sus hojas, en sus flores y luego leí un libro muy chingón de geometría sagrada y total que fui dando cada vez con cosas más exóticas.

Luego, sin ninguna razón, comencé a tomar fotos de cosas que me iba topando en la calle o de flores que no había notado antes que estaban en mi casa o cerca de ella. El único criterio para detenerme y fotografiar era que sea lo que fuera lo que hubiera delante de mí, me llamara la atención y que me pareciera bello.

Algunas fotos las guardaba, otras las enviaba a una chica que pues, sí, me gusta y así y realmente no había más razón para mi creciente colección de fotos.

Fue un día que estaba yo con un amigo y tocaba (mal) el órgano eléctrico que tiene a medio funcionar en su sala cuando vi en una repisa un caracol que ahora mismo les muestro.

Caracol

Por instinto, casi, le tomé una foto y luego hice el comentario “creo que los humanos somos los únicos seres capaces de hacer las cosas mal”.

Luego me reí y tras pocos días empecé a creer que sería un buen motivo para hablar, más bien escribir.

Así que mi búsqueda de la belleza ganó más fuerza para evidenciar nuestra incompetencia. Habrá unas cuantas personas que merecen mi respeto y aplauso y que sí: hacen pura chingonería, iluminados, pero el grueso de nosotros somos toscos y, para qué andar negándolo, brutos, silvestres y rupestres.

Si tenemos suerte la belleza tendrá un efecto similar a las ratas del cuento de El Flautista de Hamelin, si no, que la Fuerza nos acompañe.

No me meteré en ningún pedo diciendo qué es bello y qué no, eso se lo tendrá que explicar cada quien, lo que sí es que es casi seguro que debajo de cada definición yacerá un principio fundamental armónico, es decir, matemático. Las matemáticas se han devaluado mucho con los años porque a los niños, y claro que a quienes ya pasamos por la primaria, nos enseñaron que las matemáticas son las tablas de multiplicar y la chingada.

Qué distinto hubiera sido y qué distinto sería si nos hubieran dicho la verdad: que las matemáticas son el lenguaje de la naturaleza, del universo, de la vida y todo lo demás.

La matemática sostiene las construcciones humanas: un edificio o una sonata, al final no hay mucha distancia.

Aquí les muestro, para fines didácticos, una pintura que yo hice; debo confesarles que me gusta, pues es mía y trabajé en ella, pero por supuesto, es una basura.

Pintura

No hay mayor composición que la intuitiva (en mi caso escasa puesto que las matemáticas no se me dan naturalmente), la perspectiva es un mierda (los cubistas la desacralizaron pero yo no soy cubista, sólo un mal dibujante) y bueno, el trabajo de sombras es muy deficiente, no se digan los colores (quizás solo el verde lechoso se salve y sólo porque es muy difícil dar con él, pero en mi caso fue fortuito).

Así que ya ven, dos ejemplos, y la naturaleza gana rotundamente: el molusco o crustáceo que hizo el caracol no tuvo que estudiar para hacer esa magnífica espiral, yo pasé 21 años metido en salones.

No todo es tan malo como puede que parezca. En el universo creado por J.R.R.Tolkien, Eru Ilúvatar, la deidad superior que crea todo, crea a los hombres libres, capaces de forjar su propio destino. Bueno, quizás equivocarse y hacer pendejadas sea el precio a pagar.

Por otro lado menos rudo, cagarla enseña y por otro, devela. Uno va dándose cuenta de qué quiere conociendo, por las malas, lo que no desea. Pero son cosas que pasan.

En cuanto a hacer las cosas mal yo tengo mis posturas. Hace no mucho leí un artículo sobre lo que algunos genetistas han llamado la “desextinción”. Esto es, revivir especies extintas de las cuales se conserva material celular suficiente para recrear su genoma. Una parte de mí dice: para qué chingados, se van a volver a morir; por otro digo, qué chingón.

Le hemos quitado no sólo la vida a unos cuántos individuos, sino la existencia a especies completas por nuestra facilidad de irla cagando hasta tocar el fondo más oscuro de la pendejez, así que para mí, desextinguir una especie que desapareció por nuestra causa (que hay muchas) no sería malo sino justo.

Algunos dirán que se juega a ser dios, yo digo que enmendar un error es más bien aceptar que la zurramos en grande (y creo que decidir sobre el destino final de otro califica más como jugar a ser dios).

Que en el proceso habrá animalitos con dos cabezas o sin estómagos o sabrá el diablo qué malformación, no sabemos, y eso es motivo suficiente para intentarlo.

Cagándola nos daremos cuenta de cuál es el camino correcto, y eso ya no sólo en cuanto a clonación.

La vida es como un pizarrón: dibujas chingaderas, las borras y cuando haz terminado algo que sí te gusta debajo estará la mancha de tiza para recordarte que tu dibujito tuvo que esperar varios abortos previos para ver la luz, después un pinche trapo mojado lo limpiará todo y se acabó.

Ya vendrán más niños para seguir manchando el pizarrón.

Un rinoceronte, por un muy buen amigo: hay cosas que no necesitan ser bonitas para ser bellas

Un rinoceronte, por un muy buen amigo: hay cosas que no necesitan ser bonitas para ser bellas


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Mirada Demiurgo

Eres responsable para siempre de aquello que has domesticado

El Zorro, en El Principito

Advertencia

No tengo ni la menor idea de qué estoy haciendo, esto bien podría no tener ningún sentido.

Últimamente he creído que los humanos somos unos seres sumamente pendejos, le otorgamos mucho a varias cosas que, personalmente, no les veo sentido. Trabajamos cuarenta años para tener derecho a una pensión que nos sustente mientras nos hacemos más viejos, porque sólo podemos usarla una vez que somos viejos. No creo que sea sólo yo, a alguien más debe parecerle esto una estupidez. Sin embargo lo hacemos, algunos son afortunados de trabajar en algo que les gusta y pues bueno, eso aligera un poco las cosas.

No obstante olvidamos algo vital: la vida. Uno no se da el tiempo de esto o aquello, que sí quiere hacer, pero esto otro y aquello, y cuando hay tiempo no hay ganas y uno está muy cansado y todo se va lenta e inexorablemente a la chingada.

No abro por fetiche con la cita del Zorro aunque algo hay de eso. En este capítulo el Principito le pregunta al Zorro: “¿Qué es domesticar?” a lo que el animalito responde “Es algo ya olvidado, significa crear vínculos”.  Si uno crea un vínculo lo más lógico es mantenerlo sino vale madre. Así uno se hace al hábito de cuidar un jardín o mínimo una florecita, o de ensayar las piezas que ha sacado porque sí, porque si no se olvidan y yo sé lo frustrante y triste que es no poder continuar con una pieza cuando en la cabeza se tiene la melodía pero los dedos simplemente están perdidos y no recuerdan las siguientes posiciones, es una catástrofe.

Catástrofe es que todo se vaya al pito porque uno no le da su lugar a un vínculo. Piensen en una cuerda que le sale a uno del cuerpo y lo liga con un instrumento o una persona o una mascota o con una actividad (el trabajo no tiene por qué ser discriminado y aprovecho para decirlo). El mal de hoy es pensar que hay algo por encima del resto: ninguna cuerda es prescindible ¡Vean una guitarra, chingao! Funciona con más, pero nunca con una cuerda de menos.

Ahora vamos a otra cosa: decidir sobre los vínculos. Tomar una postura está cabrón, máxime si pensamos que uno debe hacerlo sabiendo que afectará invariablemente a cual quiera sea la contraparte y quizás a los terceros y aún más si pensamos que el cerebro ya está bastante ocupado manteniéndonos con vida y encima lo ponemos a trabajar con pendejadas. No sorprende que la caguemos como si por ello nos pagaran.

Pero vaya, cagarla es una parte fundamental de la existencia.

No importando la naturalidad intrínseca en hacer pendejadas uno invariablemente lo resiente. Y es que sí, uno por ejemplo va tocando algún preludio o yo que sé y fatalmente toca la nota equivocada, el resultado no es otro que el siguiente: todo suena a cagada.  Pero como siempre, uno sigue y en fin, puede ser que a la audiencia le guste y piense que así va, o que es la versión de uno y habrá alguno que le guste, siempre hay quien.

Pero los necios me entenderán, hay un consuelo oculto en la naturaleza. Personalmente recurro a él asiduamente para no sentirme tan mal: los universos paralelos.

Sí, no es broma, yo creo realmente en eso. Para explicarles el por qué tengo que decir una que otra mamada antes.

La teoría de la mecánica cuántica explica el comportamiento de las partículas elementales, y en esas escalas pasan cosas muy raras. Una de tantas excentricidades es que las partículas que fundamentan la realidad son, en parte, una bruma de probabilidades. Los electrones, por ejemplo, mientras no haya una medición de su ubicación exacta pueden estar localizados en todas partes al mismo tiempo.

Otra cosa que ya se sabe y que de hecho cualquiera podría estar familiarizado es que los electrones se ubican en órbitas alrededor del núcleo de un átomo. Lo que no muchos saben es que estas órbitas son inviolables, es decir, que cuando un electrón cambia de un nivel orbital a otro, no necesita viajar por el espacio que los separa, sólo desaparece de un lugar y aparece en otro.

La medición, para no desviarnos, colapsa la probabilidad en una sola posibilidad: la realidad. El acto de observar funda el cosmos, las cosas son lo que son porque las vemos o tocamos u oímos. En teoría, si no vemos algo, ese algo puede ser todo a la vez.

Esto lleva a pensamientos muy coquetos sobre qué chingados es la realidad. Ahora se va aceptando cada vez más que la realidad que vemos es sólo una versión de tantas que podrían pasar. Se cree que cuando uno realiza una acción el mundo y todo el universo se escinde y ambas cosas suceden pero cada una en su dimensión. La llaman la teoría de los universos múltiples.

Si no vemos los otros mundos paralelos es sólo porque siempre estamos midiendo y por consiguiente las probabilidades colapsan sólo en la que vemos. Pero las otras están ahí, en alguna parte.

Hay ya indicios consistentes de los mundos paralelos. Andrew Cleland es un científico de la Universidad de Berkeley que bien podría ser el primer humano en avistar una realidad distinta a la nuestra. Se le ocurrió que si la materia que vemos, incluidos nosotros, por supuesto, estamos hechos de las mismas partículas que describe la mecánica cuántica, deberíamos poder ver los efectos tan extraños de ésta incluso en el nivel macroscópico.

Para probarlo realizó un experimento, introdujo un transistor en una máquina que lo aislaba de toda medición, ni luz, ni sonido podía entrar en ella, además enfrió la máquina casi al cero absoluto (-273 C°) y luego se dedicó a esperar los resultados. Su experimento consistía en disparar un solo cuanto de energía al transistor, éste, a su vez, sólo podía tener dos estados posibles: 1. Recibir el cuanto de energía; 2. Dejarlo pasar. Lo que sucedió ni el mismo Cleland se lo esperaba, el transistor recibía la energía y la dejaba pasar, al mismo tiempo.

El experimento de Cleland demuestra que los objetos macroscópicos están sujetos a las mismas leyes de la mecánica cuántica, por lo que  versiones distintas de mi vida o la tuya o la de quien sea están allá en algún lugar del universo. En alguna de ellas, quizás yo sea feliz o tome decisiones más acertadas o quizás no dé la nota equivocada.

Pero no se piense en esto como un remedio contra tener que lidiar con las consecuencias de lo que hacemos o no, mi idea al mencionarlo es otra y, como siempre, he dejado lo más perturbador para el final: el biocentrismo.

Esta es una idea radicalísima de un sujeto llamado Robert Lanza. El biocentrismo consiste en llevar al límite algunos conceptos de la mecánica cuántica, muy especialmente, aquel que dice que el acto de observar colapsa la probabilidad y nos deja con una única realidad.

Lanza piensa que si esto es correcto y se aplica a todo el universo y no sólo al mundo subatómico significaría que la conciencia juega un papel fundamental en el desarrollo del universo: el mundo es producto de la mirada que escruta, todo empieza y termina en nosotros, cuando cerramos los ojos el espacio y el tiempo se disuelven y entramos en un terreno muy similar a los sueños. No se requiere ser muy estudiado en física para pensar que Lanza ha mamado mucho, pero ¿y si sí? Si como el piensa somos pura conciencia, nuestro deber para con la realidad sería enorme porque lejos de ser sus actores, seríamos sus demiurgos.


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Alma Pájaro

Así se revela el secreto sueño del hombre: convertirse en pájaro

Érick Sablé

Las aves me han llamado últimamente. No sé para qué. Lo cierto es que tengo en mis manos un libro titulado La Sabiduría de los Pájaros que es, para no sonar tan exagerado, una chingonería.

Esto empezó a inicios de año, compré un bebedero para colibríes que colgué frente a la ventana por la cual mis días siguen pasando uno tras otros sin mucho interés para quien no vea lo maravilloso que es mirar a estos parajitos volar hechos la madre y hacer lo que les ha sido otorgado sólo a ellos en el mundo de los pájaros: flotar.

Los colibríes son muchos, más de trescientas especies, sólo viven en América, así que fuimos bendecidos. Por otro lado, hay que cuidarlos y sobre todo, hay que verlos.

El Colibrí ha sido asociado a una variedad de ideas enigmáticas y secretas. Simboliza la resurrección, es un pájaro que no duerme, entra en letargo. Su metabolismo acelerado requiere de alimentarse cada día con el equivalente a su peso en néctar, por lo que corre el riesgo de morir dormido, por lo cual su organismo se “apaga”. Su temperatura corporal cae hasta los límites de la supervivencia y su pulso cardíaco, normalmente superior a los 250 latidos por minuto (duplicado mientras vuela), cae a 30. El colibrí, por las noches, prácticamente muere y revive con el sol, todos los días.

Es símbolo de la inocencia, la infancia, la felicidad y el amor; y todo ello se relaciona con la fragilidad y ya no hace falta mayor explicación de por qué habrá que cuidarlos. Muchas otras cosas se pueden decir de estos animalitos pero vayamos a otras.

Existe en el mundo un acercamiento espiritual a la figura alada. El Lenguaje de Los Pájaros, ha sido por mucho tiempo un lenguaje místico, para iluminados, porque los pájaros son heraldos de los estados más elevados. ¿Por qué la lengua de los pájaros? Porque es el idioma del cielo, el sonido más cercano a los orígenes, con los pájaros, el cielo se hace presente entre los seres terrestres.

Dioses, héroes, budas y santos han sido ubicados como entendidos del lenguaje de los pájaros. Un lenguaje cifrado, lenguaje rítmico, muy emparentado con la poesía y la música.

Olivier Messiaen fue un compositor francés contemporáneo. Fue encarcelado durante la Segunda Guerra Mundial, donde compuso su Cuarteto para el Fin de los Tiempos, que los invito a escuchar. Pero Messiaen viene a cuento por otra de sus obras: El Catálogo de los Pájaros, obra que surgió del delicado estudio del canto de varios pájaros, trasladados a partitura con complejas estructuras rítmicas que bien alejadas están de lo que llamaríamos en occidente ritmo. La naturaleza una vez más nos dice: cállate, yo hice mejor música millones de años antes que tus ruidos.

Y bueno, el ave es signo del espíritu. No por nada una entidad de la trinidad del cristianismo es una paloma. No es gratuito que un evangelio apócrifo muestre al niño Jesús formando aves de arcilla y dándoles vida con un soplo: aire, el elemento de los pájaros.

Aprovecho que se me ha ocurrido pensar en un posible revés que se diera en los comentarios para decir que: para fines prácticos de este escrito me valen madre los pájaros que no vuelan, no vale la pena molestar a Darwin, por esta vez, con ese tema.

En fin.

Si hay algo claro sobre la idea del pájaro es su ligereza. Por eso vuela. El ave está más cerca del cielo y de las estrellas. Allá todo parece imperecedero porque, aceptémoslo, a la tierra es donde se van los muertos. Volar es promesa de lo eterno, de escapar a esa otra fuerza de la naturaleza que nos ata al suelo: la gravedad.

Desde Einstein eso ya no es sólo una cuestión de magia: viajando en el espacio, entre más rápido se vaya, uno envejece menos. Para mayor información véase La Paradoja de los Gemelos. Despegarse del suelo es el antídoto contra el tiempo.

Pero podrán pensar ¿a mí que chingados con los pájaros? No es el pájaro, es su misterio.

El ave vuela sin anclajes, podría parecernos que sin peso. Qué crueldad es tenerlos presos.

Sobre esto debo hablarles de mi abuela. Su patio está rodeado de jaulas con canarios. Parecerá una pena y de hecho me da tristeza pensarlo, pero los ama, comen mejor que yo, así de fácil. Les da pan, previamente hecho migajas; lechuga, zanahoria, jitomate, sandía, melón y papaya. Por si acaso les faltara proteína les da claras de huevo cocidas, el aparente canibalismo es perturbador, pero a los canaritos parece que les vale un pito.  Como sea, mi abuela lo hace porque le gusta sentarse a escucharlos cantar. Si cantan, no creo que se la pasen tan mal.

Hace mucho conocí a un pajarito pequeño y regordete que se posaba en la mañana en un pilar que sobresale de la casa de enfrente mirando hacia el oeste, canta una escala descendente, así, los ocho tonos sin falta ni desafinarse. Lo perdí de vista por un tiempo, pero desde que los colibríes me visitan a diario, mi casa se ha vuelto un oasis de pájaros.

Volvió el pequeño regordete de la escala descendente, los colibríes se pasean desde las seis de la mañana, a veces antes, hasta las siete de la tarde. Lo más surreal es una bandada de cotorros que sepa la chingada de dónde salieron pero le ponen color al evento que todas las tardes veo por la ventana donde cuelga el bebedero. Desde que tengo memoria unas aves grises y pequeñas que mi mamá llama torcacitas anidan en la casa, además, un pájaro que vuela sumamente bonito viene todas las tardes a posarse en la antena de televisión, tiene el pico anaranjado.

Mi mamá me contó que cuando era niño un colibrí anidó. Para su desgracia el nido quedó en una rama muy baja y cada vez que alguien salía al patio se asustaba. Mi mamá temía por los huevitos, que eran realmente diminutos y yo en algún punto decidí cuidar el nido y a la mamá colibrí. Me cuenta que me sentaba por las tardes en el patio y advertía a ella o mis hermanas de salir en silencio y muy muy agachadas para no asustar a la mamá y evitar interrumpir su momento de empollarlos. Los colibríes nacieron y no pasó mucho hasta que solitos se fueron, el nido lo guardó mi mamá y está en una vitrina, aún tiene los huevitos.

Las cosas se pusieron realmente mágicas cuando comencé a soñar a los colibríes.  En el primero de ellos vi a una chica que quiero muchísimo alimentarlos con néctar en sus manos, ella a huevo leerá esto así que espero que sonría. Luego yo fui el del sueño cuando un colibrí vino hacia mí y me tomó con sus patitas el dedo y me dirigió el camino. En el último los colibríes volaban alrededor mío, me hablaron y me dijeron algo como “sé paciente, la clave es el tiempo”.

Pero bueno, si me preguntan ¿jaula o no? Yo prefiero los pájaros en el cielo. Son un recordatorio bellísimo de que estamos hechos para la altura, en la tierra sólo se pudrirá el cuerpo. No lo necesitamos para volar, El Principito lo deja para volver a su hogar.

El camino entonces será la conciencia. La mayor libertad es la del espíritu, como el alma que se eleva del cuerpo durante el ejercicio del Phowa, una práctica yoga que se conoce como “Transferencia de la conciencia al momento de la muerte” o  en otras traducciones como “La Muerte Consciente”. El sujeto se escinde de su materia para entrar en un estado puro de energía donde, algunos dicen, el alma vuela a través del éter.

Personajes como Rudolf Steiner, enigmáticos, si buscan su biografía encontrarán palabras como filósofo, artista y esoterista, entre otros, ¡Un caso, vaya! Es digno de mención porque bien ha tratado el tema de la libertad. Él dijo de la mariposa, que ésta era una flor que vuela, una especie de último estadio de la flor que se aligera y emprende el vuelo.

¿La humanidad también lo hará algún día?

Sí, algún día venceremos la gravedad y la materia será éter, por el camino de la conciencia, siempre. Una conciencia fundada en la comunión de lo diferente. Si para mí es un colibrí, para ti es un petirrojo, hay pájaros para todos.

Para qué hablarles de lo que he leído que es libertad, sólo voy a conseguir aburrirlos. Es más poético y hermoso dedicarnos a los símbolos, cada quien les otorga su sentido, y no obstante, tienen un origen compartido.

Ser libre es ser capaz de pensar los propios pensamientos.

                                                                                                        Rudolf Steiner

Tenemos el cuerpo y la vida para nutrirnos el cerebro y el corazón (la inteligencia necesita los dos), de allí en más es una jaula del alma pájaro, sí, preciosa y con todos los servicios y cuidados, pero estamos aquí para tomar vuelo, sólo el espíritu nos llevará lejos.